miércoles, 9 de abril de 2008

Viudo sin vivir en mí.

Yo no quería pero me obligaron. Las circunstancias, el momento -estos, definitivamente, no han sido días buenos-, la viudez prematura. Sí, leyó usted bien. Si en este blog ya bailamos los ritmos decadentes de la paternidad temprana, la adolescencia precoz y hasta la amistad desaforada, ¿por qué no mover el cuerpo ahora, que se presenta el caso, al ritmo del danzón de la viudez repentina?
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No, no se fue del todo. Sus mensajes me llegan cada dos horas y media sin falta, hasta para avisar que pasó el aire, y la comunicación constante, que también tenemos cuando respiramos el mismo aire de ciudad, no se pierde ni por accidente. Nos despertamos con un beso escrito y nos acostamos con muchos besos establecidos, que no planeados. Pero es difícil manejar la idea de que está y no está. No puedo tomar la iniciativa y decirle que nos veamos, ni ella puede, tampoco, programar el baile y hacer que el tiempo corra más lento estando juntos.
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Se fue a su -que es también mío, dice su mamá- rancho -o cerquitas- por trabajo, y regresa mañana -¡plis, denme un mañana en la mañana ya!-. Hasta hace unas horas, todo parecía indicar que no la vería hasta el lunes -yo puse mi cara de "esto es un apocalipsis detestable"-, pero programamos eficientemente nuestros horarios y nos dimos todo el tiempo necesario para saldar la dosis faltante, sin programación alguna, sin límites de nada. Ahora ella está tome y tome fotos y yo recibiendo mensajes de pocas palabras que me lo dicen todo en un suspiro de necesidad.
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Pero con todo esto, no puedo evitar sentirme viudo. No me hago a la idea de tenerla tan lejos y no poder abrazarla, arrinconarme en su hombro y respirar de la claridad de sus cabellos. No me hago a la idea porque, contrario a lo que yo esperaba de mí todavía el año pasado, esto de estar enamorado le consume a uno algo más que las neuronas, lo que genera adicción. Sí, soy adicto a Mi Arandera, pero aprecio, alabo y colaboro a su trabajo más quedándome calladito y esperando que corriendo a buscarla -no, está bien, no haría esto último, soy demasiado terreno-.
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Así que espero. Con la mitad del corazón -o poco más- recorriendo otras calles de Jalisco, espero. Espero porque, como dije alguna vez no en este blog pero sí en otros tantos, "la clave de una recompensa satisfactoria es una espera aleccionadora".
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Cuando acabe mi viudez temprana, les aviso para que le suban al volumen y regrese la luz a este baile. Mientras tanto, pura coma.
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¡Salud!
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PD: No dejen de darse una vuelta por el blog de La Malagueña. Ayer subió una entrada que me sigue dejando buen sabor de boca... o de naríz. ¡Un hurra para ella y su dadivosidad!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Así es, es el amor, la adicción. Agus estamos en la misma sintonía -gracias a imagen por dejarme usar su promo-.