miércoles, 2 de abril de 2008

Permiso: Caer. Obligación: Levantarse.

Es extraño que por segunda ocasión en las 79 entradas -casi igualamos ya la cantidad de entregas de Premios Óscar de toda la historia del cine- de este blog, esté yo hablando de caídas. Extraño no porque sean muchas, a mi parecer, las veces que he tocado el tema de la "pérdida de suelo" y posterior "arrastre corporal en los límites de la gravedad" que corresponden a la caída como instrumento humano de exploración del suelo. Extraño, más bien, porque yo, acostumbrado tantas veces a sentir el calor de la tierra, descubro al no hablar de caídas que ya casi no me caigo.
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No es que vuele más bajito, sino que ahora, tras muchos tropezones, al volar me cuido más las alas y menos las raspaduras de las piernas. Voy a todo esto porque mi hermana, que es un ser muy conciente de sí mismo y de sus circunstancias, cayó hoy por la mañana en un alegórico giro digno de toda apreciación artístico-gimnástica (10-10-9.8-10).
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Disfrutaba yo de mi última etapa onírica cuando, soñando que yo era un corredor de burros fórmula uno, el burro de mi competidor más cercano -que era Jackie Bracamontes, según recuerdo... aunque todavía no defino si el burro o el conductor- azotaba con todo y conductor (a) y rodaba por los suelos. Fue tan sensible el impacto que la pista retumbó y yo, en el sueño todavía, me pregunté si no había sido real esa caída. Acto seguido, y, cabe decirlo, contra toda mi voluntad voluntariosa, desperté. ¿Ruido o silencio? ¿Voces o gritos? Nada. Sólo el chocar de los últimos pedazos de vidrio contra todas las paredes de la sala. Un segundo después, el profundo y lastimero alarido de la mayor de mis hermanas.
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Mi madre, como buena candidata a proceso de canonización ad vitam que es, acudió al auxilio del frutillo de sus entrañas y, puedo asegurarlo, hasta toalla cargó con ella para limpiar su ensangrentado rostro. Pero no, no hubo sangre. Sólo un grito, un raspón de zapato en el descanso de la escalera... y muchos vidrios derperdingados por todo el suelo, provenientes del vaso que, al caer su poseedora, se rompió.
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Cuando salí de mi cuarto para contemplar el drástico escenario, la cosa era más dramática de lo que imaginaba -¡imagínense!-: mi hermana, que se las da de muy dinámica -y lo es-, era una bola de extremidades al grado que pude jurar que su cabeza casi tocaba la planta de sus pies... y sin tapetito de yoga que ablandara el porrazo. Alejandro Maldonado, el ídodo actual de todas las amas de casa que acarrean maridos émulos de "El Borras", le hubiera pedido consejos de flexibilidad si la hubiera visto allí, apelmazada como mazapán de almendra, en calidad de Cuadrikrispies o pepitoria de cacahuate.
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"¿Estás bien?", preguntó mi padre, quizá creyendo que aquél espectáculo era, en verdad, la representación vívida -y digna de un Goya, ya de perdis- que hacía mi hermana de la escena de las escaleras de Linda Blair en El Exorcista. Mi mamá, que para eso de preguntar se pinta sola, agregó: "¿Te caíste?" Pude escuchar a mi hermana pensar: "¿Yo? No, para nada. Esto es parte de mi rutina de pilates".
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Sí, la levantaron. Y no, no hubo más daño que sus dos costillas rotas y sus tres piernas con fractura expuesta -¿creen que no tiene tres piernas? un día véanla comprar en el súper y callarán la boca-. Se levantó caminando y se fue al trabajo como si nada hubiera pasado. El bache que dejó en el tercer escalón se lo pasamos a factura y ya luego en la quincena nos lo pagará.
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A lo que voy es que esto de caer de pronto se nos hace costumbre. Y cuando dejamos de hacerlo, por alguna razón de karma, comienzan a caer los que a nuestro alrededor se encuentran. La semana pasada, en dos ocasiones para ser exacto, mi madre azotó con todo y perro mientras paseaba al susodicho por la calle. Dice Nez que cuando la vio venir hacia él desde lo alto pensó: "Dios, ¿tanto marcar árboles con miados para terminar así?" Y ahora mi hermana, con todo y giro gimnástico-contorsionista. ¡Ya no hay moral! Si la gente sigue cayéndose así no sé a dónde pararemos. Bueno, eso sí, decía mi abuela, del suelo no pasa.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Número 1: He aquí al narrador, me dejaste con el ojo cuadrado, no de la sorpresa, proque sé que eres buen narrador, sino de la maravilla de tu entrada aunque te burles de Margarita, si es ella la mayor, ¿no?-.
Número dos: Pobre Margrita, salúdala de mi parte.
Núemro tres: Ya que andas en eso ambién a tu mami y a tu papi y a Ruth y a tu hermano -mmm, majo- y a Nez no, por puerco.
Te quiero.