domingo, 13 de abril de 2008

El resguardo cristalino de las gotas.

Ya ven, ya se los decía yo ayer. No, bueno, no lo hacía como es debido. Y no porque no quisiera, sino porque ayer, todavía incluso durante las horas vespertinas de hoy, las lluvias nomás no llegaban. Incluso, platicando con alguno de mis informantes en la terraza del baile, éste me hacía ver que ni nubes, ni densidad, ni probabilidad de nada. "¿Nada de nada?". "Nada de nada de nada". "Pos bueno, ya qué se le hace. A seguir esperando".
.
Y hoy, sin avisar, justo como llegan las mejores cosas de la vida, iba yo camino a casa cuando llegó hasta mis narices -¿por qué la pluralizamos si nomás tenemos una?- el "rumor" indecente que marca la aparición de las primeras lluvias de la temporada en esta región de Jalisco: tierra mojada. Y que volteo para la derecha y que me encuentro con un oriente de ciudad cubierto por una cortina de agua tan densa que hubiera sido un atentado a la salud oftalmológica intentar ver a través de ella.
.
Sobra decir que me puse feliz. Las lluvias son, al menos para los tapatíos que conozco, el acontecimiento central en torno al cual gira todo hecho en el año. Antes de las lluvias vivimos sumidos en el calor, después de las lluvias faltan tantos meses para Navidad, tantos días para que vuelva a llover. Y el entusiasmo que nos provoca encontrarnos con la llegada de los primeros chubascos nos agarra tan desprevenidos que por lo general nos inundamos, nos bañamos y hasta nos atrevemos a empapar a otros con las primeras gotas de la temporada. Perdemos la total compostura y, como diría mi buena amiga La Prisciliana, "hasta nos atrevemos a pecar".
.
Yo, por mi parte, puedo decir que algunas de las mejores tardes de mi vida las he vivido teniendo como telón de fondo el suave rumor de las gotas de agua contra un cristal, o estando bajo el no suave estrépito de las gotas de agua contra mi cuerpo. Vivo esperando la lluvia, aun en silencio, y cuando llega no hay quien me pare la felicidad. Me mojo bajo ella, me resguardo en su fría densidad y me obligo a disfrutar del desliz sensual que ejecuta cada gota en su viaje por mi piel. Cierta vez, incluso, cuando me vio deleitarme bajo la arreciante tormenta, una compañera de la secundaria me comentó, mitad risueña, mitad temerosa: "Cabrón, hasta parece que te están cogiendo".
.
No sé si el sexo es mejor que la lluvia, pero, si por mí fuera, podrían llevarse el primero y nada cambiaría. O igual hay quien piensa en combinarlos, pero yo no, para mí eso sería un sacrilegio, una pérdida de la moral, del sentido, de las ganas de vivir. Lluvia es lluvia, y lo demás, mientras está lloviendo, que se espere.
.
Me dicen mis informantes que lo de hoy fue falsa alarma. Que qué bueno si me empapé porque no veremos algo igual sino hasta julio o agosto. Que me aguante. Que si el calentamiento global y qué se yo qué tantas otras cosas. Pero llovió. Llovió en un buen tiempo y, quizá, cuando vuelva a llover esto estará todavía mejor. Y si no, por lo menos estaré bajo el resguardo cristalino de las gotas.
.
¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo andaba fuera de mi casa y me mojé camino a ella durante dos cuadras y estrenando huaraches.
El martes que llovió, tuve a quien abrazar bajo la lluvia.