sábado, 12 de abril de 2008

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A los que vivimos en ella, el problema nos ha ido abrazando de un modo tan gradual que a duras penas podemos reconocerlo cuando caminamos por sus calles. Yo, puedo decirlo no sin cierto temor, no me di cuenta de la magnitud del caso hasta que salí de viaje, abandoné la Zona Metropolitana, y regresé unos cuantos días después.
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Lo que mis ojos vieron, que, claro está, ya estaba allí antes de que yo me fuera, no tiene cabida en una ciudad que, hace ya muchos ayeres, alcanzó con lujo y regocijo el millón y medio de habitantes. Me dicen mis informantes que Nueva York tiene alrededor de ocho millones, el D. F. ya supera los diez y otras grandes urbes, como Madrid o París, andan también en números superiores a los tres o cuatro millones de habitantes. Por eso, decía, la cantidad de pobladores no es excusa, no puede permitírsele serlo.
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Otra será la razón, pero las calles de Guadalajara cada vez tienen más basura. Aunque hace bastantes años ya los turistas se quejaban de la pésima calidad de los servicios de recolección de basura en el área urbana, poco o nada han hecho nuestros cuasigobernantes para solucionar la cuestión. Nuestras fuentes rebosan de botellas de plástico vacías, nuestras alcantarillas se tapan cada vez que llueve -omitiré, porque está más que dicho, las inundaciones, accidentes y decesos que estos tapones significan para la ciudad-, nuestros botes de basura son pocos y están siempre llenos, y cuando están vacíos llama la atención encontrarlos rodeados de basuritas y basurotas.
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Cierto es que el gobierno debe destinar una cantidad de los recursos que el pueblo le da -iba a decir "alegremente", pero omitiré el adverbio- a eficientizar -?- los procesos prestadores de servicios, pero cierto también es que el gobierno, como la ciudad misma, está formada por ciudadanos, y que, por tanto, es solamente a los ciudadanos a quienes compete la responsabilidad de una Guadalajara limpia.
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Dicen mis padres, que de esto saben mucho porque vivieron ahí, que Guadalajara en la primera mitad del siglo pasado era una verdadera joya de ciudad: jardines repletos de rosas, cielos siempre azules, temperatura promedio de 18º todo el año, banquetas y calles barridas. En fin, una Guadalajara que hoy, si se pudiera mirar al espejo, le diría seguramente a su reflejo: "Ay, cabrona, ¿pues qué te hiciste?" No se hizo, le hicimos.
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Debo admitir, con densa culpa y profunda cruda moral, que alguna vez yo he tirado algún pequeño papel en la calle, ello por flojera de llegar hasta el bote de la basura o porque, de plano, no tenía más que hacer con ella. Pero soy conciente de mi error y estoy dispuesto a pagar las consecuencias que el mismo genere. Por ello, desde que soy más conciente de mi responsabilidad hacia lo que me rodea, procuro llevar siempre una mochila que retaco de las basuras que mi actividad diaria genera, y que luego vacío en un lugar a ello destinado -dígase bote, bolsa o contenedor-.
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Y dejé de tirar basuritas en las calles más por la nostalgia ciega de conocer -o reconocer- una Guadalajara limpia, por un sentido de respeto que, por lo que veo, pocos han adquirido aún en mi -y suyo también, si me ayudan con los gastos- medio social. A la ciudad, por el simple hecho de que aquí vivimos, le debemos respeto, consideración y afecto -este último, si quieren, omítanlo, pero el respeto nunca-. Y quien no esté dispuesto a entenderlo, puede ir haciéndose bolita y caminando al bote.
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A este paso, tan catastrófico como camina, en unos años estaremos rodeados de ratas, cucarachas y otras tantas pestes que con la basura aparecen -la generación espontánea no estaría muerta, andaría de parranda-. No sé a ustedes, pero a mí no me agrada en lo absoluto la idea de tener que estarle peleando -o cediendo, que es peor- el paso a un colióptero gigantesco, o cuidándome de la mordida de algún roedor -ya me dijo La Malagueña que no dan rabia, pero a mí las mordidas nada más me gustan los viernes y no precisamente en alguna extremidad-.
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Por eso, chinchin al que la tire, chinchin al que deje que otros la tiren y chinchin al que lea esto, ría afanosamente, y mañana ande vendiendo ratas al carbón. Que conste que advertí.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Consumismo=basura. Empaques, bolsas, latas... Mi mami cuando va al Wal-Mart no pide bolsa, y cuando va al mercado lleva las bolsas de la vez anterior. Yo creo que es un buen paso.