miércoles, 16 de abril de 2008

¿Cuántos cuentos cuentas?

Quizás ahora mismo, mientras ustedes están intentando leer esto, o yo estoy intentando escribirlo decentemente, está sucediendo. Mis informantes no manejan estadísticas al respecto, pero puedo jurarlo conociendo la facilidad con que los seres humanos nos inventamos historias. ¿Llegué tarde al trabajo? Murió media familia en un accidente nuclear. ¿Cometimos negligencia médica? El paciente estaba "muy" rabioso, tuvimos que matarlo. ¿Reprobé álgebra? La prueba que me tocó tenía las preguntas muy pequeñas y no alcancé a leerlas.
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En este momento, mientras armo líneas y entrecruzo frasesillas sin sentido, alguien está contando un cuento. Yo podría intentar ahora mismo contarles uno, pero perdería la gracia este baile que tan buen ritmo lleva hasta ahora. Y decir, por ejemplo: "Era agosto, y llovía en demasía, cuando tres hombres cargaron el baúl mortuorio de Idelfonso Falcones y se adentraron en la densa selva tropical con él a cuestas", o, quizá, iniciar: "Barrabás llegó a la casa por vía marítima, anotó la niña Clara con su delicada ortografía", o, mejor aún: "Amelia Damasco tenía sólo dos cosas seguras en la vida: nació un dos de abril y moriría al escampar".
. Pero no lo haré, además, porque para contar se necesita gracia. Esto viene a cuento -y al baile también- porque he tenido una de las más satisfactorias y dadivosas entrevistas de toda mi corta e insignificante carrera como periodista. ¿Gran actriz? ¿Famosa por su Óscar? ¿O cantante internacional de tabloide escandaloso? Aún mejor: cuenta cuentos.
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Cuando la conocí, Alicia Martel era un dragón. En la siguiente media hora, sin que nadie pudiese detenerla, Alicia fue también perro, monstruo y hasta león. De alas a garras, de escamas a plumas, de alaridos a rugidos, Alicia se transformó en tantas ocasiones que me dejó mareado. A mí y al resto de pequeñines -y no tan pequeñines- que la escuchaban atentos narrar historia tras historia. Para cuando terminó de contar, yo estaba tan extasiado que sólo quería saber cómo demonios contar cuentos y no morir en el intento.
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Alicia me habló de muchas cosas, me explicó a detalle otras tantas y terminó convirtiéndose en mi cuentera favorita. "Todo es lectura, Agustín, vivimos leyendo la planta que mueve el aire, el niño que llora, la mamá que sonríe, el águila que pasa, pues al descifrar entendemos, y sólo se puede descifrar lo que se lee. Vivimos leyendo", me dijo como si hubiera adivinado, mirando en mi interior de alguna oscura forma, la frase que yo esperaba escuchar de una personalidad como ella. "El día que dejemos de leer, ese mismo día dejaremos de vivir".
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¿Y que por qué ando hoy tan cuentista? Pues porque he descubierto que todo el día nos la pasamos haciendo cuentos. Desde las excusas que nos inventamos -revisar primer párrafo, ni modo que las vuelva a redactar-, hasta las que nos pensamos, hacemos cuentos al armar teorías, chismes y complots, puñeteadas mentales y hasta diapasones insonoros.
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Por ello, lo dejo claro, a lo que Alicia dijo agregaría yo: "El día que dejemos de cuentear, ese mismo día dejaremos de relacionarnos con los otros". He dicho. ¡Queda!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Lo siento, no pude concentrarme en esta entrada, porque mi hermana desconectó la compu y se recuperó la mitad de mi tarea de lingüística, y estoy encorajinada. Pero no solo eso, sino que puse en mi mensaje personal: ¡Aaaah! Tengo una hermana idiota, y ella se conectó en la otra compu y yo no me di cuenta y supongo que lo vio, aunque si es verdad lo que digo en el mensaje personal, no lo habrá notado. Chale.