lunes, 14 de abril de 2008

Cambio.

¿Les ha pasado que de pronto la vida se les llena de experiencias nuevas, diferentes, no malas, no buenas, sólo diferentes, y que todo este ir y venir hace que ustedes nomás no encuentren su lugar? ¿Has sentido que todo se mueve hacia ninguna parte, justo cuando las cosas habían tomado un curso más o menos satisfactorio, o cuando ya te habías acostumbrado al vaivén acompasado y lento que suele bailar la monotonía? ¿Cómo librar esto? ¿Cómo decirle al mundo "para, que te me quiero subir", sin que se moleste, sin que se rehuse?
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Así ando. No son otra cosa que los cambios. Los cambios, esos seres mitad destino, mitad suerte, que aparecen de pronto y nos hacen respirar más rápido, aumentar nuestros metabolismos y hasta frenar en seco, me traen más que agobiado. Ya los veía venir. Desde mitad del año pasado, cuando las cosas no andaban por estas pistas de baile del todo bien, los miraba danzar en el otro extremo. Y nomás llegó enero y que se dejan venir.
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No, como descubrirán, no soy nada afecto a los cambios. Las diferencias son otra cosa. Las acepto, las abrazo, las hago entrar con cuidado en mi vida. Pero los cambios, que sí, generalmente vienen con las diferencias, me cuestan un poco más de trabajo y tiempo. Me dicen mis informantes que esta ideología es clásica de un individuo cerrado y sin ganas de más -"¿más qué?", diría cierto Alterego que conozco-. No lo niego, pero tampoco lo admito en la totalidad. Prueba de ello es que hoy estoy bailando este baile cuando todavía hace unos meses ni ganas tenía de estar frente a la computadora, exponiendo mis pesares y deslices a toda una web de incautos.
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Lo que sucede con los cambios es que generalmente no llegan solos al baile, sino acompañados de otros cambios. Y se meten sin preguntar, y los muy maleducados hasta suben los pies con todo y zapatos a tu historia personal. Y pisotean, y manchan, y no se aguantan la carrilla. Y luego, cuando ya los quieres correr, descubres que te acostumbraste a su bailengue y estás más que ambientado bailando como salero en su bolita fiestera. Son como el algodón de azúcar: cuando te das cuenta que te molesta, se ha disuelto en ti y corre por tu sangre a paso de glucosa intravenosa.
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Y luego llega la lluvia. Ni mis amigos, ni mi forma de ver las cosas, ni mis sueños, ni la relación que llevo con mi familia, ni nada de nada es lo mismo... y luego empieza a llover. Claro que me malentenderían si pensaran que la lluvia es como la gota que derrama el vaso. No, mal hecho. La lluvia es el trapo que seca el líquido extra derramado y acrecienta las cosas buenas que suceden. Así que sí, como dije ayer en estas u otras palabras que al final pretenden decir lo mismo, los cambios se van mucho al fregadero con el cristal empapándose en rocío veraniego.
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Hoy llueve, mañana... quizá sea otro día y yo ya ni esté aquí.
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¡Salud!

3 comentarios:

Luis dijo...

Hola que onda agustin por hoy me omitire mis letras rebeldes (risa)- Oye muy interesante tu escrito de los cambios en realidad todos asi los sentimos quiero creer. Ok te dejo y te pasas por mi metro sale . nos vemos

Wendy Piede Bello dijo...

Todos los cambios son buenos, dice mi mami. Yo le creo, porque antes me rehusaba a ellos, ahora los provoco y los disfruto. Claro que hay de cambios a cambios, pero piensa que después de la tormenta viene la calma. Te quiero. ¿Hace cuánto que no te lo decía? Te quiero.

Victor H. Vizcaino dijo...

"Toda tormenta trae consigo la esperanza de que, de algún modo, por la mañana, todo estará limpio de nuevo e incluso la más rebelde de las manchas habrá desaparecido, como las dudas sobre su inocencia, o las consecuencias de su error. Como las cicatrices de su traición o el recuerdo de su beso. Así que esperamos a que pase la tormenta, esperando lo mejor, aunque sepamos en lo más profundo de nuestro corazón que algunas manchas son tan resistentes que nada las puede eliminar."

Una frase que quise compartirte.