miércoles, 23 de abril de 2008

Al libro lo que es del libro...

"Tengo la firme convicción de que, en algún lugar del Universo, alguien está leyendo en este preciso momento un libro total, un libro que lo tiene todo. "
Jorge Luis Borges.
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¿Qué dijeron? A este baile ya se le pasó la fecha. Pues no. Valga la recomendación de no andar confundiendo tardanza con olvido lastimero. En el baile de la coma nos acordamos... y bien. Y celebramos. Subimos más la música, afinamos nuestras notas de Las Mañanitas, rellenamos los botaneros y hasta preparamos el mejor pastel de letras jamás visto. ¿Y todo para qué? Para celebrarle al Libro -así, con mayúscula, para que se vea más high society- su Día Internacional.
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Mentiría si dijera que las horas más felices de mi vida las he pasado con un libro entre las manos. Pero mentiría también si dijera que las horas más felices de mi vida no las he pasado compartiendo con mis seres queridos lo que entre las páginas de mis libros encuentro.
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Sobra ya de decir nada más, en tono apocalíptico, que son puertas a otros mundos, artículos vivientes de contenido universal, palabra hilada en frase indivisible que forma murallas de párrafos defendiendo la fortaleza del relato, luchando por la persistencia de la imaginación. Sobra ya, ya chole, de endilgarle al libro su capacidad absoluta de generar lectores y estimular la permanencia voluntaria. Sobra ya de andarle viendo tres pies al gato y juzgando al libro como escalera al cielo, accesorio indispensable. Una más de estas, y el libro se nos va.
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Tan culto, tan informado, tan certero, nos lo traemos de boca en boca como chicle de larga duración. De ricos a pobres, de estudiantes a profesores, de economistas a escritores, no hay quien no haya tocado uno en su vida, aunque nomás fuera para verle el precio. Y así, con todo y su popularidad, ¿nos atrevemos a agarrarlo de fichera y le damos mil y un epítetos que quién sabe si él quiera? No, por eso digo que ya chole. Vamosle dando al libro el aplauso que se merece.
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Venga el aplauso para el invento de inventos, la sensación de hoy y siempre y el entretenimiento celuloso de particularidades indelebles. Venga el aplauso para papá Guttemberg -¿o es Güttenmberg? ¿o Gütthenmberg?-, mamá tinta y tío papel. Venga el aplauso para Cervantes, Shakespeare y Calderón de la Barca que tuvieron el tino de morirse el mismo día, como dedicándole al Libro, a la letra, la razón de ser del trío inigualable, las exequias de sus muertes. Venga el aplauso para la edición de bolsillo, el separador y otras tantas maravillas que don libro ha traído consigo para facilitar el acceso a su propio contenido.
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Y venga un aplauso para el único invento que es capaz de llevarse en el bolsillo, la mochila, el bolso, la palma de la mano o bajo el brazo, sin que estorbe, reclame demasiada atención o muera por asfixia. Venga el aplauso para el único invento que no necesita pila, no contamina ni desperdicia el agua. Venga el aplauso para el señor de señores, el amigo libro, que en infinitos intentos por ser desbancado ha salido a flote, victorioso y contento, dispuesto siempre a abrir sus páginas al primero de los postores que se le plante enfrente.
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Ni las quemas medievales, ni el E-book ni el audiolibro, han logrado desbancar el antiquísimo dominio del papel y el tipo, la fuente y el colofón. Nadie contra él, y nadie después de él. "Y que le sigan intentando", dice el libro, "total, no pasa de que se den cuenta en una de éstas que nada vale tanto la pena como yo".
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Y yo miro a los míos en mis libreros y los abrazo al cerrar los párpados. Están ahí, esperando una segunda lectura, o la lectura de su final, rogando porque me acerque, porque elija aunque sea uno, porque abandone entre sus líneas mis problemas y, quizá, hasta les encuentre en ellos, en su orgánico resguardo, solución insospechada.
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Los miro y no creo, siendo sincero conmigo mismo, que haya algo mejor en la Tierra que oler el nuevo de las páginas recién impresas y el hedor ácido-dulzón del libro viejo, ampollarse los dedos de tanto pasar páginas o llorar en el intento por entender sus contenidos. Los miro y sigo pensando que, después de cualquier falta de lectura que traiga acarreando mi país, el libro ni tiene la culpa ni merece se le incriminen nuestras faltas. El libro es libro, y el día que eso cambie, espero no estar aquí para mirarlo.
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¡Salud! (y Feliz Día Internacional del Libro)

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Venga el aplauso, venga la letra. A mí sí se me pasó la fecha, lástima. A leer por los ojos, dicen los españoles... no, ellos dicen: a tomar por...