miércoles, 30 de abril de 2008

Ley del libro: el libro es ley.

Mil gracias narradas llegan hoy hasta mis oídos. Lo que hasta hace unas semanas parecía tan sólo una propuesta lejana, desde aquellos aciagos días en que me enteré de lo sucedido -yo, que rara vez ando enterado como debiera-, hoy es ya una realidad latente, permanente y legal. Sí, legal, legal como deben ser las cosas buenas, aunque en este país se les olvide por completo. . Hoy, después de muchos días de paro "energético" -que no enérgico, ni energetizante- los senadores y diputados por fin se pusieron de acuerdo e hicieron por México, este México en el que todos ayudamos con los gastos -y chin chin al que no lo haga-, un bien de a de veritas. . De mano en mano cedida, detenida en su transcurso por las instancias legales en múltiples ocasiones desde su propuesta, elaborada inicialmente, según me dicen mis informantes, en los primeros años de este ya no recién iniciado siglo-milenio, la Ley de Fomento a la Lectura y el Libro por fin llegó a la administración adecuada para su entendimiento y fue recibida con múltiples votos a favor y mucha, pero mucha, consideración amistosa, esto el día de hoy, hace apenas unas cuantas horas. . Déjenme les explico según lo entiendo: a partir de que entre en vigor -todo parece indicar que su publicación en el Diario Oficial de la Federación (acto inaugural de toda ley) se llevará a cabo el próximo mes-, los libros tendrán el mismo precio en toda la República Mexicana, lo que obligará a todos los encargados de hacer que los materiales bibliográficos lleguen a nuestras manos a eficientar sus tareas y moderar sus insumos. . Así, pues, a partir del próximo mes, la editorial -imaginen la que sea, a mí, en general, todas me simpatizan (a excepción de esas sin escrúpulos que venden las obras literarias guillotinadas o mal impresas)- elaborará, basándose en criterios como distribución, título, autor y número de páginas, una lista de precios al público que será válida - y reclamable, ¡ojo!- en todo el territorio nacional. . Así, pues, García Márquez en Guadalajara costará exactamente lo mismo que García Márquez en Monterrey o el Distrito Federal. De este modo, los libreros podrán abastecer de libros, sin temor a pérdidas significativas dadas por precios desconsiderados que impidieran su compra y venta, todas las entidades del país en un margen realmente reducido de tiempo. Más libros, más ejemplares, al mismo precio. . ¿Y que cómo se logrará? Con la determinación de precios promedio al público y auxilio gubernamental a las empresas editoriales, fortaleciendo sobre todo a la publicación nacional, que a veces se ve mermada por la entrada en el mercado de títulos importados. Osea, más títulos, a precio promedio y equilibrado, en todo el país, con preferencia para los hechos en casa. ¿Así o más bueno quieren el mole? Queda pues, lejos de todo miedo, la posibilidad, hasta hace poco latente, de que se afecte con IVA al libro por no ser considerado artículo de primera necesidad -risas-.
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Claro que, como sucede con toda nueva ley, la hoy aprobada tiene sus contradicciones: ¿cómo tendrán el mismo precio, o similar, cien páginas de Saramago que cien páginas de Gaby Vargas? ¿cómo tendrá el mismo valor económico un libro de pasta dura de Porrúa que un libro de pasta dura de Editores Mexicanos Unidos? ¿y a los clásicos, como los de don Homero, o don Shakespeare -léase chaquespeare-, quién los valorará y a qué precio? Pues sí, ni hablar, asuntos por arreglar que, esperemos, las administraciones gubernamentales harán lo posible por subsanar.
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Así que, como lo manda la coma y este nomás es su humilde servidor, lo digo en pregón más alto: ¡quede este día escrito con letras claras en la historia de las leyes del país! Y al que no le guste -ey, amigo librero, ¡ya bájele!, está viendo la tempestad y no se arrodilla...-, pues ¡chin chun chan! Ya dije.
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¡Salud!

martes, 29 de abril de 2008

Intimidad en cuerda floja.

Me han dejado con el ojo cuadrado y el ritmo ensimismado. Yo que soy tan precavido, que tanto guardo las apariencias y tanto me cuido de que no se me descubra el mínimo milímetro de piel ni de intimidad -?-, yo que jamás he usado atuendos pecaminosos ni incitadores de la lujuria y los más bajos instintos -hay quien todavía no olvida mi célebre aparición en corset, liguero y mallón, allá por los años dorados de mi juventud-. Yo que tanto me cuido de ser figura privada dentro de mi relativa publicidad. Yo, así, ¿tan cuidadoso como soy, convertido en sujeto de observación y vigilia? Sí, así me lo vienen a decir mis informantes y es hora, a tantas horas ya, que no me termina de caer el veinte.
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Todo este danzón lo traigo en los pies luego de que me dieran a leer un artículo de un tal Guillermo Núñez Jáuregui, filósofo de la Universidad Panamericana, titulado Facebook puede comer nuestras vidas, publicado este bimestre en la revista Istmo -sí, ya sé que es del IPADE, y que el IPADE es de la UP, y que la UP es del Opus, y que yo no llego todavía a esos extremos de mochez desfachatada, pero ¿qué quieren? informatum informatum est.
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Lo que concierne ahora a esta pluma suya, humilde servidor, porque si no lo hago hoy nomás no bailamos con la coma, es explicar cómo demonios puede este artículo hacerme sentirme sobremanera invadido. Pues lo plantearé a grandes rasgos porque tampoco quiero bailadores dormidos: Guillermo, a quien nomás porque no me cayó nadita bien su planteamiento del problema llamaré no afectuosamente don Memo, expresa en su escrito que debemos cuidarnos quienes tenemos esto que se da en llamar blog, o páginas personales, pues al parecer muchos de sus creadores han pertenecido, o incluso pertenecen, a grupos estadounidenses, o internacionales, de espionaje.
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Facebook, la célebre página de perfil auspiciada por sí misma, por ejemplo, explica don Memo para deleite de mis ánimos turbados, fue creado por dos ex agentes de la CÍA -uno de esos organismos que los gringos se han inventado para hacerle la vida de cuadritos a todos los que no son "americanos"-. Osea que con semejantes seres creadores nuestra intimidad está más que en duda, peligro y acecho.
. Y que uno pone dirección, teléfono, fotos, nombre de la novia, raza del perro, modelo del coche, copia de la llave, años de estudio, matrícula de la casa, cuenta del banco, y que de la noche a la mañana nuestros datos los tiene el gobierno de Estados Unidos, y que igual de la mañana a la noche siguiente ya está dispuesto a usarlos en contra nuestra.
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¿Y la intimida', apá? Pues corrompida, violada, golpeada y ultrajada... ¡ah, mire!, como víctima mexicana de delito. Osea que nosotros tenemos años siendo invadidos en lo más profundo de nuestra individualidad, y sin necesidad de usar el internet, y hasta ahorita nos van enterando. Como diría el célebre y buen Vicinio en casos similares y menos trascendentales: "Chale!".
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Y ya aprovechando los dichos, como dijo el Piporro: "A mí que me resiven". Que entren en este blog, cateen sus cuentas y hagan inventario de sillas, mesas y servilletas. Total, no está a nombre mío, sino de la coma, y la poca información que tengo a puras denas -ay, perdón, se me pegó lo piporriano- y me pertenece. Ya si alguien quiere saber más, pregúúúúúnteme. Total, si ya me revisa la CÍA, que no lo haga el Frente Amplio Progresista, o las FARC, o Elba Esther y su SNTE, o AMLO, o don Memo, o Sergio Andrade -Señor Andrade: para su beneplácito tengo fotos más "íntimas" en otra página. Comuníquese conmigo y las pongo a su disposición-.
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Ya me puse muy facilote. Aquí les dejo el baile, no vaya a ser que en una de estas hasta con don Sergio den y nos agarren a los dos.
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¡Salud!

domingo, 27 de abril de 2008

Childrenhood.

Quienes me conocen, y saben el baile que bailo, lo entienden muy bien: no me gustan los niños. Dentro de las muchas cosas que del mundo no tolero, entre ellas las cortinas de regadera abierta y el olor ácido de la tinta de bolígrafo, se encuentran los púberes menores de doce años -y algunos otros tantos que, ya en sus veinte, no han superado los pañales y los biberones-.
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No, no es que esto sea parte de mi amargue natural. Entre las cosas que no tolero amparadas por mi amargue natural, se encuentran las hojitas flotantes de las albercas cristalinas y el olor a alcantarilla destapada. ¿Ven?, es la misma psiquis pero no es igual. Porque, en todo lo demás, no tengo graves problemas con el mundo -?-
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Y los niños son cosa de otro saco. Los veo, me río de sus ocurrencias insospechadas... y ya. Fuera de eso no esperen que ande buscándoles la mirada, ocasionándoles la sonrisa o provocándoles el gusto de burlarse de mí. Me dicen mis informante que ya la pare, que ya fue mucho de andar diciendo por qué la existencia del púber no me es recomendada como causal de salud.
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Y tienen razón, pero el problema es que a los niños los admito como futuros hombres de bien y así, nada más así, los mastico pero no los trago. ¿Alguien ya pensó lo que ensucian, lo que hacen del baño, lo que duermen mientras todos trabajamos, lo que ríen, lo que burlan, las autoestimas que rompen? No, no hablo por mí, no en esto último, pero sí tengo puños de amigos que no se pueden considerar aún a sí mismos individuos completos por los traumas de niñez que acarrean representados en epítetos como "La bola", "La foca" o "El tronchatoro".
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¿Y todo esto para qué si ni siquiera es 30 de abril? Pues porque para el 30 de abril este blog que es mío -y también suyo, si me ayudan con los gastos-, estará cumpliendo sus 100 entradas y encontraré en ese hecho una razón más de peso para celebrar que el Día Internacional del Niño.
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Pero no me lo tomen a mal. No todos los niños entre los niños posibles me son intolerables. Admiro a los que construyen de la mano de sus padres un México -y un mundo, un mundo de Méxicos- mejor; añoro a los que entienden que civilidad y educación son la base para sus vidas si en abundancia y felicidad desean vivirlas; abrazo a los que miran el mundo con la ilusión de creer, de querer, de poder; apoyo a los que van entendiendo, con margen en lo que sus agudísimas y progresivas mentes les permiten, que esto de la vida es paso a paso y duro que dale. Fuera de esos tipos de niños, a los berrinchudos ni me los acerquen, a los escandalosos bórrenlos del mapa, a los uraños... ¡slam! -Mi buen amigo Ata ya se encargará de esa cuestión-.
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¿Que para qué tanto niño? Para escribir algo, para expresar algo, para subirle el volumen al baile.
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¡Salud!
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PD: Respecto a la imagen de Mafalda y sus amigos con que he coronado esta entrada: ¡más niños como ellos, padres del mundo!

sábado, 26 de abril de 2008

Casarse está en serio.

Nostradamus lo dijo, Isaías lo predijo y nosotros, que no nos animamos todavía a renegar del destino, fuimos obedientes a estorbar como testigos: la mayor de mis hermanas, que por azares del destino -o dominio materno- se llama igual que mi mamá, osea que las dos tienen nombres de flor silvestre, perla del océano, se casó hoy por el civil -¿qué hay de otra?- en una ceremonia de lo más privada y all inclusive.
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Y como todos ya lo veíamos venir y nadie se animaba a parar el golpe, digo, por aquello de que el carro de mi hermana terminó como lata pateada al intentar detener uno, pues muy sonrientes mejor nos dispusimos a firmar hojas a lo menso. Yo, que pregunté si podía llevar un sello con mi firma -"es que quiero evitar la fatiga", decía Jaimito El Cartero-, y que recibí por toda respuesta una mirada incriminatoria -y conminatoria- de la oficial del registro civil, me vi obligado a firmar, como testigo de mi hermana, sopetecientos folios -yo no sé quién quiere tanta copia, ni que fueran esténciles de billetes-, leer sopetemiles de párrafos y al final, ya medio mareado, vomitar sobre sopetedecenas de tinteros.
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¿Y que por qué no se arrepintieron con todo y el choque? Porque los trámites y papeleos duraron desde enero a la fecha. Tuvieron que llevar constancia de vida de los "contratantes" -en la jerga legal, término que refiere a los novios-, los padres de los contratantes, los hermanos de los contratantes, los testigos de los hermanos de los contratantes, las mascotas de los contratantes y la pila bautismal -original y dos copias- de los contratantes, ello sin contar el curso civil matrimonial, el examen prenupcial, el seminario de sexualidad en la pareja y el ensayo sobre el código civil del Estado de Jalisco que el Juez les encargó.
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Pero valió la pena. Mi hermana y su novio -que tiene un apellido muy aromático y sonoro, bien tropical-, salieron del registro casados, felices y hambrientos. Y como la panza es antes que cualquier decisión conyugal, el primer acto oficial del recién formado matrimonio fue declarar inaugurada la ingesta multitudinaria de cantidades orgiásticas y apocalípticas de alimento, osea, la tragazón.
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Por aquello de que a nuestra familia le encanta armar peregrinaciones, nos trasladamos todos, incluída la nuevo miembro, Mi Arandera, a un restaurant de mucho caché -y ceros en la cuenta- para atascarnos de maricos, pescados y lo que se nos pusiera enfrente.
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Mi hermana la menor, que no se ha casado pero en esas anda, amenazó con acabarse los totopos de todos si la orden no llegaba de volón. Su novio, que tiene apellido de marca regional de chocolate en tableta, la miró con consideración, en un gesto que a mí me pareció más bien cercano al : "Dios, ¿y con esta viviendo bajo mi techo pretendo llenar mi refrigerador?"
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Mi Arandera se la pasó de lujo, yo, como siempre, insistí en el hecho de que la familia es la base de la sociedad -les juro que no bebí-, y mi mamá, que es medio extraña cuando toma Sol 2 -criada en Jalisco, ¿edá?-, me llamó "patán", esto para beneplácito de Mi Arandera que no sufre para nada cuando le maltratan a su novio, antes bien se relame los bigotones y finge demencia. Ya qué, sufro.
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Me dicen mis informantes que les hable de Emilio "La Monja" González Márquez, quien ya volvió a meter la pata y esta vez hasta madres mentó. Pero no, no lo haré porque este blog, con el esfuerzo de muchas comas, es decente y precavido -?-, y no anda divulgando palabrotas ni incluyendo sandeces -? otra vez- en sus entradas. Además, claro está, para hablar de Emilio basta una palabra: ineptitud. No, que no frieguen a sus mamis los del PAN -mis suegros militan y son personas muy decentes y a todas luces respetables-. Que vayan a humillar a sus progenitoras, eeeso sí, el inepto y sus zánganos rascuaches. Ya dije.
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¡Salud!

jueves, 24 de abril de 2008

De a boda por choque.

Y que choca. Y a mí, como no soy fanático de burlarme de la desgracia ajena -?-, pues simple y sencillamente me tocó acompañarla en su dolor -físico, emocional, intelectual, económico, en fin, toda esa serie de dolores que le llegan a uno (me han contado) cuando choca-.
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"Es que yo iba dando la vueltita", contaba entre sollozos, "y el otro venía hecho la mocha (¿ya notó alguien como a los culichis nos gusta chochear?), y nomás sentí el golpe y salí girando". Asustada, mi hermana, que entre otras muchas cosas sabe hacer finanzas sanas, me relataba los hechos todavía medio golpeada, medio ultrajada y medio llena de vidrios. Yo, como paciente ser sujeto al aviso del llanto ajeno que soy -?, otra vez-, me resigné a escucharla y consolar su pena.
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¿Y la Cheyenne, apá? Mal, muy mal, en pérdida total, lo que significa, según me han explicado mis informantes, que si lograra algún día un mecánico entusiasta echarlo a andar, el Vaticano tendría suficientes motivos para nombrarlo santo -"San Clodoveo de Tepito, patrono de mecánicos, eléctricos y carroceros"-.
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¿Y que cuál es el alboroto si quedó viva y nada más rasguñadita? Pues que esas dos cosas son incombinables para el momento que vivirá el próximo sábado -¿ya?, ¿así sin avisar siquiera?-: su boda civil.
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Sí, leyeron bien, se nos casa y se nos va luego lueguito para Monterrey a disfrutar de un fin de semana de lunamielera express. No, no es cuestión de falta de presupuestos -aunque el choque la mediomucho desfalcó, todavía hay reservas para pagar iglesia, flores y fiesta, esto el próximo año-, sino falta de tiempo. Y es que, parecería imposible, todo lo que gastará en la boda lo va a obtener trabajando. ¿Que el dinero no crece en los árboles? ¿Deveritas deveritas?
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Por lo pronto está tomando terapia intensiva para no andar en la ceremonia civil del sábado en pose de Cuasimodo tras noche de parranda. Y, siendo sincero, ya hoy la vi mejor, ya por lo menos no generaba ese sentimiento de desazón que inevitablemente provocan en gentes sensibles como yos -?- los individuos cons collaríns. Ya nomás es cuestión de que le pongan en su lugar dos o tres vértebras que trae en posición de torre de Jenga al final de la partida, para que pueda caminar hacia el "escritorio" y firmar "amor eterno hasta quel divorcio los separe". ¡Iñor!
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Ah, prepostdata: sí, es la misma hermana que hace poquito azotó en las escaleras al intentar bajarlas. Si les digo que el que tiene pacto con el suelo no niega dicha unión indisoluble.
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¡Salud!

miércoles, 23 de abril de 2008

Al libro lo que es del libro...

"Tengo la firme convicción de que, en algún lugar del Universo, alguien está leyendo en este preciso momento un libro total, un libro que lo tiene todo. "
Jorge Luis Borges.
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¿Qué dijeron? A este baile ya se le pasó la fecha. Pues no. Valga la recomendación de no andar confundiendo tardanza con olvido lastimero. En el baile de la coma nos acordamos... y bien. Y celebramos. Subimos más la música, afinamos nuestras notas de Las Mañanitas, rellenamos los botaneros y hasta preparamos el mejor pastel de letras jamás visto. ¿Y todo para qué? Para celebrarle al Libro -así, con mayúscula, para que se vea más high society- su Día Internacional.
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Mentiría si dijera que las horas más felices de mi vida las he pasado con un libro entre las manos. Pero mentiría también si dijera que las horas más felices de mi vida no las he pasado compartiendo con mis seres queridos lo que entre las páginas de mis libros encuentro.
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Sobra ya de decir nada más, en tono apocalíptico, que son puertas a otros mundos, artículos vivientes de contenido universal, palabra hilada en frase indivisible que forma murallas de párrafos defendiendo la fortaleza del relato, luchando por la persistencia de la imaginación. Sobra ya, ya chole, de endilgarle al libro su capacidad absoluta de generar lectores y estimular la permanencia voluntaria. Sobra ya de andarle viendo tres pies al gato y juzgando al libro como escalera al cielo, accesorio indispensable. Una más de estas, y el libro se nos va.
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Tan culto, tan informado, tan certero, nos lo traemos de boca en boca como chicle de larga duración. De ricos a pobres, de estudiantes a profesores, de economistas a escritores, no hay quien no haya tocado uno en su vida, aunque nomás fuera para verle el precio. Y así, con todo y su popularidad, ¿nos atrevemos a agarrarlo de fichera y le damos mil y un epítetos que quién sabe si él quiera? No, por eso digo que ya chole. Vamosle dando al libro el aplauso que se merece.
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Venga el aplauso para el invento de inventos, la sensación de hoy y siempre y el entretenimiento celuloso de particularidades indelebles. Venga el aplauso para papá Guttemberg -¿o es Güttenmberg? ¿o Gütthenmberg?-, mamá tinta y tío papel. Venga el aplauso para Cervantes, Shakespeare y Calderón de la Barca que tuvieron el tino de morirse el mismo día, como dedicándole al Libro, a la letra, la razón de ser del trío inigualable, las exequias de sus muertes. Venga el aplauso para la edición de bolsillo, el separador y otras tantas maravillas que don libro ha traído consigo para facilitar el acceso a su propio contenido.
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Y venga un aplauso para el único invento que es capaz de llevarse en el bolsillo, la mochila, el bolso, la palma de la mano o bajo el brazo, sin que estorbe, reclame demasiada atención o muera por asfixia. Venga el aplauso para el único invento que no necesita pila, no contamina ni desperdicia el agua. Venga el aplauso para el señor de señores, el amigo libro, que en infinitos intentos por ser desbancado ha salido a flote, victorioso y contento, dispuesto siempre a abrir sus páginas al primero de los postores que se le plante enfrente.
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Ni las quemas medievales, ni el E-book ni el audiolibro, han logrado desbancar el antiquísimo dominio del papel y el tipo, la fuente y el colofón. Nadie contra él, y nadie después de él. "Y que le sigan intentando", dice el libro, "total, no pasa de que se den cuenta en una de éstas que nada vale tanto la pena como yo".
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Y yo miro a los míos en mis libreros y los abrazo al cerrar los párpados. Están ahí, esperando una segunda lectura, o la lectura de su final, rogando porque me acerque, porque elija aunque sea uno, porque abandone entre sus líneas mis problemas y, quizá, hasta les encuentre en ellos, en su orgánico resguardo, solución insospechada.
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Los miro y no creo, siendo sincero conmigo mismo, que haya algo mejor en la Tierra que oler el nuevo de las páginas recién impresas y el hedor ácido-dulzón del libro viejo, ampollarse los dedos de tanto pasar páginas o llorar en el intento por entender sus contenidos. Los miro y sigo pensando que, después de cualquier falta de lectura que traiga acarreando mi país, el libro ni tiene la culpa ni merece se le incriminen nuestras faltas. El libro es libro, y el día que eso cambie, espero no estar aquí para mirarlo.
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¡Salud! (y Feliz Día Internacional del Libro)

lunes, 21 de abril de 2008

Tiempo al tiempo.

"Lo mismo que me sorprende que un oficinista de banco nunca se haya comido un cheque, asimismo me asombra que nunca antes de mí, a ningún otro pintor se le ocurriese pintar un reloj blando".
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Sí, ya se me está haciendo costumbre empezar las entradas con frases célebres. Pero esta, tómenlo en consideración, es más célebre que las otras. ¿Porque lo dijo un gran estadista, o un ídolo de mi juventud, o un estratega militar, o el Peje? No, nada de esas patrañas. Porque lo dijo uno de los pintores cuyos cuadros más han reclamado mi atención en los reducidos años que llevo viviendo sobre la Tierra: Salvador Dalí.
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Nacido en España, para ser más exactos en Gerona, Cataluña, el también escultor y cinematógrafo soltó esta frase -difícil sería dar otro verbo a entender: Dalí, cuando no soltaba obras de arte, soltaba frases- al preguntársele sobre su entonces recién creada obra maestra: La persistencia de la memoria (1931). Y hubiera dicho más si le hubieran dado chance.
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La imagen, si no la tienen en la mente -lo cual me resultaría raro de creer, muy raro-, o si no la quieren ver aquí mismo reproducida, consiste en un paisaje algo abandonado donde lo único extraño -?- que se puede ubicar en todo el panorama es la presencia de cuatro relojes de lo más inconsistentes: uno cuelga de la rama de un árbol, el otro se recuesta lánguido sobre una roca con pestañas, uno más parece a punto de caer, en calidad de huevo frito, de la orilla del muro en la cual se sostiene con dificultad. El último, quizá el más extraño de todos, es un reloj de bolsillo -sí, de esos que usan los maquinistas en las películas western- al que se lo están devorando las hormigas. ¿Y la Cheyenne, apá?
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Consumido por el tiempo, por el tiempo que va y viene y no se digna en ser amordazado ni controlado por nadie, el ser humano sufre... y mucho. De los pasos entre sus etapas vitales, en los cuales siempre le sobreviene una crisis, hasta la demanda de cremas antienvejecimiento -que lo único que hacen es envejecernos más rápido con la simple idea de que nos estamos haciendo viejos-, la verdad es que ningún ser humano escapa a la idea del tiempo inconsistente, inflamado en el ego de ser sólo él, a duras penas Dios, amo y señor de nuestra historia.
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Dalí pintó el cuadro, sí, pensando más en el tiempo como abstracción incontrovertible, intransigente, ineplasmable. Yo, porque no sé pintar, y porque además me resulta endemoniadamente difícil pensar como Dalí lo haría, prefiero creer que el tiempo, más que imposible de pintar, es imposible de entender. Y además, claro está, ganaba poco el surrealista catalán pintando relojes por querer pintar el tiempo, que, encima de todo, el desgraciado, es inenarrable.
. No, no crean que me estoy volviendo loco. El tiempo viene a colación como tema en este baile porque ya me he dado cuenta que él es el eterno enemigo con el cual, a fuerza de ser reportero, nunca he de reconciliarme. Así que, si no puedo contra él, he de unírmele hasta hacerle la vida tan imposible que deje de andarme contando los minutos y racionándome las horas. ¿Y si no se deja? Pues lo frío como huevo. Ya dije.
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¡Salud!

domingo, 20 de abril de 2008

Fama: con f de falso.

"Si lo pensamos bien, una millonésima parte del país aparece en revistas, actúa en televisión, ocupa los espectaculares y su nombre es reconocido por los otros cientos de millones que, simple y sencillamente, son entretenidos por los "artículos de colección" en que se han convertido los que se dicen artistas".
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Es difícil que yo recuerde una frase. Esta se me quedó grabada por dos razones: la escuché en la tersa voz de Issa López, una muy productiva cineasta mexicana, y, además, toca un tema que yo ya traía rato queriendo abordar en este baile: el tintineo espectacular del show business mexicano y sus secuaces.
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Issa López, creadora de aberraciones de la talla de Niñas mal -ok, ok, no la he visto, pero con los cortos me basta y sobra... ¡y aquí no aplica la de no juzgar un libro por su portada, si se supone que los cortos son lo mejorcito de la cinta!-, o Ladies' night, y que le atinó un poquito más al clavo con Efectos secundarios -"¿Por qué con la pelos, güey?"-, trajo a su boca la singular frase con que he iniciado esta entrada al ser cuestionada por Fernanda Familiar -"Ay, no, no, no, noooo Iiiiiissaaaaa, osea que si... ay, no, no, no, no, no puede ser"- sobre el argumento de su creación más reciente: Casi divas.
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Sobre la película... temo me hace falta otra revisada del material para poder darles un comentario más certero. Por lo pronto, en un primer ojo de buen alfiletero, no está mal para dominguear un sábado por la tarde -?- Vayan a verla para apoyar al cine mexicano y ríanse de los chistes sonsos y suspiren con dos o tres buenos, muy buenos diálogos, que la cinta tiene. Fuera de eso, me espero a la segunda vuelta.
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El argumento es la cuestión: en un país de 103 millones de mexicanos -me dicen en este preciso momento mis informantes que ya somos como 106, que no le baje, pero me da flojera borrar tanto número, así que actualícense de ya: 106 millones-, sólo un 1%, o menos, muchos menos, viven de su imagen y aparecen en portadas de discos, televisión, radio, cine y teatro, se habla de ellos en programas de espectáculos más cómicos que informativos -y más degenerativos que otra cosa-, y se les llama, nomás porque la cámara los quiere y los hace salir estéticos en cada toma, "artistas".
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"¿Y el otro titipuchal de gente?", preguntará el avisado lector. Bien, gracias, viviendo de la burla que los medios logran sacar de los que sí salen en revistas, sí generan raiting y sí viven de su imagen.
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La cuestión está más bien, y no lo digo yo, que lo pienso, sino Issa, que también lo piensa, en la multitud -y grosor- de paradigmas que los medios han formado al ensalzar a figuras de la talla de Bobby Larios y Poncho Denigris. Así, si antes caminábamos pian pianito para ser una nación sin complejos ni representaciones idolátricas, ahora nos convertimos cada vez más en adoradores de los dioses Irma Serrano -bueno, esa por lo menos trabajó en su juventud- y Carmen Campuzano -si alguien vio su naríz, haga favor de devolvérsela, no sea gacho-.
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Y como no nos bastan los famosos de la tele, que aveces ni las gracias dan, buscamos hacer famosos a gente que ni la debe, ni la tiene, ni se la merece. ¡Ah, claro!, y con la fama y el escándalo viene también la definición del ser. ¿Cómo? ¿Pues que no han visto el slogan publicitario de la nueva revista de sociales? Ah, pues la revista se llama "SOS" (sí, ¡auxilio por favor!, ¡que alguien nos ayude!) y la frase representativa dice más o menos: "Porque si no sales aquí, no eres nadie".
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Osea que ni yo, que me apellido Madrigal, ni mis amigos, que no son Corcuera, Lizárraga, Orendáin ni Ibezoazabal, ni mis parientes, que a lo mucho llegan a Cruz y de ahí no pasan, ni usted, quizá, lector, ni otros tantos que conozco por ahí, somos nadie. Caray, yo que ya creía que por tener un blog agarraba lugar en esta Tierra y no andaba nomás de oquis.
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Y lo triste del asunto es que las señoras copetonas con hijas güerejas embarazadas todo el año, o las esqueléticas morenazas que posan en sus mansiones, o los expresidentes que presumen ranchos émulos de El Jardín de las Delicias, todos ellos y los que me faltan, se la creen. Se creen que la foto los hace y el apellido los confirma. Éjele, se la creyeron.
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Triste nuestra situación, triste nuestra realidad, triste que se gaste tanto papel en tan miserable asunto. Yo, tiempo atrás, cuando conocí la Quien, decidí que era momento de hacer algo y es hora que no salgo en una. "¿Y eso qué?", preguntará el curioso. Pues que si todos hacemos lo posible por no salir en esas publicaciones, pronto ya no habrá nada que retratar y el negocio se les irá directo al fart. Yo ya dije.
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Ahora que si alguno de ustedes -o todos- quiere posar en un reclinable comprado en Milán -no, no, Milano no, Milán- entre dos cuernos auténticos de elefante australiano y quince jarrones de la dinastía Ming, bajo un encabezado que dice algo así como "Fulanito Iservayán de los Monteros nos abre las puertas de su lujosa residencia en Chimulco", pues allá ustedes. Yo, por si las dudas, ni los jarrones he comprado.
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¡Salud!

viernes, 18 de abril de 2008

Bang!

Tan bizarro como tétrico. Así podría definir el suceso que mi informante mayor -sí, para más control de la situación hemos establecido niveles jerárquicos. Esperen próximamente los Óscares del Informante 2008- trajo hasta mí en bandeja de papel y tinta. No, miento, de hecho lo hizo de viva voz. Y es que le sorprendió tanto la cuestión que a duras penas pudo articular palabra para entretenerme con la narración oral del suceso.
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Resulta que a un poco conocido expendio de tacos del municipio de Zapopan, llegaron dos sujetos con harta hambre -bueno, eso suponemos porque pidieron seis de buche y seis de lengua cada uno- y muchas ganas de comerse un taco. Y pues que se sientan, les sirven su orden y destapan su refresco. Y en eso, como salida de la nada, se estaciona afuera del local una camioneta último modelo, placas no especificadas, de la cual descienden con mucha calma tres felices sujetos -bueno, eso suponemos porque nadie vio que trajeran jeta de pedo en bolsita (gracias a mi estimadísimo Meromerosaborranchero por el referente)-. Y pues que se acercan a los comelones recién llegados y, sin mucho esperar, le arremente a uno de ellos seis limpios balazos en distintas zonas vitales.
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Los de la camioneta salieron por la misma puerta en que entraron, tomaron un taxi y huyeron de la escena. El amigo del tragón asesinado, simple y sencillamente, corrió. Lo curioso del dato es que, mientras el cuerpo del balaceado se desangraba en la parte posterior del local restaurantero, la dueña, sumamente calmada, atinó a exclamar al resto de comensales que amenazaban con irse sin pagar la cuenta: "¡La vida sigue, la vida sigue! Todos tomen sus platos y sigan comiendo afuera en lo que limpio el cochinero"
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Pienso en lo que habrá pensado el pobre muerto -o el alma del mismo, si creemos en esas cosas- al escuchar a la señora taquera hablar de esa forma. Para empezar, porque la vida sigue para todos menos para él, y, para terminar, porque realmente la cocinera esperaba que tras el suceso todo el mal buche se lo pasaran los presentes con un traguito de Coca.
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Pienso en la escena de un muerto llamado "cochinero", muchos comensales hambrientos y asustados, y una taquera gorda y coda diciendo que la vida sigue, con muerto, hambrientos y dineros. Pienso en la escena y me digo: no cabe duda, México no cambiará conmigo, sin mí, o a pesar de mí, con los millones que somos, sin los millones que somos o a pesar de los millones que somos. Esto es folklore, somos folklore, folklore bizarro.
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¡Salud!

miércoles, 16 de abril de 2008

¿Cuántos cuentos cuentas?

Quizás ahora mismo, mientras ustedes están intentando leer esto, o yo estoy intentando escribirlo decentemente, está sucediendo. Mis informantes no manejan estadísticas al respecto, pero puedo jurarlo conociendo la facilidad con que los seres humanos nos inventamos historias. ¿Llegué tarde al trabajo? Murió media familia en un accidente nuclear. ¿Cometimos negligencia médica? El paciente estaba "muy" rabioso, tuvimos que matarlo. ¿Reprobé álgebra? La prueba que me tocó tenía las preguntas muy pequeñas y no alcancé a leerlas.
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En este momento, mientras armo líneas y entrecruzo frasesillas sin sentido, alguien está contando un cuento. Yo podría intentar ahora mismo contarles uno, pero perdería la gracia este baile que tan buen ritmo lleva hasta ahora. Y decir, por ejemplo: "Era agosto, y llovía en demasía, cuando tres hombres cargaron el baúl mortuorio de Idelfonso Falcones y se adentraron en la densa selva tropical con él a cuestas", o, quizá, iniciar: "Barrabás llegó a la casa por vía marítima, anotó la niña Clara con su delicada ortografía", o, mejor aún: "Amelia Damasco tenía sólo dos cosas seguras en la vida: nació un dos de abril y moriría al escampar".
. Pero no lo haré, además, porque para contar se necesita gracia. Esto viene a cuento -y al baile también- porque he tenido una de las más satisfactorias y dadivosas entrevistas de toda mi corta e insignificante carrera como periodista. ¿Gran actriz? ¿Famosa por su Óscar? ¿O cantante internacional de tabloide escandaloso? Aún mejor: cuenta cuentos.
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Cuando la conocí, Alicia Martel era un dragón. En la siguiente media hora, sin que nadie pudiese detenerla, Alicia fue también perro, monstruo y hasta león. De alas a garras, de escamas a plumas, de alaridos a rugidos, Alicia se transformó en tantas ocasiones que me dejó mareado. A mí y al resto de pequeñines -y no tan pequeñines- que la escuchaban atentos narrar historia tras historia. Para cuando terminó de contar, yo estaba tan extasiado que sólo quería saber cómo demonios contar cuentos y no morir en el intento.
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Alicia me habló de muchas cosas, me explicó a detalle otras tantas y terminó convirtiéndose en mi cuentera favorita. "Todo es lectura, Agustín, vivimos leyendo la planta que mueve el aire, el niño que llora, la mamá que sonríe, el águila que pasa, pues al descifrar entendemos, y sólo se puede descifrar lo que se lee. Vivimos leyendo", me dijo como si hubiera adivinado, mirando en mi interior de alguna oscura forma, la frase que yo esperaba escuchar de una personalidad como ella. "El día que dejemos de leer, ese mismo día dejaremos de vivir".
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¿Y que por qué ando hoy tan cuentista? Pues porque he descubierto que todo el día nos la pasamos haciendo cuentos. Desde las excusas que nos inventamos -revisar primer párrafo, ni modo que las vuelva a redactar-, hasta las que nos pensamos, hacemos cuentos al armar teorías, chismes y complots, puñeteadas mentales y hasta diapasones insonoros.
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Por ello, lo dejo claro, a lo que Alicia dijo agregaría yo: "El día que dejemos de cuentear, ese mismo día dejaremos de relacionarnos con los otros". He dicho. ¡Queda!
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¡Salud!

lunes, 14 de abril de 2008

Cambio.

¿Les ha pasado que de pronto la vida se les llena de experiencias nuevas, diferentes, no malas, no buenas, sólo diferentes, y que todo este ir y venir hace que ustedes nomás no encuentren su lugar? ¿Has sentido que todo se mueve hacia ninguna parte, justo cuando las cosas habían tomado un curso más o menos satisfactorio, o cuando ya te habías acostumbrado al vaivén acompasado y lento que suele bailar la monotonía? ¿Cómo librar esto? ¿Cómo decirle al mundo "para, que te me quiero subir", sin que se moleste, sin que se rehuse?
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Así ando. No son otra cosa que los cambios. Los cambios, esos seres mitad destino, mitad suerte, que aparecen de pronto y nos hacen respirar más rápido, aumentar nuestros metabolismos y hasta frenar en seco, me traen más que agobiado. Ya los veía venir. Desde mitad del año pasado, cuando las cosas no andaban por estas pistas de baile del todo bien, los miraba danzar en el otro extremo. Y nomás llegó enero y que se dejan venir.
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No, como descubrirán, no soy nada afecto a los cambios. Las diferencias son otra cosa. Las acepto, las abrazo, las hago entrar con cuidado en mi vida. Pero los cambios, que sí, generalmente vienen con las diferencias, me cuestan un poco más de trabajo y tiempo. Me dicen mis informantes que esta ideología es clásica de un individuo cerrado y sin ganas de más -"¿más qué?", diría cierto Alterego que conozco-. No lo niego, pero tampoco lo admito en la totalidad. Prueba de ello es que hoy estoy bailando este baile cuando todavía hace unos meses ni ganas tenía de estar frente a la computadora, exponiendo mis pesares y deslices a toda una web de incautos.
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Lo que sucede con los cambios es que generalmente no llegan solos al baile, sino acompañados de otros cambios. Y se meten sin preguntar, y los muy maleducados hasta suben los pies con todo y zapatos a tu historia personal. Y pisotean, y manchan, y no se aguantan la carrilla. Y luego, cuando ya los quieres correr, descubres que te acostumbraste a su bailengue y estás más que ambientado bailando como salero en su bolita fiestera. Son como el algodón de azúcar: cuando te das cuenta que te molesta, se ha disuelto en ti y corre por tu sangre a paso de glucosa intravenosa.
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Y luego llega la lluvia. Ni mis amigos, ni mi forma de ver las cosas, ni mis sueños, ni la relación que llevo con mi familia, ni nada de nada es lo mismo... y luego empieza a llover. Claro que me malentenderían si pensaran que la lluvia es como la gota que derrama el vaso. No, mal hecho. La lluvia es el trapo que seca el líquido extra derramado y acrecienta las cosas buenas que suceden. Así que sí, como dije ayer en estas u otras palabras que al final pretenden decir lo mismo, los cambios se van mucho al fregadero con el cristal empapándose en rocío veraniego.
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Hoy llueve, mañana... quizá sea otro día y yo ya ni esté aquí.
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¡Salud!

domingo, 13 de abril de 2008

El resguardo cristalino de las gotas.

Ya ven, ya se los decía yo ayer. No, bueno, no lo hacía como es debido. Y no porque no quisiera, sino porque ayer, todavía incluso durante las horas vespertinas de hoy, las lluvias nomás no llegaban. Incluso, platicando con alguno de mis informantes en la terraza del baile, éste me hacía ver que ni nubes, ni densidad, ni probabilidad de nada. "¿Nada de nada?". "Nada de nada de nada". "Pos bueno, ya qué se le hace. A seguir esperando".
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Y hoy, sin avisar, justo como llegan las mejores cosas de la vida, iba yo camino a casa cuando llegó hasta mis narices -¿por qué la pluralizamos si nomás tenemos una?- el "rumor" indecente que marca la aparición de las primeras lluvias de la temporada en esta región de Jalisco: tierra mojada. Y que volteo para la derecha y que me encuentro con un oriente de ciudad cubierto por una cortina de agua tan densa que hubiera sido un atentado a la salud oftalmológica intentar ver a través de ella.
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Sobra decir que me puse feliz. Las lluvias son, al menos para los tapatíos que conozco, el acontecimiento central en torno al cual gira todo hecho en el año. Antes de las lluvias vivimos sumidos en el calor, después de las lluvias faltan tantos meses para Navidad, tantos días para que vuelva a llover. Y el entusiasmo que nos provoca encontrarnos con la llegada de los primeros chubascos nos agarra tan desprevenidos que por lo general nos inundamos, nos bañamos y hasta nos atrevemos a empapar a otros con las primeras gotas de la temporada. Perdemos la total compostura y, como diría mi buena amiga La Prisciliana, "hasta nos atrevemos a pecar".
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Yo, por mi parte, puedo decir que algunas de las mejores tardes de mi vida las he vivido teniendo como telón de fondo el suave rumor de las gotas de agua contra un cristal, o estando bajo el no suave estrépito de las gotas de agua contra mi cuerpo. Vivo esperando la lluvia, aun en silencio, y cuando llega no hay quien me pare la felicidad. Me mojo bajo ella, me resguardo en su fría densidad y me obligo a disfrutar del desliz sensual que ejecuta cada gota en su viaje por mi piel. Cierta vez, incluso, cuando me vio deleitarme bajo la arreciante tormenta, una compañera de la secundaria me comentó, mitad risueña, mitad temerosa: "Cabrón, hasta parece que te están cogiendo".
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No sé si el sexo es mejor que la lluvia, pero, si por mí fuera, podrían llevarse el primero y nada cambiaría. O igual hay quien piensa en combinarlos, pero yo no, para mí eso sería un sacrilegio, una pérdida de la moral, del sentido, de las ganas de vivir. Lluvia es lluvia, y lo demás, mientras está lloviendo, que se espere.
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Me dicen mis informantes que lo de hoy fue falsa alarma. Que qué bueno si me empapé porque no veremos algo igual sino hasta julio o agosto. Que me aguante. Que si el calentamiento global y qué se yo qué tantas otras cosas. Pero llovió. Llovió en un buen tiempo y, quizá, cuando vuelva a llover esto estará todavía mejor. Y si no, por lo menos estaré bajo el resguardo cristalino de las gotas.
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¡Salud!

sábado, 12 de abril de 2008

Deposite esta entrada en su lugar.

A los que vivimos en ella, el problema nos ha ido abrazando de un modo tan gradual que a duras penas podemos reconocerlo cuando caminamos por sus calles. Yo, puedo decirlo no sin cierto temor, no me di cuenta de la magnitud del caso hasta que salí de viaje, abandoné la Zona Metropolitana, y regresé unos cuantos días después.
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Lo que mis ojos vieron, que, claro está, ya estaba allí antes de que yo me fuera, no tiene cabida en una ciudad que, hace ya muchos ayeres, alcanzó con lujo y regocijo el millón y medio de habitantes. Me dicen mis informantes que Nueva York tiene alrededor de ocho millones, el D. F. ya supera los diez y otras grandes urbes, como Madrid o París, andan también en números superiores a los tres o cuatro millones de habitantes. Por eso, decía, la cantidad de pobladores no es excusa, no puede permitírsele serlo.
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Otra será la razón, pero las calles de Guadalajara cada vez tienen más basura. Aunque hace bastantes años ya los turistas se quejaban de la pésima calidad de los servicios de recolección de basura en el área urbana, poco o nada han hecho nuestros cuasigobernantes para solucionar la cuestión. Nuestras fuentes rebosan de botellas de plástico vacías, nuestras alcantarillas se tapan cada vez que llueve -omitiré, porque está más que dicho, las inundaciones, accidentes y decesos que estos tapones significan para la ciudad-, nuestros botes de basura son pocos y están siempre llenos, y cuando están vacíos llama la atención encontrarlos rodeados de basuritas y basurotas.
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Cierto es que el gobierno debe destinar una cantidad de los recursos que el pueblo le da -iba a decir "alegremente", pero omitiré el adverbio- a eficientizar -?- los procesos prestadores de servicios, pero cierto también es que el gobierno, como la ciudad misma, está formada por ciudadanos, y que, por tanto, es solamente a los ciudadanos a quienes compete la responsabilidad de una Guadalajara limpia.
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Dicen mis padres, que de esto saben mucho porque vivieron ahí, que Guadalajara en la primera mitad del siglo pasado era una verdadera joya de ciudad: jardines repletos de rosas, cielos siempre azules, temperatura promedio de 18º todo el año, banquetas y calles barridas. En fin, una Guadalajara que hoy, si se pudiera mirar al espejo, le diría seguramente a su reflejo: "Ay, cabrona, ¿pues qué te hiciste?" No se hizo, le hicimos.
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Debo admitir, con densa culpa y profunda cruda moral, que alguna vez yo he tirado algún pequeño papel en la calle, ello por flojera de llegar hasta el bote de la basura o porque, de plano, no tenía más que hacer con ella. Pero soy conciente de mi error y estoy dispuesto a pagar las consecuencias que el mismo genere. Por ello, desde que soy más conciente de mi responsabilidad hacia lo que me rodea, procuro llevar siempre una mochila que retaco de las basuras que mi actividad diaria genera, y que luego vacío en un lugar a ello destinado -dígase bote, bolsa o contenedor-.
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Y dejé de tirar basuritas en las calles más por la nostalgia ciega de conocer -o reconocer- una Guadalajara limpia, por un sentido de respeto que, por lo que veo, pocos han adquirido aún en mi -y suyo también, si me ayudan con los gastos- medio social. A la ciudad, por el simple hecho de que aquí vivimos, le debemos respeto, consideración y afecto -este último, si quieren, omítanlo, pero el respeto nunca-. Y quien no esté dispuesto a entenderlo, puede ir haciéndose bolita y caminando al bote.
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A este paso, tan catastrófico como camina, en unos años estaremos rodeados de ratas, cucarachas y otras tantas pestes que con la basura aparecen -la generación espontánea no estaría muerta, andaría de parranda-. No sé a ustedes, pero a mí no me agrada en lo absoluto la idea de tener que estarle peleando -o cediendo, que es peor- el paso a un colióptero gigantesco, o cuidándome de la mordida de algún roedor -ya me dijo La Malagueña que no dan rabia, pero a mí las mordidas nada más me gustan los viernes y no precisamente en alguna extremidad-.
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Por eso, chinchin al que la tire, chinchin al que deje que otros la tiren y chinchin al que lea esto, ría afanosamente, y mañana ande vendiendo ratas al carbón. Que conste que advertí.
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¡Salud!

viernes, 11 de abril de 2008

Un país de zonámbulos.

Por muchas razones, pero en especial porque estoy a 15 -sí, quince, leyó usted bien- entradas de llegar a mis cien bailezotes, hoy omitiré mentalmente mi viudez intermitente -osea, estaba, se fue, regresó y volvió a irse- e intentaré hablar de la hora y media de buen cine mexicano que acabo de chutarme. Y, para beneplácito de todos ustedes, dedicaré un último párrafo, sólo como conclusión, para felicitar a Mi Arandera que hoy llega a sus 20 -años, no entradas, que en eso le llevo delantera... bueno, en las entradas y en los años voy igual, delante a paso veloz-, y los está cumpliendo con bombo, platillo y dos lechoncitos sacrificados.
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Rodrigo Plá podría no ser un nombre que nos suene muy conocido. De hecho, no es ni remotamente referente a algo brillante y a todas luces lucidor. Es un director, sí, que apenas empieza a mover el bote -"fosaaaaaa"- en eso de la dirección cinematográfica. Este que vi, de hecho, es apenas su segundo largometraje. Se llama -el filme, que él no, ya debió quedar claro eso- La Zona, y tiene poquito poquito poquito de haber entrado con mucho entusiasmo -"con bomba y rebote", diría mi Tía La Matraca-, en las salas cinematográficas. Y quizá el nombre sea lo que menos -o lo único que no- merece mención aparte en todo lo que a esta cinta mexicana se refiere.
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Voy a lo que voy, pues, jubiloso -gracias a mi buen Vitor por la palabrita-: en un México cada vez más desigual -creo a pie juntillas que nuestra geografía es lo que menos desigualdad posee en contraposición con nuestra situación social-, un grupo de ricos bien ricos se resguardan, temerosos de la inseguridad que reina en la capital de la República, en un complejo habitacional que da el nombre a la cinta. Y sí, viven todo el tiempo con miedo, y sí, sus casas son idénticas -o hasta más bonitas- a las que ambientan la serie Desesperate Housewives, y sí, todo dentro de La Zona es ordenancia, controlancia y tranquilida'... no, ¿ya dije que se la pasan cuidándose de hasta el aire que les sopla por la axila? Pues sí, así viven -¿viven?-.
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Y todo va relativamente en calma hasta que, en una noche de tormenta, un panorámico cae, derriba el muro que protege al complejo habitacional y por ese derrumbamiento -¿?- se meten tres escuálidos chamaquitos de las colonias marginadas que rodean a La Zona con la férrea, única y trabajosa intención de robar. Y, claro está, Rodrigo Plá -que también tuvo a su cargo el guión de la película- introduce entonces no nada más a los púberes ladrones sino a una cantidad -y calidad- de temas insospechada: la seguridad, el bien, el mal, el criminal, la corrupción, la justicia, la lealtad, la riqueza, la pobreza, la igualdad.
. ¿Quién es el malo en una película donde un criminal es perseguido por un grupo de vecinos cuyas acciones rayan en la esquizofrenia? ¿Quién el irracional en un país donde las oportunidades son cada vez más desiguales? ¿Quién es digno de impartir justicia y por qué ha recibido semejante distinción? ¿El que pega primero tiene el poder de pegar dos veces? ¿Qué es poder? ¿Quién lo da? La vida, la paz, la seguridad, ¿tienen un precio?
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A mí, como lo notarán, La Zona me dejó pensando mucho. Pienso que vivo en un país cada vez más radicalizado, cuyos polos sociales se han abierto en brechas tan distanciadoras que quien intentara unirlos necesitaría otros quinientos años de historia. Pienso que vivo en un país que no merece lo que le pasa, pero que, en definitiva, tiene el gobierno que se ha buscado. Pienso que amo a mi Patria, pero no por un sentimiento nacionalista ciego, a la altura del temible "esqueaquínací", sino porque sí, porque México, mi México, tiene todo -y de todo- para ser amado, adorado y ¡respetado!
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Pienso que estoy muy lejos de encontrar una solución a la multiplicidad de problemáticas que La Zona plantea. Así que, para no acabarla de amolar, les dejo mejor una recomendación póstuma: véanla convencidos de que su estómago está bien acomodado y no les hará pasar mal rato al terminar el filme. Osea, véanla bajo su propio riesgo. Malinchistas, por bien de los que no lo somos tanto, absténganse.
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Prepostdata. Si el tema no les llama la atención, aquí tienen otra razón de peso para no perderse la cinta: las excelentes actuaciones de Maribel Verdú -¡aja, maja!-, Daniel Jiménez Cacho y Marina de Tavira, y otros tantos de cuyos nombres no quiero acordarme.
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¡Salud!
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Mi Arandera llega hoy a sus 20 por la puerta grande. Llega a los 20 porque se los merece, los necesita -o más bien, la necesitamos- y son parte de ella, enmarcan su historia. Yo, si no hubiera más años para que viviera la humanidad, le daba los míos. ¡Felicidades múltiples, coma mía!

miércoles, 9 de abril de 2008

Viudo sin vivir en mí.

Yo no quería pero me obligaron. Las circunstancias, el momento -estos, definitivamente, no han sido días buenos-, la viudez prematura. Sí, leyó usted bien. Si en este blog ya bailamos los ritmos decadentes de la paternidad temprana, la adolescencia precoz y hasta la amistad desaforada, ¿por qué no mover el cuerpo ahora, que se presenta el caso, al ritmo del danzón de la viudez repentina?
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No, no se fue del todo. Sus mensajes me llegan cada dos horas y media sin falta, hasta para avisar que pasó el aire, y la comunicación constante, que también tenemos cuando respiramos el mismo aire de ciudad, no se pierde ni por accidente. Nos despertamos con un beso escrito y nos acostamos con muchos besos establecidos, que no planeados. Pero es difícil manejar la idea de que está y no está. No puedo tomar la iniciativa y decirle que nos veamos, ni ella puede, tampoco, programar el baile y hacer que el tiempo corra más lento estando juntos.
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Se fue a su -que es también mío, dice su mamá- rancho -o cerquitas- por trabajo, y regresa mañana -¡plis, denme un mañana en la mañana ya!-. Hasta hace unas horas, todo parecía indicar que no la vería hasta el lunes -yo puse mi cara de "esto es un apocalipsis detestable"-, pero programamos eficientemente nuestros horarios y nos dimos todo el tiempo necesario para saldar la dosis faltante, sin programación alguna, sin límites de nada. Ahora ella está tome y tome fotos y yo recibiendo mensajes de pocas palabras que me lo dicen todo en un suspiro de necesidad.
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Pero con todo esto, no puedo evitar sentirme viudo. No me hago a la idea de tenerla tan lejos y no poder abrazarla, arrinconarme en su hombro y respirar de la claridad de sus cabellos. No me hago a la idea porque, contrario a lo que yo esperaba de mí todavía el año pasado, esto de estar enamorado le consume a uno algo más que las neuronas, lo que genera adicción. Sí, soy adicto a Mi Arandera, pero aprecio, alabo y colaboro a su trabajo más quedándome calladito y esperando que corriendo a buscarla -no, está bien, no haría esto último, soy demasiado terreno-.
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Así que espero. Con la mitad del corazón -o poco más- recorriendo otras calles de Jalisco, espero. Espero porque, como dije alguna vez no en este blog pero sí en otros tantos, "la clave de una recompensa satisfactoria es una espera aleccionadora".
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Cuando acabe mi viudez temprana, les aviso para que le suban al volumen y regrese la luz a este baile. Mientras tanto, pura coma.
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¡Salud!
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PD: No dejen de darse una vuelta por el blog de La Malagueña. Ayer subió una entrada que me sigue dejando buen sabor de boca... o de naríz. ¡Un hurra para ella y su dadivosidad!

martes, 8 de abril de 2008

¿Cómo dice que dijo?

Lo siento -que conste que empecé pidiendo perdón-. Hacía tiempo -?- la política no arribaba a este baile con sus ritmos desordenados y atemporales. Hacía tiempo que la grilla, las gestas por el poder, los nombres de liendres que dicen gobernarnos y hasta las tepocatas insufribles, hacía tiempo, decía, que nada de eso nos echaba a perder la fiesta y reducía el ritmo de nuestra música hasta niveles inaudibles. Hacía tiempo... hasta hoy.
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Es que ya era hora. Entre reforma energética, elecciones interpartidistas y sospechosismos -sí, otra liendre lingüística que cierto liendroso nos dejó, con perdón suyo y de sus seguidores ("Con todo respeto", como decía el célebre personaje de Márgara Francisca), para la triste posteridad-, entre dimes, diretes y dijistes, ya se nos van los meses, el sexenio y la existencia.
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Me pregunto primero por el PRD. ¿Qué tan difícil será organizar unas elecciones al interior del partido para escoger un, uno solo, no dos, no tres, un jefe de organización, uno que los ponga en paz a todos, los aliente a continuar por la causa común -y esa, ¿ya la eligieron?, ¿siquiera existe?- y ponga en paz a los desahuciados del último episodio electoral presidencial? -me dicen mis informantes que del sur les llegan voces tabasqueñas que claman justicia por urnas embarazadas y papeletas no contadas. Me dicen que, por respeto al ritmo de este baile, me abstenga de opinar al respecto. Seguiremos a la chítalas callando-. ¿De veras nadie puede tomar el mando?
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Ah, pero no crea usted que es cuestión de la organización interna del partido. ¿El PRD con gestas internas por alcanzar el poder? ¿El PRD, el partido de izquierda, del cambio, de la diferencia y la minoría mayoritaria -sí, no estoy diciendo sonseras, ¿o sí?-, tener "pobemas"? No lo creo, pero lo veo... y lo vemos todos. Si durante tanto tiempo han estado jodiendo con que los de los otros partidos son "re"malos para tomar control de las situaciones, estas elecciones de plano los dejan tan mal parados como rico caballero alcoholizado en Titanic en hundimiento. Yo, que pensaba en votar por ellos en las próximas elecciones, al ver tanta alharaca por un puesto interpartidista, me reservo el derecho al voto para "otciones menos piores". Si así se organizan entre ellos... ¿qué no harán con el país?
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Claro que los otros grupillos no cantan mal las rancheras. De hecho, Antonio Aguilar y José Alfredo Jiménez les tendrían franca envidia si les importara la política, o si cantar y grillar tuvieran algo qué ver, o si estuvieran vivos. Elba Esther "La Tronchatoro" Gordillo, ya armó desmán y escenita -Ofelia Guilmain, la gran diva del teatro mexicano, le profesaría franca envidia profesional, si también estuviera viva-, y todo porque dijeron que ella dijo cosas que ni ella dijo ni hubiera querido que dijeran que dijo.
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Y para demostrar que todos estamos mal en desconfiar de su galante presencia al frente del SNTE -los burrrros de los medios lo pronuncian "sente", y yo más bien tengo la duda de si le regalamos la "e" o lo dejamos en "snte"-, para demostrar que "ella es buena y pura y el negro es el cochambro'o", pues le habló al Secretario de Hacienda y Crédito Público, Agustín -sí, sí, se llama como yo- Cartens, y le dijo que dijera que ella no había dicho lo que otros habían dicho que dijo y que ella nunca quiso decir ni que dijeran que dijo.
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Cartens, que como era muy de noche ya se había tomado su lechita y arrimaba la patita al quinto estadío del sueño freudiano -donde soñaba, cabe aclarar, con plátanos y limosnas-, pues les dijo a todos los medios que la señora Tronchatoro nunca había dicho tales cosas que los medios decían que ella dijo que habían dicho cuando dijeron que dijo lo que no dijo... bueno, me perdí. El chiste es que tras arrastrarse por el suelo, subir por las paredes y brincar de silla en silla, Gordillo pensó quedar bien y los medios se la creyeron. "Sí, maistra, ahí luego nos avisa cuando se le agote el colirio y comience a llorar de adeveras", dijo alguno y todos rieron. "Muerta por dentro", finalizó la Tronchis junto a su bolso Prada, "pero de pie, como un árbol". ¡Ámonos!
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Lo de la reforma energética no lo toco aquí. Antes hablé ya del petróleo y di mi opinión. Como con la luz no tengo problema porque yo diario ando aparentando estar iluminado, pues me reservo el derecho de decir lo que no pienso cuando digo lo que dicen que dije que digo cuando... ya, pues, es tarde para esto. Nomás luego no digan.
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¡Salud!

lunes, 7 de abril de 2008

Caldo de Antivirus para el Alma de la Computadora.

Para El Meromerosaborranchero, por el disco, el consejo y las buenas tardes de siempre.
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"Ya bailó Chencha". Me lo dijo así, cínico como es, desvergonzado hasta por los codos, El Meromerosaborranchero. Me lo dijo así merito cuando, platicando en una sesión de Messenger en que discutíamos con aflorada pasión el asunto de las mujeres y sus intrigantes metas de vida -"¿Tener un hombre que las haga sentir protegidas cuando tienen el mejor sueldo del mundo, Agus?"-, un virus entró en mi sistema operativo -o más bien, se dejó ver-, y me cerró la ventana en la cual platicaba tan entusiasmadamente con Elmeromero..., el Messenger completo y además, no conforme con el daño ocasionado, apagó la computadora y me mandó a dormir. . Al regresar, tras mucho intentar prender mi máquina sin resultado, Elmeromerosaborranchero, que además de otras cosas sabe preparar muy buenas piñas coladas, me recibió con la frase que abre esta entrada. "Deja de hacerme sentir acabado y dame la solución, Julio", le hice ver con un tono neutral -ajá- en medio de mi total sentimiento de desamparo. "La solución es sencilla, Agus", me respondió el desvergonzado hijo de buena madre -eso me consta, su mamá me cae muy bien y en nada tiene la culpa de que su hijo le haya salido como peste demoníaca-, "vende la computadora a un niño ciego y déjate de sufrimientos". . ¿Que qué pensé? Depende, ¿antes o después de que el virus entrara de nuevo y se robara la totalidad de mis archivos? Sí, leyó usted bien: al regresar a mi sesión en Windows, ni mis fotos, ni mi música, ni mis escritos, ni mis tareas, ni nada de nada estaba allí. En sesión extraordinaria con Elmeromerosaborranchero, volvió a colación la mentada frase: "Ya bailó Chencha". Yo, taciturno y meditabundo como soy, lo hubiera ahorcado de tenerlo enfrente. "No, Agus, esos virus son de los feos. Se meten cuando ves mucha porno de la fea". . Yo no sé si hay pornografía bonita, pero Elmeromerosaborranchero sabe más de eso que yo (risas). No, sí, en serio, sabe más de eso que yo y no pierde ocasión de demostrarlo. Volviendo al tema, le hice ver de la manera más pausada y decidida que yo no veía "esas cosas". "Ay, Agus, ¿pues en qué pierdes tu tiempo cuando lo pierdes?" Acto seguido, dejé pasar diez minutos de silencio y continué. "¿Me vas a ayudar o también eso tenemos que someterlo a discusión?" . Me dicen mis informantes que este baile anda falto de datos culturales. Me dicen, por tanto, que diga que los virus son tan viejos como el internet mismo. Nacido, con gloria y danzón, durante la guerra de Vietnam, cuando los bandos estadounidenses necesitaban un medio seguro de comunicación no interceptable, el internet fue tomando terreno poco a poco hasta que, ya cuando la guerra había terminado, la tecnología desarrollada durante el conflicto -?- bélico agarró nombre y se industrializó. Y entonces, como no queriendo la cosa, hackers sin alma -¡no!, ¿apoco hay de esos?- inventaron programas computacionales que ingresaban en la red, viajaban por la misma e iban de sistema en sistema clonando información. Y voilá, tras mucha magia y deliberación, los virus aparecieron en escena. ¿Ahora ya entienden cómo es que el mundo se enteró de la última novela de Anel antes de que estuviera en las librerías? No, a mí tampoco me importa. . Al día siguiente, no me he de quejar, Elmeromerosaborranchero llegó a la escuela con un disco que contenía, previa autorización de total y feliz uso, tres antivirus "de lo más fregones". "Con estos, los virus van a salir bailando can-can en menos de lo que digas 'can-can'". Le creí porque, además de ser buena gente cuando se lo propone, es inteligente en esto de las máquinas -su cerebro, cabe aclarar, funciona como una, tiene la lógica de una, lo hace moverse como una (lo vierna bailar banda y me creerían) y, por eso mismo, lo hace un ser feliz-. . Y creerle me salió barato. Quemé en hoguera de mata verde a los virus que me acediaban, recuperé mi dignidad -mis archivos no, ya veo a un hacker chutándose mi análisis sociológico de la sex shop-, y ahora soy, si no más feliz, sí menos violentado. Por cierto, a como me sentí propongo la formación de un "Instituto Nacional para la Atención a Víctivas del Delito Cibernético". ¡Ah que sí! . ¡Salud!

domingo, 6 de abril de 2008

Plis donstop de miusic!

La fiesta de anoche estuvo bien. No, eso sonó muy frío. Lo pondré así: fue una de esas reuniones en las cuales uno descubre que Dios existe... y es grande. ¿Ya había dicho yo antes eso mismo en este blog? Es probable. Es una frase que me gusta un titipuchal -gracias a La Mayela por el referente técnico- y la saco a colación cada vez que un acontecimiento supera mis ganas de ponerme feliz... y me pone mejor.
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Mi Arandera bailó, comió sushi -"suchi", dice La Casicasi, también presente anoche-, rió, se tomó fotos, abrazó a sus amigos y cautivó a sus amigas -y a mí, of curs- con uno de los arreglos personales más sobrios, discretos y cautivadores que las pobres chicas habían visto en su vida -La Teresiana a duras penas y usa Labello-. Hizo el ridículo como buena cumpleañera, y se rio de sus propias ideas como buena idealista frustrada. Recibió en su pequeño departamento -ya dijimos que cuando caiga agua'l pozo, nos largamos a Valle Real (ajá)- a más personas de las permitidas... y multiplicó la comida -con el poder de sus ojos, sigo creyendo yo-, para que alcanzara para todos.
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Y hasta sobró. Ahorita mismo mi hermana -que ya se recuperó de la caída y nada más tiene dos de sus tres extremidades con fractura expuesta- está desayunando sushis -¿es así o sushies?, pregúntenme si me importa-, patrocinados, obvio está, por Agua Negra's Mercery and Fruits Store in tha Corner -oh, yes!-. Muy probablemente al rato mi madre se levante y prepare huevos con sushi -ella no desperdicia nada, nada-.
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Lo único triste del asunto quizás esté en que la fiesta se acabó. Tuve que regresar a este otro baile a prender las luces y apagar la calefacción. Me conformo con las buenas fotos, los buenos abrazos y las múltiples charlas interesantes -no se hubieran querido perder a La Casicasi discutiendo con La Teresiana sobre la posibilidad de implementar los temas religiosos al impartir el Español en las escuelas de educación secundaria-. Me conformo con que Mi Arandera terminó cansada, agotada, adolorida de tanto reír y bailar, pero feliz.
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Todavía nos quedan platos por recoger y serpentinas por barrer. Cuando me fui a dormir, el piso andaba medio embadurnado de pastel y creo haber visto una papa frita colgar del foco de la entrada pendiente de un rollo de sushi, pero igual y ahorita checo. O igual y no. O igual y mejor nos esperamos a otra entrada para hablar de mezclas raras de comida -¿me van a decir que ustedes nuuunca comieron sándwiches rellenos de Doritos nachos?-. O igual y dejo de decir que igual y algo.
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¡Salud!

sábado, 5 de abril de 2008

Del Infierno al no me acuerdo.

Sus años son los de la especie... quizá más. Nació con las tradiciones, los cultos, las culturas. Se formó en el fogón de los mitos, en el compás de los cánticos primarios y ditirambos, en las noches de luna, en la tradición oral. Caminó por las praderas, por las sabanas y las esteras. Atravesó páramos, conquistó las montañas heladas, se arriesgó en los mares salados, de donde otros tantos monstruos surgieron también. Fue, en el fondo del corazón de hombre, eterno terror y complejo ser de manías fuertes, de convencimiento ineludible. . Ha recibido tantos nombres como culturas han pisado el mundo. En un momento, sin embargo, supo colarse, como la idea constante que era, en la tradición de un pueblo que, guerras y siglos después, vio surgir a la creencia religiosa más impactante en la historia de la humanidad. Y entonces él, todo corazón, todo alma, todo putrefacción, tomó su lugar. Ya no fue una sombra, una simple sospecha, encarnación del mal. Se convirtió, con el soplete del mito mismo, en un ser insufrible, indeseable, un ángel caído: Luzbel ("luz de Dios"), abominable, nunca entendido, repudiado, se convirtió en Lucifer, “luz” de los infiernos. . Y así, caminando de la mano del cristianismo como cultura cada vez más imperante, llegó a la Edad Media del hombre y reclamó su propio espacio en las tradiciones de los pueblos europeos en formación. Y se lo dieron. Quizá porque al catolicismo le satisfacía la idea de que Dios poseyera un eterno oponente, un representante vivo de todo lo “no divino”, una peste, la basura de la cual huir, debido a la cual buscar refugiarse en el brazo bienamado de la Iglesia, en su mensaje de "salvación" portado desde la ascensión de Cristo al seno de su Padre.
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Voy a todo esto porque hace unos días, me dicen mis informantes que no se rajan, el líder máximo de la Iglesia Católica, el Papa Benedicto XVI, declaró en una homilía que el infierno existe -pese a lo que muchos creen- y es no un espacio mental o espiritual, sino un espacio físico de alto tormento, consideración y peligro -pese a lo que muchos creían-. Y con todo esto, claro está y porque nadie podía olvidarlo, existe Lucifer.
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Sí, leímos bien. Al morir, "descendemos" -vaya uste' a saber si está en verdad abajo, y de qué- a una caverna misteriosa, nos recibe un diablo con pinta de juez -ah, mire usted, ya llevamos ganancia: en México hay puros jueces con pinta de diablos-, lee el libro de nuestra vida y nos dirige con dos poco amables azafatas a nuestro lugar de castigo eterno. Y luego el Meromero -no saborranchero, todavía no llega a esas andanzas cruentas mi buen amigo-, se aparece, nos da tres nalgadas y nos manda a dormir en una cama de clavos... porque todo esto existe.
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Si usted fue muy malo en vida, y cursó sus días perdiendo el tiempo o robando dinero -ambos síntomas de que usted es diputado-senador en acto o en potencia-, quizá le toque que un émulo de Lorena Herrera -con más pezón, más cuernos y más cara de hombre- le santolotee la espalda con una latabotella de Jumex partida por la mitad y rociadita de limón. Si usted no fue tan malo y nomás engañó a su mujer -se aceptan rechiflas-, quizá le toque entonces pasar su eternidad en el palenque de un diablo travesti imitador de Paquita la del Barrio -aguas con los engaños, que esto es peor que lo de la latabotella-. .
Yo, como soy muy autodidacta, y medio incrédulo, ya agarré mis chivas y me dispuse a buscar la entrada al infierno. Si la hallo, y con ella a Lucifer, les llego con el chisme y nos ponemos todos muy contentos. "Si no", como decía el guionista de Amelie, "pues no."
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Ayer fue viernes, y aunque no tocó, hoy sí hay fiesta -e infiernito- y chance y toca. Mi Arandera cumple 20 -ya matamos al lechón y vamos por el cerdote-, y lo va a estar celebrando toda la semana. Quedan invitados, o mejor no, para que luego no me dejen solito en este baile.
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Y a los que quieran anotarse en la expedición al infierno... consíganse una vida.
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¡Salud!

jueves, 3 de abril de 2008

Brinca la tablita yo ya la brinqué...

Ya lo traía atorado y era hora que no veía la ocasión para sacarlo. No, ni mis más remotos comentarios altisonantes y rascuaches, desfachados, hablarían con tanta impudicia de excresiones corporales en este blog. Me refiero al comentario sobre una película -ya hacía falta, y creo que ando debiendo uno de un libro. Lo tomaré a cuenta-. Lo traía bien metido en la cabeza y los días tan tupidos de estas dos últimas semanas han rezagado el asunto a posteriores entradas. Esta, como verán, es una entrada posterior.
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Jumper. Así se llama. No me pregunten si estoy de acuerdo con el título porque de todos modos les diré que sí, que les quedó bonito, sencillito y carismático. Y es que realmente en pocas ocasiones uno logra obtener un argumento que orille al título de la película como mantequilla en el sartén. Jumper posee uno de esos argumentos: chico resentido con la vida ante la ausencia de su madre, descubre de pronto su extrahumana y paranormal capacidad de transportarse a cualquier lugar del mundo con sólo pensar en ese sitio.
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Sí, leyó usted bien. El protagonista -David Rice, interpretado por "sigoenlomismoydeaquínomemuevan" Hayden Christensen- nada más cierra los ojos, piensa en un rincón de la Torre Eiffel, o en un páramo del Sahara, o en una helada roca de la campiña holandesa, y ¡voila! Viaja porque viaja y regresa cuando quiere. Así, brincando con el poder de su mente, va de Japón a Groenlandia y de reversa. Así, brincando como sapo en caldo hirviendo, o como palomita de maíz, asalta bancos, se consigue mujeres de la nacionalidad que desea -"A ver... hoy traigo ganas de echarme una copa portuguesa"- y los autos y las cosas que más le gustan. ¿Y que si la pasa mal? Juzgue usted.
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Pero como para el cine gringo todo tiene que salir mal-no necesariamente con problemas existenciales, pero con problemas sí-, pues al señorito Rice lo agarra una agencia especial del gobierno encargada de atrapar a los chicos jumper -¡ah, es que son más de uno!- y refundirlos en... no, ni hablar, matarlos, aniquilarlos, darles cuello. ¡Y la que se le arma por tratar de huir! Si el principio de la película fue para los amantes de lo ajeno un verdadero retrato de la utopía más ansiada, el final se convierte en un "córrelequetealcanzo" entre el poderosísímo gobierno estadounidense y el poderosísísísísímo chico brincador. Así las cosas, así los hechos, juzgue usted... de nuevo.
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Está en cartelera pero yo les recomiendo que la vean en casita. Si son de esos que, con justa razón, le tienen mello a la piratería, esperen a que salga a la renta o a que algún amigo de ustedes, fan de la cinta, se las preste al comprarla original. La película no aporta nada nuevo, salvo la idea del viaje en el espacio físico y geográfico. Lo demás es la misma gata nada más que enharinada. Hayden no logra convencer, como siempre, en su papel de chico malo -en el final de La venganza de los Sith casi muero de la risa al verlo poner su rostro de Laura León en Mujeres Engañadas-. El resto del elenco, aunque no anda tan mal, pasa casi desapercibido porque los productores, que creen saberlo todo y por lo mismo lo echan todo a perder, le dan toda la cámara y toda la posibilidad actoral al temerario Christensen. ¿En resumen? Paguen su boleto con credencial de estudiante o exijan un descuento por calidad de la cinta.
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Ya me iba y me dicen mis informantes que, para efectos de regularidad de este baile, debo yo relacionar la trama de la película con un tema eficaz de la vida real. Me he roto el coco y no encuentro relación. ¿No roben?, ¿no brinquen en el espacio físico?, ¿no viajen a Egipto?, ¿no contraten a Christensen como actor cuando armen su pelicula de narcomonjas?, ¿no lean esto al menos que tengan mucho tiempo de sobra? Me doy. Chusma, chusma, pfffff.
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¡Salud!

miércoles, 2 de abril de 2008

Permiso: Caer. Obligación: Levantarse.

Es extraño que por segunda ocasión en las 79 entradas -casi igualamos ya la cantidad de entregas de Premios Óscar de toda la historia del cine- de este blog, esté yo hablando de caídas. Extraño no porque sean muchas, a mi parecer, las veces que he tocado el tema de la "pérdida de suelo" y posterior "arrastre corporal en los límites de la gravedad" que corresponden a la caída como instrumento humano de exploración del suelo. Extraño, más bien, porque yo, acostumbrado tantas veces a sentir el calor de la tierra, descubro al no hablar de caídas que ya casi no me caigo.
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No es que vuele más bajito, sino que ahora, tras muchos tropezones, al volar me cuido más las alas y menos las raspaduras de las piernas. Voy a todo esto porque mi hermana, que es un ser muy conciente de sí mismo y de sus circunstancias, cayó hoy por la mañana en un alegórico giro digno de toda apreciación artístico-gimnástica (10-10-9.8-10).
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Disfrutaba yo de mi última etapa onírica cuando, soñando que yo era un corredor de burros fórmula uno, el burro de mi competidor más cercano -que era Jackie Bracamontes, según recuerdo... aunque todavía no defino si el burro o el conductor- azotaba con todo y conductor (a) y rodaba por los suelos. Fue tan sensible el impacto que la pista retumbó y yo, en el sueño todavía, me pregunté si no había sido real esa caída. Acto seguido, y, cabe decirlo, contra toda mi voluntad voluntariosa, desperté. ¿Ruido o silencio? ¿Voces o gritos? Nada. Sólo el chocar de los últimos pedazos de vidrio contra todas las paredes de la sala. Un segundo después, el profundo y lastimero alarido de la mayor de mis hermanas.
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Mi madre, como buena candidata a proceso de canonización ad vitam que es, acudió al auxilio del frutillo de sus entrañas y, puedo asegurarlo, hasta toalla cargó con ella para limpiar su ensangrentado rostro. Pero no, no hubo sangre. Sólo un grito, un raspón de zapato en el descanso de la escalera... y muchos vidrios derperdingados por todo el suelo, provenientes del vaso que, al caer su poseedora, se rompió.
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Cuando salí de mi cuarto para contemplar el drástico escenario, la cosa era más dramática de lo que imaginaba -¡imagínense!-: mi hermana, que se las da de muy dinámica -y lo es-, era una bola de extremidades al grado que pude jurar que su cabeza casi tocaba la planta de sus pies... y sin tapetito de yoga que ablandara el porrazo. Alejandro Maldonado, el ídodo actual de todas las amas de casa que acarrean maridos émulos de "El Borras", le hubiera pedido consejos de flexibilidad si la hubiera visto allí, apelmazada como mazapán de almendra, en calidad de Cuadrikrispies o pepitoria de cacahuate.
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"¿Estás bien?", preguntó mi padre, quizá creyendo que aquél espectáculo era, en verdad, la representación vívida -y digna de un Goya, ya de perdis- que hacía mi hermana de la escena de las escaleras de Linda Blair en El Exorcista. Mi mamá, que para eso de preguntar se pinta sola, agregó: "¿Te caíste?" Pude escuchar a mi hermana pensar: "¿Yo? No, para nada. Esto es parte de mi rutina de pilates".
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Sí, la levantaron. Y no, no hubo más daño que sus dos costillas rotas y sus tres piernas con fractura expuesta -¿creen que no tiene tres piernas? un día véanla comprar en el súper y callarán la boca-. Se levantó caminando y se fue al trabajo como si nada hubiera pasado. El bache que dejó en el tercer escalón se lo pasamos a factura y ya luego en la quincena nos lo pagará.
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A lo que voy es que esto de caer de pronto se nos hace costumbre. Y cuando dejamos de hacerlo, por alguna razón de karma, comienzan a caer los que a nuestro alrededor se encuentran. La semana pasada, en dos ocasiones para ser exacto, mi madre azotó con todo y perro mientras paseaba al susodicho por la calle. Dice Nez que cuando la vio venir hacia él desde lo alto pensó: "Dios, ¿tanto marcar árboles con miados para terminar así?" Y ahora mi hermana, con todo y giro gimnástico-contorsionista. ¡Ya no hay moral! Si la gente sigue cayéndose así no sé a dónde pararemos. Bueno, eso sí, decía mi abuela, del suelo no pasa.
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¡Salud!