domingo, 2 de marzo de 2008

Sesión ordinaria de felicidad.

Dicen los que lo entienden que el asunto de la amistad es muy complejo. Las relaciones humanas, en general, ya no digamos las que derraman amor, o las que funcionan más bien en un duopolio amor-odio, todas, pues, son complejas. Y son complejas no sólo porque dependen de factores ambientales, sociales y químico corportales sumamente diversos, insospechados y sorpresivos. Son complejas porque involucran a dos -o más, lo que las vuelve todavía más complejas-, dos individuos con sus propias historias, su mundo y su país.
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Pero en la amistad, la complejidad de las relaciones es harina de otro panorama. Una parte de dicho panorama lo forma la tolerancia, y la otra el respeto. En la parte de la tolerancia le toca a cada individuo ser conciente de las limitantes de sus amigos, sus defectos y sus virtudes. En la parte del respeto, le toca al sujeto no traspasar las decisiones de sus amigos, ni esperar nunca de ellos reacción alguna que pueda hacerlos sentir ostigados, obligados a actuar. En la parte de la tolerancia, los amigos se conocen y se aceptan. En la parte del respeto, los amigos se limitan a ayudarse.
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Esta doble formación de la estructura amistosa permite que las reglas queden claras desde que la amistad toca a la puerta: me comprendes y me respetas, te comprendo y te respeto. ¿Y el amor?, se preguntarán ustedes. Lo más formidable de todo es que la regla se obedece no en función a un castigo o una tolerancia cero, sino a la motivación implícita de un sentimiento único, justamente el tan vendido amor. Por amor los amigos se respetan y se aceptan, se aceptan y se respetan. Por amor los amigos comprenden sus historias y son capaces de saber hasta qué punto interceder en la vida de otros puede traer dificultades o más bien sanar heridas. Por amor, los amigos son amigos.
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La noche de anoche, la estructura doble de la amistad se dejó ver en mi caso reluciente y formidable. El Club de la Media Noche -una institución no lucrativa que tiene como fin igualmente no lucrativo no dormir-, se reunió en el domicilio particular de la hoy casi coja Casicasi, y casi no durmió. El plan de vuelo era ver muchas películas -teníamos un catálogo de casi treinta a disposición-, pero tras la primer parada -C.R.A.Z.Y., canadiense, 2005, dirigida por Jean-Marc Vallé, fa-bu-lo-sa-, la sesión extraordinaria del Club decidió, por voto unánime, quedarse platicando.
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Aunque en esta ocasión no esperábamos tanto número, recibimos la visita de La Malagueña Toribia que, recién desempacada del rancho de su hombre, nos llegó de sorpresa a la reunión. No estaba invitada porque el viernes se fue a visitar la labor de su señor y pensamos que llegaría hasta muy tarde hoy, y oliendo a becerro, pero abrirle las puertas fue, además de una sorpresa, un agrado -que no olvida el abandono, el abandono en que nos tuvo, Toribio, págaselo caro-.
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Seré serio y conciso al decirlo: esta ha sido una de las sesiones más provechosas y más enteras que nuestro grupo ha vivido. En noches como la de anoche se me pone en claro que nací para ser feliz, y que mis amigos serán siempre, estén en dónde estén, se claven en el pie derecho los clavos que sean, se peleen con quien quieran, escojan mal sus otras amistades o no tengan más amigos, sean felices o infelices, mis amigos serán siempre, decía, una de las muchas razones de mi felicidad. Porque hoy toca tener amigos, hoy, como diría el célebre Sabina, "hoy toca ser feliz".
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Hoy toca, hoy toca ser feliz, hoy, mañana y por lo menos, todo el año, o ya de perdis, toda la primavera, que está cerca. ¡Agárrense...los chones!
Hoy toca tener amigos que aunque no se tengan siempre los mismos, serán inolvidables e insustituibles. He dicho.
No me invitaron, pero de todas formas ahí estuve, estuve gustosa, estuve feliz.