miércoles, 5 de marzo de 2008

Fotografiando al yo.

Pensaba dedicar esta entrada a hablar de los conflictos diplomáticos entre Ecuador y Colombia, o del hombre bomba en la Ciudad de México -chiste viejo, ya lo sé, pero yo no lo había contado-, o de las elecciones en Estados Unidos, o de cualquier otro tema de actualidad que se les ocurra. Pensaba en dejar mis problemas de lado y hablar a ustedes, fuerte y claro, sin temor a represalias, de las alzas a los precios de los productos básicos o el aumento en los impuestos. Pensaba esto hasta que mi buena -buenísima- amiga La Prisciliana, presentó atinadamente su voz en el auricular de mi telefóno y ejecutó una larga, tendida y amenísima charla sobre sus últimas andanzas vitales.
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Por afanes de que no se afanen mucho por leer afanosamente -México es país de telenoveleros, no de lectores-, evitaré mencionar el resto de la charla y me centraré sólo en el aspecto que, para efectos prácticos, deseo tocar en esta entrada mía -que es también suya, si me ayudan con los gastos-. En mitad de la plática telefónica, con el habitual orden de ideas que la caracteriza, La Priscilina exclamó jubilosa: "¡Y adivina qué se me ocurrió ahora!" Iba a contestar con alguna de mis simplezas como "¿Depilarte?" cuando, sin dejarme tomar aire siquiera, La Prisciliana -que es también suya si me ayudan con los gastos... no, mejor no- exhaló un seguido y profundamente lastimero: "Tomaré una foto por día durante todos los días que me resten de vida".
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La miré con dudas, muchas dudas. La principal duda, por supuesto, era el hecho de por qué la miraba si ella ni siquiera estaba presente. Pero creo que entendió mi silencio e hizo gala de los años que tenemos por conocernos adivinándome la mirada. Lo creo porque, ante mi mutis, dijo: "Ay, bueno, una foto mía". Nada cambió. "Una foto mía, de mi cara, o de mi cuerpo, o algo así, cada día hasta morirme". Pensé en lo fácil que sería su tarea si muriera mañana, pero por aprecio a la amistad respetuosa que hemos edificado con el fluir de los años no dije nada.
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"¿Y quieres que yo la tome? Porque de ser así estamos muy lejos para ir y venir todos los días". "No, tonto, la tomaré yo y las coleccionaré hasta que muera y mis nietos o hijos puedan ver cómo envejecí poco a poco, día con día". Guardé de nuevo prudente silencio.
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Desde que algún fanático -según mis informantes, un tal Niepce Nicephore- la inventó, la fotografía ha sido el invento que, por excelencia, nos representa como especie a los humanos: hábidos de guardar el presente como la única cosa que tenemos segura, tomamos fotografías para que, en el futuro, recordemos el pasado que se inmortalizó en el presente ya pasado. ¡Una se sentimentalismo!
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Por eso tomamos fotografías, para recordar. Recordar y reír, recordar y llorar, recordar y vivir. Y por eso la idea de La Prisciliana no me suena del todo mala tras colgar con ella. Una foto por día podría darnos una idea de cuánto cambiamos en el menor de los tiempos posibles... y sin proponérnoslo siquiera.
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Yo, nada más porque soy reacio a la cámara, no sigo el experimento y me dedico a mostrar aquí los resultados. La Prisiciliana, por lo pronto, ya se tomó la de hoy y está ansiosa de que sea mañana para tomarse la siguiente. Dice que está segura que los cambios serán sorprendentes para cuando pueda asimilarlos viendo las fotografías. Ella dice, yo le creo.
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Mañana tengo evento por cubrir en la noche, justamente una muestra de fotografía. Estoy ansioso por ver en otras miradas, porque otros ojos me presten sus imágenes y me las entreguen en cocktail de gala. Estoy ansioso y pienso qué pasaría si tomarámos una fotografía a otra fotografía durante cada día del resto de nuestras vidas. ¿La foto cambiaría? ¿Y la foto de la foto? Ya entré en materia pesada. La dejo para otro día.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Quiero que sepas que de todo eso que mencionaste y no hablaste, yo no tenñía ni idea, en realidad sigo sin tenerla. ¿Soy tan dsitraída o love is in the air o simplemente no me enteré?
Buena idea de la Prisciliana, pore cierto, ¿quién es?