miércoles, 12 de marzo de 2008

Aullo, luego vivo.

Aunque mi mamá me lo dijo ayer, yo tenía ya varios días notándolo silenciosamente. Anoche fue todavía más profundo, más lastimero, más sonoro. Salí a ver qué pasaba y me recibió como si nada, moviendo la cola y acercándome su pelota, pero sin dejar de aullar. .
Me dicen mis informantes que el aullido es, para los psicólogos caninos -sí, existen, y en países como nuestro malquerido vecino, los United States, ganan muchos miles de dólares al año atendiendo pacientes peludos y pulgosos-, para los psicólogos caninos, decía, el aullido es signo de advertencia. Un hecho alarmante está próximo, o se nota un peligro inminente, y esto basta para que el perro en cuestión aulle hasta por donde no se puede hacerlo -lo siento, mi frase está imposibilitada para ser verdad, pero a estas horas me fallan hasta las palabras-. Y sucede lo mismo con ruidos fuertes o fallas en el sentido del equilibrio.
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Pero mi perro, un teckel de mucho temperamento, ni escucha música a alto volumen -es fan de Mozart, pero rara vez escucho que lo escuche- ni se cae a cada rato. Y no, no está estresado. Y no, no tiene problemas de orientación sexual, espiritual o física. Es un perro como cualquiera, con los problemas de un perro cualquiera y los amores y desamores de un perro cualquiera.
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Por eso nos extrañó tanto escucharlo aullar. Y me extrañó más a mí, que recordé cómo este ejemplar canino, sin hacerlo nunca antes ni nunca después sino hasta ahora, sólo había aullado en 2003, cuando mi abuela materna falleció. ¡Ah! Y es que esto no lo dicen ni los psicólogos caninos ni los zoofilos. Lo dicen los que creen saberlo: el aullido de los perros es símbolo inherente de que alguien morirá.
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Dirán que no, que son rumores, son rumores, pero lo cierto es que mi perro nunca aullaba y lo hizo en aquella ocasión y desde hace dos días. Y cuando le dije a mi madre, férrea defensora de la existencia del Dios católico, ni me creyó ni me escuchó. Apechugo, sufro, pero el perro no deja de aullar.
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Hoy por la mañana a mi padre le notificaron de la muerte de un entrañable amigo. El señor ni estaba enfermo ni nunca fue alguien de quien se pensara podría morir -?, ¡ash conmigo!-, pero sí, cayó en coma antier y hoy por la mañana, como diría el gran Dante, "adquirió ciudadanía divina". Al recibir la noticia mi madre me vio con cara de "¿Cómo a tu edad se puede tener la razón?", y yo le devolví la mirada no sin antes inyectarle un dejo de "¿Cómo a tu edad se puede seguir creyendo que los cuerpos de los santos se encuentran incorruptos?". Pero me callé, prudentemente me callé.
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Ahora el perro le aulla a la luna. Parece que ya le gustó. Y digo "parece" porque lo único que parece estar por morirse aquí es mi entrada en este blog. Mi madre está más sana que un roble -?, ¡y sigue la mata dando!-, mi padre tiene el metabolismo de un hombre de veinte años -estudios científicos lo demuestran-, y mis hermanas están tan enfrascadas planeando sus respectivas bodas que no tienen tiempo de morirse. Y mi hermano... ése está tan lejos -y es tan feliz- que si se muere no se enterará ni él mismo. Y quedo yo, pero con todo lo que tengo por hacer no creo darle a la muerte oportunidad de que me corte el hilo o se me pare en la cabecera -diez años o más, dice mi caja, diez años o más-.
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Así que o el perro se calla o salgo y comienzo a aullar yo también, por lo menos para que vea de qué cuero se hacen más correas, o, yade perdis, me ayude a armar un concierto en do "aullador".
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¡Aaaauuuuuuuuuuuuuuuuuu! Seguro Nez me extraña, por eso aulla, no os preocupeis. ¡Mua!