lunes, 25 de febrero de 2008

The walk.

Desde los primeros siglos de nuestra existencia, los mexicanos hemos peregrinado a diestra y siniestra por el mundo entero... como si no existiera la televisión. Vamos, venimos, volvemos a ir, pasamos de largo o nos quedamos sentados contemplando las circunstancias por un rato, pero el punto es que nunca nos estamos quietos. Nuestras ciudades tienen cada vez más autobuses, más carros y más metros urbanos. En nuestros campos corren cada vez más caballos, más burros y más ocelotes -no sé para qué dije esto último, pero ando muy expresivo-. El punto es que nunca dejamos de vagar. De aquí a allá, deambulamos como si no tuvieramos cosa mejor qué hacer.
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El colmo llega cuando, durante el siglo XX y el inicio del XXI, nuestro peregrinar más riesgoso nos lo otorga la brillante, reluciente y terrorífica burocracia. Me pasó hoy, y sigo pagando las consecuencias físicas, psicológicas, anímicas y escolares que la migración burocrática de hoy saldó para mí. ¿Saldo? Sí, como no, todo yo quedo de saldo, cual basurita de borrador.
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Sucedió que, hartos porque la profesora destinada a impartirnos la materia de Lectocomprensión de Lengua Extranjera 2 no llegaba ni por asomo, nuestro selecto grupo de neoaztecas decidió ir a pedir informes a la oficina encargada de programar las clases de idiomas. Conformado por dos letristas, una filósofa, dos estudiantes internacionales -de la Licenciatura en Estudios Internacionales, no vayan a creer ustedes que venían de otros países-, y algunos abogados, nuestro clan partió del salónAztlán y llegó con júbilo, tras mucho recorrer pasillos, bajar escaleras y escalar rampas, llegó con júbilo, decía, a la oficinadelenguasextranjerasTenochtitlan.
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En la puerta, nos recibió el tufo a sudor, torta ahogada y tinta de impresora que caracteriza a todas las oficinas de la Universidad. Cuando alzamos nuestras amilanadas vistas hacia el primer escritorio que encontramos en el camino, topamos con la innegable presencia de una de esas chaparritas cuerpo de uva, con tintes color ídem y desarreglado atuendo de color ídem más verde olivo, una de ésas, decía, que son especímenes característicos de la burocracia de todo el sistema institucional mexicano. Sus palabras de diosa sacudieron las entrañas de nuestra naciente organización neolítica: "Cerramos a las tres". Su voz chillona taladró nuestros oídos y una de las de Estudios Internacionales estuvo a punto de salir llorando,
pidiendo a su mamá.
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Como organizado y plural grupo que éramos, nuestro líder tomó la palabra por el resto de la orda. "Verá usted, estimada mujer iconográfica de nuestra realidad oficinista actual"-como comprenderán, era nuestro líder un aspirante a abogadito-"sucede que la profesora encargada de impartirnos la materia de Lectocomprensión en Lengua Extranjera, segundo curso, ha faltado ya varias semanas y su clase ha quedado sin ponente al frente". El líder abogado guardó silencio, esperando pronta contestación de la diosaoficinistatlaxcalteca. La chaparrita, aprietada por el intenso sol que vive en los camiones, tronó la bomba de su chicle por respueta.
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"¿Y?". Uno de los filósofos, ante la disyuntiva, armó un golpe de estado exprés y derrocó a nuestro anterior líder, proclamándose como sabio poseedor de la palabra. "Pos verá asté, mija, queremos maistro". "Pus van a tener que extender un oficio y presentarlo a la brevedá al jefe de departamento diciendo su problema"- contestó la diosa de cabellos deslavados. Nos miramos como no entendiendo nada. Los de Letras ya habíamos empezado a revisar la ortografía de los carteles que pendían por todo el lugar, obvio y manifiesto signo de cansancio y decidia propio de los de nuestro clan. .
"La otra otción es que bajen aquí abajo y pregunten por la maestra Lupita, ella les puede dar razón". Dimos media vuelta ante la sentencia y, aún gustosos, empredimos la marcha hacia la presencia de la tlatoaniLupita. Sobra decir que bajamos abajo muchos abajos y nada. Llegamos al sótano y ninguno de los presentes nos daba razón de ninguna Lupita. Uno, sonriente, hasta nos dijo: "¿Los mandó Marita, verda'? No, pos ya se la pelaron". ¡Chin-chun-chán! .
Ni hablar. Duelen los pies de escalar escaleras y bajar rampas. ¿No era al revés? Pues no sé, pero duelen. Y duele el alma de encontrarse con una democracia tan paralizada. Duele porque ahora yo tengo una materia "dioquis" en mi horario registrado... ¡y muchas ganas de vivir en un país donde la burocracia trabaje y no tenga sindicatos que protejan su ineficiencia! O, mejor aún, un país donde a la gente le dé flojera peregrinar y se resigne a hacer todo por e-mails o telefonemas. ¡Dios bendiga la comunicación a distancia! ¡Dios bendiga a los países que no viajan!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¡Fuera coatlicues de las oficinas! Lástima que la ineficiencia es requisíto para ser burócrata. Te acompaño en tu dolor.