domingo, 3 de febrero de 2008

Soledad acompañada.

He iniciado el día con un reencuentro -en mi desayuno- con mis años de juventud. No es que yo sea un viejo, o me vanaglorie de estar más crecidito. Sucede que quince, en relación con veinte, son cinco años de muchas cosas -en particular el pasado, que estuvo atascado de vivencias como mi hermana de comida cuando visita a la familia de su novio en El Fortín-. Me reencontré con amigos, muy buenos amigos, de mi tan lejana secundaria. ¡Y me fue bien! Volver a verlos, abrazarlos y estrechar sus vidas fue reencontrarme con ese espíritu feliz que era tan mío y al cual dejé olvidado en alguna parte -aveces creo que mi infancia se quedó grabada en alguna de las cintas de mis entrevistas, y que recuperarla será una hazaña imposible, por más innecesaria-.
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He platicado largo y tendido en mi desayuno y he llegado a una conclusión personal: para que yo me quede solo está difícil. Y es que, cuando no la busco, la gente aparece, y cuando la busco, aparece de más. Es increíble, pero es cierto: en ninguna de las etapas de mi vida he sido "el raro" o "el apartado". Siempre estoy rodeado de gente y, mejor aún, gente a la cual quiero. El problema es que sí soy raro, difícil de llevar. Mis miedos -entre ellos el del compromiso- limitan muchas de mis funciones socializantes, y ni qué decir de la forma en que mi educación -venida de padres educados en el siglo antepasado-pasado- choca con los ideales de la mayoría de los jóvenes de mi edad. Pero me parece que la clave para no estar solo es no tenerle miedo a la soledad. Yo no le temo, es más, la estimo, la considero necesaria y dadora de virtudes y pensamientos abrumadores. Después de todo, si Newton no hubiera estado pensativo y solo en su jardín, la gravedad de una manzana separatista no lo hubiera despertado de su sueño -ni a nosotros del nuestro-. Así, gracias a su soledad, Newton concibió la idea de la gravedad, y la manzana pasó a la historia.
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Ahora bien, cuando pido soledad la obtengo, pero no es común que yo la quiera. La considero elemental, pero me molesta la distancia que en ella suelo encontrar para borrar mi eterna capacidad de generarme problemas con mis allegados. Ya no sé si es lo que digo, cómo lo digo o cómo se interpreta lo que digo, pero algo sale mal en muchas ocasiones. Dice un buen amigo, a quien apodaré El D'Artañán por razones que no merecen ser comentadas -pero que usan florete, sombrero con plumita y capa-, que le gustaría tener un "switch emocional". ¿Me dañaste? ¿Me duele lo que dijiste de mí o para mí? Bajo el switch y me entrego al letargo del olvido. ¡Maravilloso! Pero no existe, y para que se invente -al puro estilo de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (saludos a La Malagueña por la constante idea)- falta mucho, mucho tiempo. Así que propongo vivir, porque, después de todo, es la única opción que tenemos, y, viéndolo bien, la mejor que nos queda.
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¡Salud! (acompañada)

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Recuerda que el experimento de la peli, no funcionó y aclara que El Fortín, es un remoto pueblo, ubicado en el remoto estado de Michoacán cerca de Emiliano Zapata o San Pedro, como se le conoce al Zapotlanejo de la zona, en la ribera de Chapala, cerca pasa el río Lerma-Santiago. Te quiero!