martes, 12 de febrero de 2008

"Quo vadis, domine?"

Así lo dijo él, que no yo. A mí se me aparece y me hago de la vista gorda. La frase, célebre hasta donde mi egocentrismo me permite dilucidar, la dijo, en un pasaje no muy claro de la tradición cristiana, el apóstol Pedro a su jefe, Jesús de Nazareth, cuando, ya muerto, resucitado y elevado al Cielo su señor, éste se le aparece para hacerle ver que debe volver a Roma -ciudad de la cual se haya huyendo, urbe representante de la persecusión cristiana- para morir por él. Así, a la interrogación latina que Pedro elabora para su señor, éste contesta -y lo digo en español porque no me la sé en latín-: "A Roma, Pedro, para ser crucificado por segunda vez".
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Les digo que yo me hubiera hecho buey, pero si ya de plano mi innata necesidad de comunicación me hiciese abrir la boca y preguntar con curiosidad: "Quo vadis, domine?", hubiera escuchado la respuesta de Cristo y hubiera dicho, no con menos curiosidad: "¿Sí? Pues wow". No es que tema a la muerte, sino que morir por alguien me resulta de lo más inimaginable.
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Como habrán averiguado, sino por lo que acabo de escribir sí por algunas de mis entradas, que no todas, soy el ser menos enamorado que puedan imaginar. No es que no me enamore, no, ni que fuera Terminator en versión azteca -fayuquera y traqueteadona, con chispas irrenunciables integradas-, me enamoro, claro, pero controlo mis enamoramientos. Así que no, no declaro nunca: "Moriría por ti", o, peor aún, "Moriría sin ti". ¿Cómo diche que dicheeen? Pues ni que la vida se ofertara a granel en el mercado, o costara lo que una Coca-Cola de 600 ml. Vale tanto la condenada que yo todavía creo que subastarla es la única forma certera de usarla para obtener cuantiosas cantidades de dinero. No más, no de otra manera.
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Y si no moriría por alguien, claro está, y porque uno no puede menos que admirar la osadía de otros que hacen lo que uno no se anima a hacer, admiro la figura emblemática de ese apóstol Pedro que, viejo y achacoso, da media vuelta ante el mensaje no del todo claro que le ha dado su señor, regresa a Roma y muere crucificado -¿de cabeza? No, gracias, de pies y manos-. Esperen... ¿lo admiro o lo coloco en el banquillo de los acusados? No, de verdad lo admiro, pues si bien yo no quiero enamorarme -grave error, ya lo sé-, entiendo -o por lo menos respeto- las razones que llevan a otros a ofertar la vida a cambio de la tranquilidad de otros seres humanos.
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Sí, bueno, no digo que Cristo no sea algo más que humano, algo divino, pero para que Pedro lo conociera tuvo que hacerse carne y habitar entre nosotros -nota culta proveniente de mis años legendarios como hijo prodigio de catequista revolucionaria-. Así que sí, Pedro, humano, dio la vida por Cristo, humano divino. Así las cosas, así mi parecer, así la frase.
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Lo repito y lo sostengo al repetirlo: "Quo vadis domine?" "A Roma, Agustín, a ser crucificado por segunda vez" "¿Sí? Pues wow y chido tu cotorreo".
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

A morir: yo por mí, tú por ti.