sábado, 16 de febrero de 2008

Paternidad a prueba.

Para La Malagueña, que tuvo un mal rato hace rato,
porque soy tan inútil que apenas puedo hacer esto por ella.
Tuve un hijo. Pocos lo saben. Extraño, ¿no? El proceso de asimilación de esta clase de noticias usualmente tarda un poco, así que no los culpo si al leer esto sufren un colapso nervioso. Colapso, extraña palabra que quizá quedaría mejor para definir el destino de mi primogénito.
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Corría la secundaria, así que había pocas opciones de elegir -vamos, ¿quién elige de todos modos en una escuela de monjas donde llevar uniforme y sacar dieces te convierte en ser humano ejemplar?-. Lo tuve porque de él, de su blanca piel y su relleno de harina, dependía mi calificación en ética dos. Y lo tuve con una de las personas de mi grupo que más dificultaban mis capacidades de convivencia interpersonal, ya ni siquiera alguien que me era indiferente, sino alguien que de verdad me hacía la vida pesada y, remembrando la genial frase de mi amigo El Meromerosaborranchero, "me raspaba".
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Teníamos que cuidarlo por dos semanas. Había que vestirlo, registrarlo como ciudadano y hacer un diario de su existencia y nuestra confrontación con una paternidad temprana. Lo llamamos Joshua Miguel, el primer nombre por consejo de su madre, y el segundo porque a mí el primero me pareció tan poco masculino que, pensé, por lo menos con otra opción no quedaría tan agraviado. Por supuesto que, como siempre sucedía con el resto de las tareas, yo hice todo el trabajo. Cuidé de él, lo arreglé para sus citas semanales con la maestra y le construí su propia cuna de cartón. Por Joshua Miguel aprendí a utilizar la pistola de silicón y es gracias a él, puedo asegurarlo, que entendí que las manualidades no son lo mío, pero que igual no seré tan mal padre.
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Éste último fue quizá el más grande descubrimiento que el experimento trajo a mí: feliz, rechoncho y retozón, Joshua Miguel se conservó en perfecto estado de salud mientras estuvo entre mis brazos. Iba a la plaza conmigo, iba a la escuela conmigo, sonreía en su portabebé mientras me veía hacer mis tareas de español y geografía, y era adorado por su abuela. Cuando por mandato de la maestra tuve que entregarlo a su madre para que cuidara de él durante una semana, temí por la vida y la estabilidad mental del pequeño. Aquí, sin duda, cometí el más grave error de mi paternidad: cedí a la potencia numérica de mi calificación. Con él, la madre -cuyo nombre no mencionaré porque me ha dicho que lee este blog, y no quiero contradecir nuestra situación presente-, se paseó, vivió feliz y tuvo la maternidad más extraña que he visto en mi vida. Cuando acabó la semana, me lo regresó en una bolsa de plástico... totalmente destrozado.
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No es que yo sea sentimental -entonces lo era más que hoy día-, pero el hecho me devastó: por fin lograba criar algo con todo mi esmero que no terminara o suicidándose o en el desván, y su aparente y ficticia madre lo fulminaba y luego me lo entregaba como si nada hubiera pasado. Según sus propias palabras, había sido un accidente: en un descuido, Joshua Miguel había caído al vacío desde el segundo entrepaño de su clóset. Pues sí, descuido o no, el mundo de los huevos rellenos tenía aquel día un habitante menos y yo un hijo fulminado. ¡Quince años y convertido en infanticida!
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Desde aquel día vivo pensando si convendrá o no que la paternidad forme parte de mis metas de vida. Me veo realizado independientemente de si tengo un niño o no, tanto como si tengo a mi lado una mujer para cuidarlo juntos o estoy solo como siempre, como nunca. El punto es que hoy algo me trajo a cuenta mi frustrado episodio de paternidad, y yo sigo creyendo que, si no llego a tener hijos, hurtaré un huevo de mi despensa, le sacaré la yema y lo rellenaré de harina. No se llamará Joshua, pues ya no habrá madres que propongan nombres feminoides. No, le daré el nombre que siempre quise tener, la cuna de cartón que siempre quise tener y la vida que todo huevo de harina merece. Y seré, hasta que algo mejor suceda, un buen padre.
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Ayer fue viernes, ayer tocaba, y no tocó. Alguien está conspirando. Por lo pronto... ¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Gracias Agus, yo también tuve un hijo así, pero sin harina, este tenía, su yema, su clara y todo. Era madre soltera y sí, murió, se cayó de la paleta de mi banca, en el aula de inglés. Dormía plácidamente en una cajjita de plástico, y no sé que pasó, una de esas cosas que es mejor atribuirle a la gracia de Dios. No sé si seré mala madre por eso, pero estoy segura que cuando tenga un bebé, lo cuidaré mejor de lo que cuidé a un huevo.
Te quiero y si me sirve que me quieras.