martes, 26 de febrero de 2008

Oro... ¿guarda el oro?

Iba mal y se pone complicado. Ansioso por no desesperarme, terminé desesperándome y ansioso. Ni modo, así es esto de escribir: la inspiración no llega cuando se le necesita, sino cuando a la canija le apetece hacerlo. Hoy, una vez más, estoy escribiendo artículos para mi periódico a tiempo extra, débil, agotable. Por eso, y porque estoy que trastabilleo entre el mandar todo a la goma y seguir en el intento de modificar mis conductas todohastaelfinal, por eso y porque ya de plano no se me ocurre, a las 11 de la noche, un mejor tema para este blog, por eso y porque este blog es de la coma y no mío, hablaré del tema del petróleo en México.
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Ya, hasta acá escuché sus súplicas. "¡No, por favor, se necesita no tener vida para tocar ese tema tan difícil, escabroso y aburrido en estos tiempos!". Pues responderé que no tengo vida, y que además soy aburrido, difícil y escabroso. "¡Es que ya todo mundo habla de eso!". Pues diré que sí, y que yo siempre he sido parte del mundo, y que por lo tanto mi deber civil es hablar de eso. "¡Hay temas más interesantes que hablan de los trastabilleos y las conductas todohastaelfinal!". Aquí me quedo callado. Es cierto, pero no se me ocurre nada. Dejaré los otros temas, por tanto, y hablaré de lo que me compete -a lo que me truje, Chencho-.
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México nacionalizó el petróleo en 1938. A por lo menos 13 años de que su movimiento revolucionario hubiera llegado a su fin, nuestro país atravesaba por una de las crisis más extrañas de su historia: no era cuestión sólo de dinero, sino de nacionalismo. Cárdenas, un potente mandatario al que todavía hoy, a años de su muerte -según mis informantes, a casi 38 -, le siguen saliendo partidarios por todo el país, Cárdenas, general de nombre Lázaro y acciones de talla inigualable, entendió rápidamente la problemática de la crisis.
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El país, tras su revolución de jefes insurrectos y adelitas galopantes, estaba en caos: las comunicaciones no llegaban, los trenes no pasaban y la comida no se dejaba ver. Nuestro autoestima, sobra decirlo, estaba por los suelos. Los pocos ricos que quedaban tras la lucha armada eran cada vez más ricos gracias a sus alianzas con los grandes negocios estadounidenses que poblaban el territorio, y los pobres... pues pobres. Necesitábamos obra, obra y más obra. Y nacionalismo autoestimante. Y como las minas estaban secas, el campo en calidad de cultivo y las empresas quebrando, nuestra esperanza -ya entonces como ahora-, nuestra única esperanza, era el oro líquido. Y el nacionalismo, y la nacionalización.
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Don Lázaro, al entenderlo y con pronta mano, mandó decir a las empresas norteamericanas que lo extraían en nuestro país, que se alejaran del petróleo, que era nuestro y nuestro sería hasta que, setenta años después, su manejo por obra de una empresa paraestatal, acabara por acabarlo. Caput, este cuento se acabó, bye bye.
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Y sí, las sabias decisiones de Don Lázaro terminaron en los coches, las casas y las amantes de los altos -que no grandes- dirigentes de Pemex. Pemex es, hoy por hoy, una empresa que necesita de dos cosas: infraestructura... y desaparecer. Me dicen que soy arriesgado al creerlo, pero así lo hago a pie juntillas: o el gobierno entiende que Pemex ya no tiene razón -ni modo, ni dinero, ni fuerza- de operar, o dejamos el petróleo por la paz, le entregamos el bien nacional a la rojiverde para estatal y nos vamos a ver en qué otra bonita actividad, de esas que de tan patrióticas sacan escamas a los temidos malinchistas, obtenemos recursos fiables. Me dice mi amigo El LuigiComecuandohay que en Ciudad Juárez están solicitando mujeres piernudas, ¿quién se apunta?
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Nuestra otra opción, alternativa y por lo tanto antes no contabilizada, es ceder de nuevo el recurso a empresas privadas. Aunque suena fácil, la cuestión es más compleja: Empresa Petróleo Feliz aparece, "mete" solicitud en Cámara de Diputados (Infeliz), Cámara valora la viabilidad del proyecto de la empresa y somete la idea a votación, Cámara acepta o rechaza a Petróleo Feliz, Petróleo Feliz toma un yacimiento y lo explota con sus propios recursos y distribuye al país con sus propios recursos y lo vende al país con sus propios recursos y el mexicano paga un poco más por su propio recurso... pero obtiene petróleo seguro y rápido. ¡Largo el proyecto, aceptable el resultado!
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No lo sé. Yo lo planteo porque sigo dando vueltas entre las dos opciones y su alternativa. Sigo dando vueltas porque espero llegar a algún lado antes de que se me acabe la gasolina.
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¿Ya ven como no les iba a doler que hablara del petróleo? Todo es cuestión de terminar de escamarse y entender que, quizá después de todo, nuestro nacionalismo puede estar basado en otras cosas que no sean precisamente la defensa inacabable de recursos que, finalmente, nosotros mismos no estamos en capacidades de administrar. ¿O sí? Mejor sigan mi consejo y vayan a ver Petróleo Sangriento, la cinta de Paul Thomas Anderson que fue nominada a Mejor Película en los pasados óscares, y que, según La Malagueña, está bien rara, pero que, según yo, habla de la cuestión petrolera en Texas durante el siglo antepasado, con los pertinentes asesinatos por orgullo, avaricia o venganza. ¡Pura vida!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Dos datos curiosos, uno necesario, el otro no:
a)Mi tío Lázaro lelva ese nombre porque mi abuelito conoció al general y lo admiraba.
b) Se dice Premios Óscar, lo dice Lucero Solórzano, que sabe mucho,mucho, mucho más de cine que todos los Sarmiento juntos.
Opinión; lo que busca nuestro querido chaparrito presidente es privatizar Pemex, porque como dijera mi ex-noséquécosa: "la política del PAN siempre ha sido privatizar" y el pueblo jodido, pero contento y bajo la gracia de Dios.