sábado, 2 de febrero de 2008

Máscara contra cabellera.

Sé que nadie me pidió que ahondara en el tema, pero lo mencioné tan a la pasada hace dos entradas que siento ahora remordimientos de conciencia por no haber profundizado lo suficiente. ¿El tema? Las fiestas. ¿La perspectiva? Octavio Paz en uno de los libros de cabecera de este blog -revisar lista anexa-: El laberinto de la soledad. ¿El sujeto implícito en el tema? El mexicano. ¿El año, el lugar? Hasta que nuestra raza agote existencias.
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Paz escribió El laberinto.., según mis informantes, hacia 1949, y la primera edición del libro data de un año después, 1950. Si con mis pésimas habilidades numéricas me pongo ahora a sumar, me daré cuenta, como espero se den cuenta ustedes con sus respectivas habilidades numéricas, que han pasado 57 años desde la publicación de dicho material bibligráco. 57 años y la cosa sigue siendo igual.
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No traslado literalmente los párrafos pacíficos -¿cómo, si no 'pacífico', se le debe decir a la obra nacida de Paz?-, porque, en primer lugar, no tengo el libro cerca y buscarlo en el pandemonium de cuarto que tengo sería una aberración contra mi salud y contra la espera de ustedes, estimados lectores. Además, así les evitaría el gusto de acercarse a uno de los mejores ensayos que sobre el mexicano versan. No, no lo diré literal, pero Paz establece en su obra laberíntica -saludos a La Zucaritas por el término donado- que la fiesta es el único período vital, junto a celebraciones como la eucaristía, que es en sí otra fiesta, en que el mexicano se despoja de las máscaras con las que vive diariamente. Con el calor del alcohol y la cercanía de la sociedad de la que forma parte, es un gran todo que se olvida de su individualidad y se entrega a sus propios placeres a merced de la cubertura que la masa humana le ofrece.
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Vivimos a instancias de nuestro contacto social, profundiza Paz, contacto social regido por ciertas normas, específicas o no, de conducta y moral. En la fiesta, en cambio, somos por primera vez nosotros mismos, y no necesitamos cubrirnos tras la imagen prototípica que coincide con la que nuestra clase social o profesional determina para nosotros según sexo o tradición. En la fiesta, en fin, quedamos a la intemperie para esperar a ser reconocidos como lo que somos, tal cual somos.
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Por eso, decía Paz, celebramos hasta la muerte, ese último período vital que para otros pueblos es un tabú y para nosotros no es solamente el acontecimiento más normal del mundo, sino también razón de algarabía y festejo. Octavio Paz agrega a estas resoluciones que, sin la fiesta, el mexicano estaría más que nunca perdido en su propio laberinto de la soledad, al final del cual está el contacto con los otros hombres, "contemporáneos de nuestra propia historia". Tal vez, eso del laberinto me suena medio fumado, pero tal vez. Lo cierto es que, con máscaras o sin ellas, los mexicanos celebramos igual.
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Ya no es viernes, ya no toca. ¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Eso de la fiesta es como un estado dionisico... espera: "dionisiaco"... mmmmm, Barrón.