domingo, 10 de febrero de 2008

A contra... bando.

"¿Cincuenta pesos el vaso? No, gracias, con esos mejor me compro una playera de las Águilas del América y me olvido de mis más bajos principios". Lo dijo la célebre voz de mi hermana, una de las dos que tengo -y de las dos que me quedaban, de las dos que me quedaban, nada más que queda una, una, una-. Lo dijo en el estadio. Lo dijo al vendedor de cervezas. Lo dijo con el novio a un lado, gritando "chingues" y "madres" al portero de su equipo, el triste Atlas. Creo que el novio ni se inmutó, o al menos mis informantes eso me han dicho, pues su adorada cuadrilla rojinegra iba perdiendo -y de todos modos al final perdió... y del uno que me quedaba, del uno que me quedaba, nada más que quedan cero, cero cero-.
. Llegó indignada por el precio de la cerveza en el estadio y yo nada más contemplé a mi madre con ese rostro de Vírgen de la Macarena flagelada que pone cuando se le reclama algo que no es de su incumbencia. Pude anticipar sus palabras, y no fallé: "Aaaaay, hiiiiija, pues ya ves como son de aprovechaaaaaados en esos eveeeeentos". ¿Que si anticipé lo que siguió? Sí, claro: mi hermana con la cola enchilada reclamando a mi madre su poca participación en el saneamiento de las finanzas mentales de sus vástagos: "¡Mamá! No me escuchas, nunca me escuchas". ¿Y lo que siguió? Of curs! "Sí te escucho, pero no tengo nada más qué decirte". Esto no lo dijo ella pero sé bien a bien que lo pensó: "Sube al librero, agarra la Biblia y léete Job del 23 al 25; no te va a servir de nada, pero así por lo menos dejas de chingar a esta pobre anciana que hace veinticuatro años te parió". ¡Amén!
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Quitando de lado la pérdida del partido y el estrés que causó en mi hábida de embriaguez hermana mayor el costo de la bebida dentro del estadio al que acudió ayer, bien puede comentarse que sí, ya ni la friegan. Y como es en el estadio es en el cine -¿palomitas y refresco por 52 pesos? ¿Pues qué vienen masticadas? ¡Por ese precio apenas y las acepto digeridas!-, en el teatro -¿quince pesos por un Snicker? ¿y qué, es de quince cacahuaquilates?-, o en el evento que se les ocurra. Con esos precios, y el mexicano niño risueño al que le hacen cosquillas, lo obligan a uno a ingeniárselas y meter de contrabando cuanto alimento barato hay fuera de los recintos de espectáculos y esparcimiento. Por eso ve uno llegar al circo doñas cargadas con pañaleras, reboso y pantalones bombachos de embarazada como los que usaban las Flans... ¡y eso que son estériles y solteras! Pues sí, traen cuanto espacio les permite la ropa retacado de papas, refrescos y palomitas, donas, aguas frescas y tamales, tostadas, tacos y hasta platos de pozole. ¡Lo que hay que ver!
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Ni hablar, con semejantes tarifas lo obligan a uno a procurar provisiones. Y para subsistir a los tiempos de hambre el mexicano se luce solo. Apenas nos enteramos que nos prohibirán comer y corremos a acumular comida para los malos días. Podremos morir atacados por un delincuente, agobiados por la esterilidad financiera que ocasionan, entre otras cosas, nuestros malos gobiernos, incluso podremos vivir sin sexo... ¿pero renunciar a la comida? ¡Ni que esto fuera invierno ruso!
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Mi hermana llegó sobria y, para su pesar, perdió su equipo. ¿Ya lo había dicho? ¡Ah, pues perdió otra vez! "¿Y no se te ocurrió comprar una lata en el Oxxo a la pasada?", pregunté mientras mi madre sacaba la Biblia y la habría en Job 23 a 25. Mi hermana me fulminó con una de esas miradas certeras que utiliza para hacerte saber que estás rebaboso: "Ni que fuera pobre". ¡Yastuvo!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Así es, ¿qué tienen en común Homero Simpson, Joey Tribianni y mi mami? Que darían lo que sea por... "mmmmm, lo que sea". ¿A coger y amamar, que el mundo se va acabar? ¡NO! A comer y a tragar...
Amén.