sábado, 9 de febrero de 2008

Aquestas fuertes lanzas de hidalgo batallador.

Leyendo el Poema del Mío Cid por segunda ocasión en mi vida, me doy cuenta cuán poco hemos cambiado. Publicado en 1140, escrito quién sabe en qué momento de la historia de España, el también llamado Cantar del Mío Cid es la primera epopeya lírica de la historia del idioma español. De hecho, según me dicen mis informantes, no fue escrito propiamente en español, sino en una lengua hispana un tanto "proto". Sí, sí, eso suena a término aplicado por una chica fresa para referirse a cierta persona algo "retrasada": "No mames, wey, está bien proto".
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Pues sonará a sereno, pero yo me estoy refiriendo a que el español del Cid -de la obra y del personaje- no es como el que usted, lectora, lector querido, habla, o el cual escribo y en el cual usted me entiende, sino una mezcla entre latín, alguna otra lengua romance, catalán por ejemplo, castellano y árabe. ¿Culturalmente maravilloso, no? Y quizá lo más increíble de todo es que si uno lee la versión "proto" ¡casi entiende a la perfección el retalo! Y sin mucha necesidad de recurrir a traductor simultáneo...
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Pero no sólo le lenguaje del Cantar del Mío Cid me demuestra cuán poco ha rodado el mundo en estos... -¡efecto de sonido de computadora del Santo, por favor!- ¡868 años! Me lo demuestran también, en un afán casi experimental, las temáticas que la obra trata: lealtad, familia, amor hacia una mujer u hombre, amistad, seguridad, religiosidad, espiritualidad, fortaleza, valor. ¿Cuáles de estos valores, ocho siglos después, sometidos a examen, no pasarían la prueba? Temo que ninguno de ellos. Si bien su ubicación en la escala de valores de la humanidad ha variado, los valores, desvirtuados o repensados, están presentes. Hoy, todavía, las mujeres buscan a un hombre protector, dador y creador de seguridad, y la lealtad -a la pareja, al país, a la familia, a Dios- genera buenos frutos en la convivencia de la mayoría de las instituciones. Hoy, a más de medio mileno de camino recorrido, en España y en el mundo entero -México, en especial, como receptor de muchas de las cosmovisiones españolas tras la conquista, no es la excepción ni se queda atrás-, de China a Argentina, los hombres esperan de la mujer fidelidad y, ya en últimas fechas, fortaleza y crecimiento personal-profesional-espiritual.
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Y tras los valores inmersos en el Cid, ¿qué decir, o qué no decir, de la presencia de amigos y enemigos en la obra? Todos, por más que nos esforcemos, generamos, en nuestra convivencia con otros seres humanos, disgustos e insatisfacciones. No estamos excentos. Hasta la Madre Teresa de Calcuta, pueden estar seguros, llegó a provocar malos ratos en personas interesadas o complejas. Nadie está excento, ni los más bondadosos ni los más malévolos. Y por parte de éstos, ¿no hemos visto acaso a verdaderas lacras sociales estar rodeadas de personas igual de lacras que ellas? Nacimos para la comunidad y sin ella poca cosa somos. Aunque claro, faltaría decir, la comunidad que nos rodea y nos protege responde en mucho a nosotros mismos. Una gran amiga, a quien por respeto a la memoria del Cid Campeador llamaré cariñosamente La Nans, díjome vez alguna: "Autoestimas similares se encuentran. ¿Quiéres reconocerte? ¿Saber en qué etapa de tu vida te encuentras y qué progresos personales has tenido? Observa a tus amigos. Son el reflejo de lo que buscas y no necesariamente de lo que necesitas". Cherto. Ella me dijo esto hace cuatro años, y hoy un poema escrito hace ochocientos y tantos me lo trae a colación. ¡Viva la universalidad de la literatura!
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Es sábado... no se ustedes, pero para mí sigue tocando. ¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Vacunada me dispongo a leer el Cid. Te quiero.