viernes, 29 de febrero de 2008

Habemus tortugam.

Entrada veloz para celebrar buena nueva: habemus mascotam. Así es, desde hoy, y para efectos de celebración -ver la entrada anterior-, mi blog -que es también suyo, si me ayudan con los gastos- tiene mascota propia y feliz.
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Se llama Soneto, es una tortuga, y, si son curiosos, la encontrarán en algún punto bajo mi perfil. Se permite alimentarlo -es tortuga niño- y jugar con él. Es lector empedernido y cuidadoso, así que no lo molesten si lo ven disfrutando de un buen libro, o analizando sintagmas verbales.
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En hora buena. ¡Bienvenido al baile, Soneto!

No country for alone men.

Seré lo que quieran, solitario, derechista, francotirador, pero abandonador de amigos no. No tengo tacto con las damas, como carne los viernes de cuaresma -lo que me convierte en un hereje... y más al presumirlo- y hace un año que no lloro -¡insensible, insensible!-. Leo los finales de los libros antes de empezarlos -este cúmulo de declaraciones se va poniendo mal-, le adelanto a las partes de las películas que no tienen diálogos -y mal- y le quito las pasitas a la capirotada y al pudín de pan -y termina peor-. Hago todo esto y otras tantas cosas "indecorosas"... ¡pero nunca abandono a mis amigos en su soledad!
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Hoy, después de una sesión cinematográfica de lo más extraña, en la cual fui testigo de balaceras, ajusticiamientos y persecusiones, cúmulo de actos virtuosos que fueron acreedores al premio Óscar a Mejor Película en la última entrega de dicho galardón, hoy, después de seguir pensando en que hace mucho tiempo que no me visito a mí mismo, y después de hacerme una visita de cortesía -descubrí que sigo siendo el mismo, pero menos entregado a la ansiedad, ¡hurra!-, hoy, pues, después de un buen día, recibí la llamada, con carácter urgente, de mi buena amiga La Casicasi.
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Cuando pude tranquilizar sus ansiosos ruidos y fue capaz de articular palabra, me explicó sollozando que sus papás, dos que son, se iban de viaje el fin de semana y la dejaban... ¡sola! ¿Causé el efecto adecuado? Puedo exagerar más. La dejaban... ¡abandonada, dada al traste, a merced de las bestias del bosque, perdida, acabada, inválida -trae su pata choncha por andar pisando clavos- y, sobre todo, la dejaban... sola! ¿Mejor?
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Y como yo ando querendón, pues acepté de inmediato su propuesta decorosa: fin de semana de películas y pijama party de dos a tres caídas sin límite de tiempo. Veremos muchas cintas que en mi vida se me hubiera ocurrido rentar, arreglaremos el mundo frente al televisor, comeremos palomitas y dormiremos hasta que se nos cansen los párpados de tanto estar cerrados. Y, por si todo esto no fuera lo suficientemente desfachado, muy probablemente también cocinemos o ideemos actos bandálicos para dormir menos. ¡Arriba el Club de la Media de la Noche!
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Y como sé que se están muriendo por saber qué película vi -expertos en cine que ya adivinaron, absténganse de arruinar el momento-, debo decir que está dos dos y que yo le hubiera dado el Óscar antes a Petróleo Sangriento, que tiene un mejor argumento y se mete menos en dificultades narrativas. Pero está bien, No country for old men está bien. Véanla si tienen ganas de pensar. Si recurren al cine buscando un rollo menos denso, intentando olvidar los malos ratos de la semana, procuren alguna comedia gringa de las que están en cartelera, que, si bien no hacen pensar, causan súbitos ataques de risa estúpida, al tiempo que alienan y convencen de que ser güerito y delgado es la más válida de las razones para seguir viviendo.
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Hoy, viernes, toca, pero yo, por si las dudas, lo cambio a otro día de la semana con menos fiesta, para que haya algo interesante por hacer. De cualquier modo, para ustedes sigue siendo viernes, y sigue tocando.
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¡Salud!

jueves, 28 de febrero de 2008

La emancipación de la tortuga.

A Lorenzo, el segundo y el único,
por su inagotable terquedad.
Me perdonarán pero por segundo día consecutivo hablaré de animales. Bueno, quizá muchos consideren que es asunto similar hablar dos días seguidos de política. Pero no, me refiero a que ayer hablé de pitones y perros chihuahua familiares deglutidos, y hoy, cuando estoy pensando mucho en cosas que no me competen del todo, he decidido hablar de uno de mis animales favoritos, que ha recibido, junto conmigo, una noticia que nos llena de gozo a los dos. El animal es la tortuga, la noticia, su salida de la lista de animales en peligro de extinción publicada cada sexenio por el grupo ecologista internacional Greenpeace. .
Toda esta información, como siempre, como nunca, me la traen mis informantes. El día de ayer, mientras muchos pensábamos en la capacidad dadivosa de las relaciones humanas, Greenpeace, caracterizado por sus manifestaciones sonoras y diversas, ingeniosas siempre, publicó su habitual lista de animales en peligro de extinción. ¿La buena? Ya la he dado: la tortuga, un quelonio hacia el cual siento particular aprecio -no me pregunten por qué, ni yo mismo lo sé, pero así son los sentimientos, indescifrables-, salió de la lista con paso lento pero consistente, lento pero seguro, lento y, espero, para no volver atrás.
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La tarea no ha sido fácil. Platicando con mi buena conocida La Plantadechícharosmágicos, quien en repetidas ocasiones ha participado en campañas de liberación de tortugas en playas vallartenses, me explicaba lo cuidadosos que deben ser quienes participan en dichas actividades. Las tortugas, que tienen más depredadores que un ciudadano en la Cámara de Diputados, suelen ser carnada fácil y alimento deseable para muchos buitres, lobos marinos y hasta pelícanos que van tras sus verdecillos cuerpecitos acorazados, todo ello gracias a que no pican, no producen veneno y no tienen púas. ¡Bendita naturaleza que las puso a fracasar!
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Y como no hay medios de protección adecuados, el número de ejemplares liberados en una campaña -además de las de mi amiga, tengo conocimiento de las que realiza el grupo mexicano de rock Maná continuamente- suele ser muy distinto al número de ejemplares sobrevivientes. Según mis informantes, de cada diez tortugas liberadas, sólo dos llegan a vivir más de tres años después de su liberación. Esto, todo esto, por la acción de depredadores naturales. Y si agregamos la acción del hombre, que es totalmente antinatural, nos quedamos con cero tortugas de cada grupo de diez.
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Hoy, en diversos lugares del mundo donde la tortuga acostumbra desovar, ya existen leyes que sancionan a los ladrones de huevos y raptores de caparazones. En México, según me llegan informes rápidos y contundentes, las penas por cazar tortugas o robar sus huevos pueden significar hasta diez años de cárcel o multas casi millonarias para el detractor.
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En México se hacen esfuerzos, sí, pero todo ha sido tan gradual que apenas ahora, con la lista publicada por Greenpeace, podemos tener mediana certeza de que nuestros pasos lentos, lentos como los de la Caretta caretta (nombre científico que recibe el especimen normalmente conocido como caguama), van hacia un lugar certero y provechoso.
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Falta mucho. El año pasado, según más informes -mis informantes andan hiperactivos-, Fundación Azteca liberó más de tres mil ejemplares en diversa playas del país. Aún así, y aunque fueran treinta mil, falta mucho. Falta proponer, participar y legislar. Más leyes, más penas y más condenas para quienes intenten exterminar tortugas, lobos blancos y águilas calvas. Más leyes, más penas y más condenas para quienes intenten robar huevos, vender cachorros y cazar en vuelo. Más leyes, más penas y más condenas, para quienes se opongan a la liberación de tortugas, callen el comercio de animales en peligro de extinción o, ya irreparablemente, acaben con sus vidas. Más leyes, más penas y más condenas para quien crea que la ley del más fuerte coloca a los humanos a la delantera, y que eso nos da derecho a exterminar por exterminar. Más leyes, más penas y más condenas para mí por extender tanto esta lectura.
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En horabuena por mis amigos los quelonios. ¡Salud!

miércoles, 27 de febrero de 2008

¡Santos pitones, Batman!

Esta entrada estuvo a un poquito de no ser nada, de no existir. Demasiado cansancio físico y mental -mucho qué pensar, mucho qué pensar- hacían trastabillar su realización. Esto, todo esto, hasta la llegada de mis informantes con una noticia que, más que merecer ser tratada, me obliga a hablar: en Australia (cardíacos y amantes de los perros abstenerse de leer), una serpiente pitón de cinco metros de longitud y cincuenta kilogramos de peso, se tragó, completito y sin preguntar si era de alguien, al perro chihuahueño de una familia de la localidad de Brisbane, en la enigmática isla del complejo de Oceanía.
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Leyeron bien. No conforme con rondar al desgraciado animal con días de anticipación, de asustarlo hasta el cansancio -sobra decir que los perros chihuahueños son de temperamento extremadamente nervioso-, la serpiente terminó convirtiéndolo en su bocadillo del día.
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Lo terrible quizá sea el hecho de pensar que algo así pueda suceder en pleno siglo XXI en un país desarrollado como lo es Australia. Lo terrible y no, pues en México -ya sé que no somos desarrollados, pero igual ahí la llevamos- todavía hay comunidades, tanto rurales como urbanas, donde andar descalzo en medio de alacranes, ratas y serpientes se considera la cosa más normal del mundo. Un niño de origen tarahumara que conocí alguna vez, mientras hacía mi servicio social, me contaba incluso de sus dos mascotas predilectas (foto corroída en mano): "Pluto" y "Daysi", dos arañas capulinas de gran tamaño, a las cuales, responsable el chamaco, daba de comer grillos y moscas, y sacaba a pasear todas las tardes. Sí, leyeron bien: un niño de menor estatura que un frigorífico pequeño jugando con arañas capulinas.
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Pero el caso de la serpiente tragándose al chihuahua de los Mc Kensey -apellido ficticio, pues mis informantes no han podido conseguirme el dato correcto-, en plena localidad australiana, me suena extraño. Me suena extraño y además me puede. Me puede porque, por sobre muchos otros animales contra los que no tengo nada, los perros me resultan particularmente entrañables. Me suena extraño porque sigo pensando en la posibilidad infinita de que un águila, una rata de alcantarilla o un mapache, llegue una noche y, sin pedir permiso ni dejar sus datos, se devore a mi perro.
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Mi perro, olvidaba decirlo, es un salchicha de extraños modos que bien podría vivir emancipado de nosotros si no fuera porque cada tarde, a las cuatro en punto, pide a mi madre lo saque a saciar su necesidades fisiológicas. Fuera de eso, come, duerme, ladra y piensa sin que nadie lo incite. No pertenece a ningún sindicado y, lo que es más, no practica ningún culto religioso. Es, pues, un perro decente. ¿Para que de pronto llegue un animal salvaje y lo arranque de esta vida sin darle chance de avisarnos en que órganos intestinal deparará primero? ¡Ah, no, exijo respeto a la vida de los animales decentes!
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Nez -que así se llama el mío, ignoro el nombre del ahora ya digerido ejemplar australiano-, seguro lee esto y sufre un ataque cardíaco, me demanda por ponerlo en situaciones hipotéticas que le parecen abominables y, acto seguido, se va a vivir a un rascacielos neoyorkino, donde ninguna divina garza lo pueda agarrar, ni ninguna liendre lo pesque. Así lo haría, pero probablemente está ahora mismo tirado en su casita devorando un hueso de pollo, y, también probablemente porque yo de eso no conozco, en estos mismos momentos un pollo está pensando lo feo que es ser devorado por perros citadinos indescentes. Ni hablar, gajes de la vida.
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Me quedo pensando en el chihuahua -me dicen mis informantes que, tomando en cuenta factores como el tiempo de digestión de las culebras, muy probablemente en estos momentos nuestro amiguito australiano ya está conociendo el intestino delgado. Esperemos traiga fotos-. Me quedo pensando en él y lo compadezco: en un mundo donde la ley del más fuerte rige nuestras acciones, ser devorado por un pitón es el menor de los males.
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¡Salud!

martes, 26 de febrero de 2008

Oro... ¿guarda el oro?

Iba mal y se pone complicado. Ansioso por no desesperarme, terminé desesperándome y ansioso. Ni modo, así es esto de escribir: la inspiración no llega cuando se le necesita, sino cuando a la canija le apetece hacerlo. Hoy, una vez más, estoy escribiendo artículos para mi periódico a tiempo extra, débil, agotable. Por eso, y porque estoy que trastabilleo entre el mandar todo a la goma y seguir en el intento de modificar mis conductas todohastaelfinal, por eso y porque ya de plano no se me ocurre, a las 11 de la noche, un mejor tema para este blog, por eso y porque este blog es de la coma y no mío, hablaré del tema del petróleo en México.
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Ya, hasta acá escuché sus súplicas. "¡No, por favor, se necesita no tener vida para tocar ese tema tan difícil, escabroso y aburrido en estos tiempos!". Pues responderé que no tengo vida, y que además soy aburrido, difícil y escabroso. "¡Es que ya todo mundo habla de eso!". Pues diré que sí, y que yo siempre he sido parte del mundo, y que por lo tanto mi deber civil es hablar de eso. "¡Hay temas más interesantes que hablan de los trastabilleos y las conductas todohastaelfinal!". Aquí me quedo callado. Es cierto, pero no se me ocurre nada. Dejaré los otros temas, por tanto, y hablaré de lo que me compete -a lo que me truje, Chencho-.
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México nacionalizó el petróleo en 1938. A por lo menos 13 años de que su movimiento revolucionario hubiera llegado a su fin, nuestro país atravesaba por una de las crisis más extrañas de su historia: no era cuestión sólo de dinero, sino de nacionalismo. Cárdenas, un potente mandatario al que todavía hoy, a años de su muerte -según mis informantes, a casi 38 -, le siguen saliendo partidarios por todo el país, Cárdenas, general de nombre Lázaro y acciones de talla inigualable, entendió rápidamente la problemática de la crisis.
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El país, tras su revolución de jefes insurrectos y adelitas galopantes, estaba en caos: las comunicaciones no llegaban, los trenes no pasaban y la comida no se dejaba ver. Nuestro autoestima, sobra decirlo, estaba por los suelos. Los pocos ricos que quedaban tras la lucha armada eran cada vez más ricos gracias a sus alianzas con los grandes negocios estadounidenses que poblaban el territorio, y los pobres... pues pobres. Necesitábamos obra, obra y más obra. Y nacionalismo autoestimante. Y como las minas estaban secas, el campo en calidad de cultivo y las empresas quebrando, nuestra esperanza -ya entonces como ahora-, nuestra única esperanza, era el oro líquido. Y el nacionalismo, y la nacionalización.
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Don Lázaro, al entenderlo y con pronta mano, mandó decir a las empresas norteamericanas que lo extraían en nuestro país, que se alejaran del petróleo, que era nuestro y nuestro sería hasta que, setenta años después, su manejo por obra de una empresa paraestatal, acabara por acabarlo. Caput, este cuento se acabó, bye bye.
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Y sí, las sabias decisiones de Don Lázaro terminaron en los coches, las casas y las amantes de los altos -que no grandes- dirigentes de Pemex. Pemex es, hoy por hoy, una empresa que necesita de dos cosas: infraestructura... y desaparecer. Me dicen que soy arriesgado al creerlo, pero así lo hago a pie juntillas: o el gobierno entiende que Pemex ya no tiene razón -ni modo, ni dinero, ni fuerza- de operar, o dejamos el petróleo por la paz, le entregamos el bien nacional a la rojiverde para estatal y nos vamos a ver en qué otra bonita actividad, de esas que de tan patrióticas sacan escamas a los temidos malinchistas, obtenemos recursos fiables. Me dice mi amigo El LuigiComecuandohay que en Ciudad Juárez están solicitando mujeres piernudas, ¿quién se apunta?
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Nuestra otra opción, alternativa y por lo tanto antes no contabilizada, es ceder de nuevo el recurso a empresas privadas. Aunque suena fácil, la cuestión es más compleja: Empresa Petróleo Feliz aparece, "mete" solicitud en Cámara de Diputados (Infeliz), Cámara valora la viabilidad del proyecto de la empresa y somete la idea a votación, Cámara acepta o rechaza a Petróleo Feliz, Petróleo Feliz toma un yacimiento y lo explota con sus propios recursos y distribuye al país con sus propios recursos y lo vende al país con sus propios recursos y el mexicano paga un poco más por su propio recurso... pero obtiene petróleo seguro y rápido. ¡Largo el proyecto, aceptable el resultado!
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No lo sé. Yo lo planteo porque sigo dando vueltas entre las dos opciones y su alternativa. Sigo dando vueltas porque espero llegar a algún lado antes de que se me acabe la gasolina.
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¿Ya ven como no les iba a doler que hablara del petróleo? Todo es cuestión de terminar de escamarse y entender que, quizá después de todo, nuestro nacionalismo puede estar basado en otras cosas que no sean precisamente la defensa inacabable de recursos que, finalmente, nosotros mismos no estamos en capacidades de administrar. ¿O sí? Mejor sigan mi consejo y vayan a ver Petróleo Sangriento, la cinta de Paul Thomas Anderson que fue nominada a Mejor Película en los pasados óscares, y que, según La Malagueña, está bien rara, pero que, según yo, habla de la cuestión petrolera en Texas durante el siglo antepasado, con los pertinentes asesinatos por orgullo, avaricia o venganza. ¡Pura vida!
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¡Salud!

lunes, 25 de febrero de 2008

The walk.

Desde los primeros siglos de nuestra existencia, los mexicanos hemos peregrinado a diestra y siniestra por el mundo entero... como si no existiera la televisión. Vamos, venimos, volvemos a ir, pasamos de largo o nos quedamos sentados contemplando las circunstancias por un rato, pero el punto es que nunca nos estamos quietos. Nuestras ciudades tienen cada vez más autobuses, más carros y más metros urbanos. En nuestros campos corren cada vez más caballos, más burros y más ocelotes -no sé para qué dije esto último, pero ando muy expresivo-. El punto es que nunca dejamos de vagar. De aquí a allá, deambulamos como si no tuvieramos cosa mejor qué hacer.
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El colmo llega cuando, durante el siglo XX y el inicio del XXI, nuestro peregrinar más riesgoso nos lo otorga la brillante, reluciente y terrorífica burocracia. Me pasó hoy, y sigo pagando las consecuencias físicas, psicológicas, anímicas y escolares que la migración burocrática de hoy saldó para mí. ¿Saldo? Sí, como no, todo yo quedo de saldo, cual basurita de borrador.
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Sucedió que, hartos porque la profesora destinada a impartirnos la materia de Lectocomprensión de Lengua Extranjera 2 no llegaba ni por asomo, nuestro selecto grupo de neoaztecas decidió ir a pedir informes a la oficina encargada de programar las clases de idiomas. Conformado por dos letristas, una filósofa, dos estudiantes internacionales -de la Licenciatura en Estudios Internacionales, no vayan a creer ustedes que venían de otros países-, y algunos abogados, nuestro clan partió del salónAztlán y llegó con júbilo, tras mucho recorrer pasillos, bajar escaleras y escalar rampas, llegó con júbilo, decía, a la oficinadelenguasextranjerasTenochtitlan.
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En la puerta, nos recibió el tufo a sudor, torta ahogada y tinta de impresora que caracteriza a todas las oficinas de la Universidad. Cuando alzamos nuestras amilanadas vistas hacia el primer escritorio que encontramos en el camino, topamos con la innegable presencia de una de esas chaparritas cuerpo de uva, con tintes color ídem y desarreglado atuendo de color ídem más verde olivo, una de ésas, decía, que son especímenes característicos de la burocracia de todo el sistema institucional mexicano. Sus palabras de diosa sacudieron las entrañas de nuestra naciente organización neolítica: "Cerramos a las tres". Su voz chillona taladró nuestros oídos y una de las de Estudios Internacionales estuvo a punto de salir llorando,
pidiendo a su mamá.
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Como organizado y plural grupo que éramos, nuestro líder tomó la palabra por el resto de la orda. "Verá usted, estimada mujer iconográfica de nuestra realidad oficinista actual"-como comprenderán, era nuestro líder un aspirante a abogadito-"sucede que la profesora encargada de impartirnos la materia de Lectocomprensión en Lengua Extranjera, segundo curso, ha faltado ya varias semanas y su clase ha quedado sin ponente al frente". El líder abogado guardó silencio, esperando pronta contestación de la diosaoficinistatlaxcalteca. La chaparrita, aprietada por el intenso sol que vive en los camiones, tronó la bomba de su chicle por respueta.
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"¿Y?". Uno de los filósofos, ante la disyuntiva, armó un golpe de estado exprés y derrocó a nuestro anterior líder, proclamándose como sabio poseedor de la palabra. "Pos verá asté, mija, queremos maistro". "Pus van a tener que extender un oficio y presentarlo a la brevedá al jefe de departamento diciendo su problema"- contestó la diosa de cabellos deslavados. Nos miramos como no entendiendo nada. Los de Letras ya habíamos empezado a revisar la ortografía de los carteles que pendían por todo el lugar, obvio y manifiesto signo de cansancio y decidia propio de los de nuestro clan. .
"La otra otción es que bajen aquí abajo y pregunten por la maestra Lupita, ella les puede dar razón". Dimos media vuelta ante la sentencia y, aún gustosos, empredimos la marcha hacia la presencia de la tlatoaniLupita. Sobra decir que bajamos abajo muchos abajos y nada. Llegamos al sótano y ninguno de los presentes nos daba razón de ninguna Lupita. Uno, sonriente, hasta nos dijo: "¿Los mandó Marita, verda'? No, pos ya se la pelaron". ¡Chin-chun-chán! .
Ni hablar. Duelen los pies de escalar escaleras y bajar rampas. ¿No era al revés? Pues no sé, pero duelen. Y duele el alma de encontrarse con una democracia tan paralizada. Duele porque ahora yo tengo una materia "dioquis" en mi horario registrado... ¡y muchas ganas de vivir en un país donde la burocracia trabaje y no tenga sindicatos que protejan su ineficiencia! O, mejor aún, un país donde a la gente le dé flojera peregrinar y se resigne a hacer todo por e-mails o telefonemas. ¡Dios bendiga la comunicación a distancia! ¡Dios bendiga a los países que no viajan!
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¡Salud!

domingo, 24 de febrero de 2008

Y el Óscar va para... ¡la mesa que más aplauda!

To day is the day. Hoy por la noche, Holliwood se viste de fiesta y gala, diamante y oro. Desde hace 80 ocasiones, aunque en distintos foros, la llamada "meca del cine" -término a reconsideración tras la incursión de los hermanos Farrelly en la historia de la realización cinematográfica estadounidense- celebra en noches como la de hoy su más grande ceremonia: la entrega de los Premios de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas, o los Óscares -así en mayúsculas, pa' que luzca-, que es lo mismo, pero no es igual.
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Hoy los ojos del mundo estarán puestos en tierras gringas. Si ya hemos dejado poco a poco el interés por lo "norteamericano" -así, entre comillas, para someterlo a reconsideración-, supliéndolo por un extraño fanatismo hacia lo oriental -sin comillas-, sólo por hoy volvemos nuestros ojos al territorio del Imperio y, como ovejas descarriadas, le juramos amor eterno -tres horas nada más de eternidad- a nuestro Dador de males, nuestro Titiritero infeliz.
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¿Y todo por qué? Pues para ver vestidos, protocolo y frack -¿es así o la dejamos en "frac"?-, para escuchar discursos cómicos y enterarnos quién resvaló, quien sufrió una abolladura en su seno postizo o a quien le falló "accidentalmente" el micro y no pudo terminar su discurso de tintes políticos. Ya saben, entradas musicales coherentemente colocadas para cortar interesantes y afanosos reclamos al sistema.
. Y los mexicanos miramos con agrado la ceremonia por un motivo un tanto más digno: encontrar rostros conocidos. Es increíble cómo hasta en actos protocolarios que no nos corresponden nos buscamos la cara, el idioma y la "idiología". Y aquí, sentados frente a la tele, a kilómetros de distancia del Teatro Kodak, gritamos con entusiasmo: "Mira, ¡Diego!" "¡Mira, Gael!" "¡¡Mira, Iñárritu!!" "Mira... ¿Salma?". Ni modo, así somos, felices de encontrarnos en tierras extrañas y lejanas entre sí, aunque no nos reconozcamos más que como hijos de la misma tierra.
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Yo, por mi parte, ansío ver la parte cómica de la presentación. Me dicen mis informantes -que ya se compraron playeras en apoyo a Ellen DeGeneres, de la cual son fans pero que fue duramente criticada por su participación (para mí, muy acertada) en la pasada ceremonia-, me dicen informantes, decía yo, que este año la conducción estará a cargo de Jon Stewart. "¿Quién?", puedo escuchar preguntar a los interesados. "Sí, Jon... ¿Quién?", respondo yo. Sí, nadie lo conoce, pero al parecer ya condujo antes una ceremonia de Óscares en... ¿2005? El punto es que si lo pusieron a repetir es porque lo hacía muy bien... o porque lo hacía muy mal y quieren hacer fracasar la ceremonia que cada año les sale más costosa... o porque no había de otra... o porque se lo encontraron, pidió chamba otra vez y les dio lástima decirle que no. Ni hablar, espero me haga reír o no llegaré a conocer al ganador de Mejor Película y me dormiré en el camino.
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Mi hermana está escogiendo vestido para su boda -de las dos que me quedaban, de las dos que me quedaban, nada más me queda una, una, una-. Emocionada me comenta en este momento que piensa comprar algo como lo que Penélope Cruz portó en los Óscares del año pasado. Veo la foto y me encuentro a la prima española -mi segundo apellido es Cruz- envuelta en una cortina rasgada, peor que Katherine O'Hara. Sonrío con esfuerzo y ella se va brincando a hacer su pedido. Yo, sufro. Pero hoy son los Óscares, y sufrir está por ser premiado.
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¡Salud!

sábado, 23 de febrero de 2008

Cinemató...

Iba a hablar de los Óscares. Iba a invitar a que los viéramos y disfrutáramos juntos de todo el glamour "chick-flick" de las alfombras rojas estadounidenses. Eso hasta que me acordé que, una, no he visto ninguno de los filmes nominados para ninguna de las categorías, y dos, los Óscares son mañana. Eso me otorga otras dos cosas: una, la capacidad para tocar este tema de las alfombras rojas mañana, y dos, la igualmente apetitosa capacidad para hablar de lo mal que me he portado este año con mi buen amigo el cine. . Me di cuenta de esto no hoy, sino hace unos días, cuando mi amiga La Malagueña-Toribia, quien está feliz de la vida con su nuevo nombre (risas por favor) que como leerán le viene de su nuevo hombre, me comunicó con gozo inaudito y singular festejo que nuestro medio -osea, en el que trabajamos ella y yo, ustedes no, ni aunque me ayuden con los gastos- estaba haciendo trámites para participar como medio oficial en el próximo Festival Internacional de Cine de Guadalajara. Cuando acabó de decirlo sonreía tanto que pensé que acababa de decirme que estaban regalando autos en algún lugar, o libros, o estrellas. . Como me di cuenta que su profundo gozo se borró con mi cara de pregúntamesimeimporta, recapitulé. ¿No estoy feliz de ir a pasearme por cines de toda la ciudad, entrando y saliendo de las salas como Juanpormicasa, mientras entrevisto cineastas y actores a la notengootracosaquehacer? ¿No? ¿Tener mi grabadora prendida todo el día con la esperanza de que reciba declaraciones aisladas pero vendibles no me pone los gustos de punta? Algo debe de andar mal. . Como La Malagueña-Toribia no hizo más que sentarse a mi lado y poner cara de yamematastelailusion, yo rebobiné mis palabras y aclaré: "Es que me choca el protocolo de esos eventos, con tanto artistilla de segunda que porque ya hace cine se siente la divina baba". La Malagueña-Toribia asintió como no queriendo y yo me quedé satisfecho. Sí y no. . Este año, por alguna extraña razón, mis visitas al cine descendieron en picada, en fracción proporcional al aumento de mis visitas a las galerías de arte. Este último año conocí dos nuevos cineastas cuyos nombres no recuerdo ya, mientras que vi -y viví- más de quince exposiciones de artistas locales a los cuales, espero, algún día entrevistaré. ¿Algo está mal? No lo creo. Mi trabajo periodístico me exije presencia en las galerías, porque el cine no está en mi sección, o bueno, sí está, pero de hablar de cine no me encargo -afortunadamente, que mis juicios serían bastante vicerales-, no me encargo, decía, yo. . Ante esta situación, y porque no estuvo en mis deseos de año nuevo -ver entradas primeras, ¡qué rápido se cumplen dos meses!- ver más películas sino entrevistar a más personas, me quedo esperando que para la próxima mis deseos de año nuevo incluyan flamantes visitas a los cines de la ciudad. Me quedo esperando y no, porque de todos modos terminará ganándome la "espinita atorada" e iré al cine lleno de picazón a ver lo primero que se me ponga enfrente. Me conozco mosco. . Lo que sí es un hecho esclarecedor es que cubriré el Festival. Irán conmigo, todo parece indicar, La Malagueña-Toribia, La Casicasi y La Carlos. Probablemente ellas hagan más entrevistas que yo, que espero poder llevar un perfil más reservado. Si ven a Gael García, o a Diego Luna, o a Ripstein -¿ya murió?-, o a cualquier entrevistable, le dicen que me deje recado y yo veo si cuando termine de pensar en marcos y lienzos me doy tiempo para pensar en fotos seguiditas proyectadas sobre manta blanca. Y si dicen que "no gracias"... pregúntenme si me importará. . ¡Salud!

viernes, 22 de febrero de 2008

El agua al coco.

Hoy, en veloz y extraña charla con cierta amiga, recibí la noticia más extraña de mi vida: doy más consejos de los que me piden. Aunque para muchos este descubrimiento podría ser provechoso, a mí no me deja del todo satisfecho. Resulta que hablo de más y turbo a las mentes que, insatisfechas con la vida, vienen a mí sólo a ser escuchadas. Como no me puedo quedar callado, suelto mi opinión, meto la cuchara a destajo y acabo con lo más rico del cream boulé, osea, con la costrita protectora de caramelo.
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Como según yo soy muy consciente de mí mismo, este descubrimiento me hace repensar ciertas acciones. Mi amiga, cuyo nombre no mencionaré porque podría leer esto y confirmar que es ella, aunque en verdad nunca entre a esta página, me ha hecho ver que no sólo aconsejo cuando no se me provoca a hacerlo, sino que además de todo mis consejos son "chapados a la antigua". Yo, lector, visitante de galerías, gustoso del arte y sus vericuetos, no he encontrado, al parecer, ni siquiera en el arte la libertad del espíritu. Doy consejos de puritano y, no conforme con eso, juzgo y sentencio. No me preocupa ser puritano... me preocupa que mis amigos no entiendan o respeten mis modus operandi. ¿Y por qué? Pues porque entonces no están entendiendo la razón de mis actos, que es, primariamente, procurarles un bien.
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Lo de mis juicios aferrados ya lo sabía desde hacía mucho tiempo, también por pláticas con otra amiga, La Traviata. La Traviata, muy temerosa, me confesó que cuidaría lo que me dijera en adelante pues mis juicios podrían hacerla sentir mal. No me dolió entonces, y creo que hasta ahora comienza a rascarme la cociencia.
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No sólo son malos tiempos, sino que además de todo doy malos consejos en los malos tiempos. ¡Chale! y yo que creía estar ayudado diario. ¿Qué he hecho entonces en bien de la humanidad? Comienzo a temer que nada, y esto contraindicaría totalmente la entrada anterior de mi blog. No lo sé, es viernes, toca, y las cosas pueden ponerse más densas con tanto asunto por pensar.
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Así que me despido invitando. Invitando porque no vuelvo a dar consejos no pedidos. A partir de ahora procuraré aconsejar en mi cabeza, solucionar el mundo con la almohada y reservar una sonrisa para el afligido que se acerque a mí. Una sonrisa y un abrazo... y nada más.
. La Malagueña sale hoy con El Toribio, su galán -que no mi amigo- que le ha renovado la esperanza. Mi amiga la descubridora probablemente hoy también salga con su galán, a quien no apodaré porque su nombre me gusta mucho, pero del cual tampoco mencionaré su nombre porque así ya sabrá de quién hablo. Mi otra amiga, La Casicasi, quizá trabaje hasta muy noche. Mi amigo El Filósofogalán quizá tenga mucho sexo hoy por la noche, como todas las noches. Hoy, pues, tocará para él.
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No extendí bien la invitación. Invito al Paraninfo, para la premiación de una cineasta tan famosa que hasta su nombre olvidé. Me voy pensando. Probablemente llegue allá y siga pensando, haga la nota del día y regrese pensando. Probablemente no entreviste a nadie. Probablemente regrese mañana.
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Mañana es sábado, ya no toca.
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¡Salud!

jueves, 21 de febrero de 2008

Agus, Potter y las reliquias del temor.

Como si yo no tuviera cosa más interesante por hacer, acepté desde ayer -sobre aceptación advertida no hay engaño inferido- la invitación que mi muy buena y siempre sonriente amiga La Zucaritas me hizo, como no queriendo la cosa, para que la acompañara el día de hoy a adquirir su ejemplar del último libro de la multivendida saga de Harry Potter, escrita por J. K. Rowling, Harry Potter y las reliquias de la muerte. El último y, según la misma Rowling, nos vamos.
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Después de salir volando de la escuela porque los amigos de la Zucaritas-pottermaníacos también- nos esperaban desde hacía dos horas-o más bien, la esperaban a ella, verdadera fan-, llegamos a la librería de un conocido centro comercial. La Zucaritas merodeó su libro como buitre al cadáver que está por agenciarse, muchos niños vestidos de magos me amenazaron con sus estimulantes varitas de brujos insurrectos y yo, inocente como siempre, me refugié en la búsqueda decidida de algún libro de Punto de Lectura.
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Saldo a favor. La Zucaritas adquirió su último libro -¡siete y se animan a decir que fueron pocos!-, yo amenacé con un Saramago a una niña que pretendía convertirme en rana, y muchos, muchos fans del miope mago y sus aventuras desembolsaron, en mi presencia, 233 pesos para obtener su ansiado ejemplar de Harry Potter y las reliquias de la muerte -disponible también en versión resumida: "Cae una bomba y todos pasan a morir. FIN."-.
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Lo que me sorprendió de todo esto no fue el hecho de ver a tantos pequeños aspirantes a hechiceros desembolsar como si nada más de doscientos pesos -lo siento, mis reglas son mis reglas: pagar más de doscientos pesos por un libro es como practicarse un harakiri económico innecesario-. Tampoco me sorprendió ver a personas de la edad de mis padres -estos padres míos que están más allá del bien y del mal- vestidas de magas y brujos recorrer la tienda. Me sorprendió, sobre cualquier cosa y sobremanera, revisar la edición del libro adquirida por la Zucaritas y corroborar un dato que, por simple apreciación visual empírica, ya yo había imaginado: el último volumen de la serie potteriana tiene casi 700 páginas.
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Pienso en mí leyendo 700 páginas. La última vez que hice algo similar fue para anexar a mi acervo bibliográfico y cultural Noticias del Imperio, del fenomenal Fernando del Paso. Y lo leí en año y medio, en periódos descentes de cientocincuenta folios. Cuando lo terminé, me sentía tan cansado que dejé de leer por otro año y medio. La cuestión es que los fanáticos de Rowling y su obra que compraban el texto, comenzaban a leerlo ahí mismo -recargados en los aparadores, sentados en el suelo, obstruyendo los anaqueles- y avanzaban tan rápido que yo pensé que lo que hacían era más bien buscar manchas de impresión. Pero no, leían, y por los comentarios que escuché hacían entre ellos -todo contacto social de un pottermaníaco está reservado a otro pottermaníaco-, leían y entendían.
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700 páginas son un chorro, y lo digo porque libros en verdad clásicos, como La Odisea o La Ilíada, ambos de Homero, o La Divina Comedia, de Dante Alighieri, llegan cuando mucho a las 300 o 400 -y con dibujitos, diagramas y prólogo-.
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Yo tuve la oportunidad de leer un Potter hace un año. La Zucaritas me lo pidió de favor y yo cedí porque eran vacaciones y yo tenía poco dinero para comprar otros libros. Me prestó el volumen tres de la saga (Harry Potter y el prisionero de Azkabán), lo leí, lo agradecí y lo devolví. No es que yo no aprecie la fantasía, es que no nací para desperdiciar mi tiempo en lecturas que me dicen tan poco y que yo debí de haber leído a los diez años cuando mucho. Con mi única lectura a su obra, Rowling me merece un único y halagador comentario: es, por lo que veo en sus libros y en sus fanáticos, una inteligente mujer que ha sabido condensar en una sola historia un cúmulo interesante de dispersas y viejas imágenes que forman parte de la mitología popular, para preparar con todo eso un delicioso taco de garnacha para niños. ¡Aplausos!
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Mientras esperaba a que La Zucaritas y sus gastalones amigos pagaran sus ejemplares -los cuales, por cierto, debieron apartar con meses de anticipación ante la gran demanda-, un niño se me acercó y me preguntó si yo ya había comprado el mío. Le mostré mi Saramago y salió corriendo. Temo que no vuelva, se refugie en su cuarto y salga de él hasta terminar, ya bastante verijón, las -me dicen mis informantes- 3550 páginas que conforman la totalidad de las aventuras del mago adolescente. Temo que no vuelva y Saramago se quede esperando. Temo por Saramago, que cada vez habla menos y escribe más. Temo por Rowling, que está en su castillo escocés, entre mastines y gárgolas, rompiéndose la cabeza pensando qué más escribir. Vuelvo a temer por Saramago y sus grandes compañeros de la literatura universal, que cada vez tienen que bajarle más a su densidad para llegar a más público lector. Temo por Harry Potter, a quien le cae una bomba y muere -"FIN"-. Temo por mí, y el futuro de mi bolsillo con libros que son cada vez más caros. Temo por Saramago, que no es leído por los niños pero los asusta. Temo por los niños, que se asustan con Saramago pero no así con monstruos, brujos, escobas y demonios. Temo por los monstruos, brujos y demonios, que no temen por Saramago. Y temo por mí, que no temo por nada.
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¡Salud!

miércoles, 20 de febrero de 2008

Cuba se queda, Fidel se va.

Prometí hacerlo y lo haré.
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El día de ayer, en una hora cercana al medio día, Fidel Castro, comandante de las Fuerzas Armadas de Cuba, dictador socialista, demagogo y "Dios del mundo", decidió claudicar. "Claudicar" es una extraña palabra que, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, significa en una de sus acepciones "acabar por ceder a una presión o a una tentación". Osea que Fidel abandonó ayer el poder político de la isla caribeña, esto después de más de cincuenta años de gobierno contrastante, arduamente criticado. Osea que Fidel cedió a la presión del tiempo, la salud y las derrotas.
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Fidel Castro se va del poder como el niño que, después de jugar a su antojo con las muñecas de su hermana, las dejas en calidad de plástico para reciclar y se retira a hacer otras cosas que resultan más interesantes para él. Fidel Castro se va del poder dejando una Cuba que avanza en su presencia cultural y turística en el resto de la América Latina y el mundo, pero que por otro lado cada día queda más rezagada en educación, salud y vivienda. Hoy día, me dicen mis informantes, en Cuba hay más hambre, más enfermedades y más pobreza que en los primeros años del gobierno castrista.
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Cuando Fidel tomó el poder en 1957, "destronando" en un histórico golpe de Estado al entonces dictador cubano, Fulgencio Batista, Cuba era el prostíbulo de América. Dicen las leyendas -mis informantes no, pues para entonces no pisaban todavía raya vital-, que si se quería "pasarla chévere", bastaba con llevar tres pastillas de jabón a cualquier barrio de La Habana y ofrecerlas a las necesitadas familias, las cuales, sin pensarlo dos veces, cedían a sus hijas al interesado "cheverón".
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Tras 51 años, si bien Cuba ya no es el prostíbulo de nadie, se convirtió en la prostituta de un sólo grupo de interesados: Fidel Castro y su recua de asesores. Castro tomó una Cuba dolida y dejó una Cuba demolida, separada con un énfasis poco visto anteriormente entre los que están a favor del "Comandante Fidel" y los que, por obvias razones -desaparición y asesinato de civiles, entre otras-, no quieren ver a Castro ni en pintura. Castro se va del poder, claudica, dejando a cientos de cubanos intentando escapar del infierno demagógico, represivo y socialista en que se ha convertido la isla caribeña al estar bajo su mando y el de su hermano. No es que yo esté en contra del socialismo, sino que en Cuba, por lo menos en la nación cubana, no ha funcionado como debiera.
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Germán Dehesa, el cronista actual de la Ciudad de México, menciona en su columna del día de hoy en periódico Reforma, que para su generación resultó inspiradora siempre la imagen de Fidel tomando el poder de Cuba y liberando a la nación del pasado tenebroso que con Batista sufrió. "Los jóvenes de aquella época -yo tenía 13 años- estábamos totalmente asombrados por esa nueva manera de hacer política, tan distinta a todo lo que habíamos visto. (...)sentir que su propuesta y su lucha eran correctas y que eran idealistas y románticas como tiene que ser todo joven". A mí no me tocó ese Castro, ni esa Cuba. A mí, Cuba me sabe a sal encerrada en costal de mimbre. A mí, Cuba no me parece sonreír como pudiera. A mí, no me provoca añoranza la partida de Fidel.
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Es extraño que la segunda acepción que la Real Academia de la Lengua Española dicta para el verbo "claudicar" es "afectar un órgano a consecuencia de la interrupción de la circulación de la sangre en un vaso que lo irriga". Es curioso porque la comparación entre el claudicar del diccionario en esta acepción y el claudicar de Fidel Castro en estos días sale más que sencilla: Castro deja una Cuba apagada por la sed que su yugo ha ocasionado en el fluir de los buenos años para la isla. Castro deja una Cuba afectada por la sequedad de sus ritos y la resequedad de su estructura económica, política y social. Fidel Castro claudica en su gobierno y ha claudicado a su país durante sus años de gobierno. Fidel Castro no gobernó nunca: claudicó.
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Por eso hoy, por Cuba y para Cuba... ¡Salud! -y buenos tiempos-.

martes, 19 de febrero de 2008

Memorandum para mí.

Hoy, a casi dos meses de haberlos cumplido, me doy cuenta que a mis veinte años siento ya que la vida se me está yendo de largo y sin avisar. Hoy, a por lo menos cuarenta y cinco días de haber partido el pastel -esta idea es meralmente referencial: en mi último cumpleaños no partí pastel sino molletes de Sanborns-, hoy, a tantas semanas, descubro que he estado sintiendo que la vida se me va sin poder hacer nada con ella y sin haberme cersiorado de dicho sentimiento. Ni modo, así suele suceder, cuando de pronto un acontecimiento -o una charla de café- te recuerda que hasta hace pocos meses tenías ideales, esperanzas y deseos insatisfechos, cosas, pues, por las cuales vivir otros ochenta años. .
Y como es raro que yo me quede con las manos cruzadas ante descubrimientos como éste, ideé, con la ayuda de la siempre maravillosa Arandera, el iniciar una lista de "Cosas faltantes por hacer en vida".
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No, no son propósitos, y no, no voy a morir si llego a los cuarenta sin haberlas hecho todas. Son meros recordatorios de que aún hay camino por andar y de que, si bien las reglas y los procedimientos cambian, y la personalidad se desarrolla, se templa, las notas faltantes deben estar siempre presentes para no olvidar que el camino no ha finalizado.
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Iniciaría la lista -que como todo proyecto está sujeto a cambios- con conocer el circo. No es que me sea insufrible no haber pisado nunca las gradas de una carpta circense, pero necesito vivir esa experiencia tarde que temprano, por lo menos para tener algo más que contar. Mi lista seguiría con hacer una sesión de fotos personales de desnudo artístico. Sí, leyó usted bien: desnudar mi piel para mostrar el alma. La Arandera ya se ofreció para esta segunda "Cosa faltante por hacer en vida", y me parece que sabe hacer bien su trabajo, así que no veo impedimento.
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Seguiría la lista con dos acciones parecidas pero no iguales. Parecidas porque son viajes, no iguales porque son a distintos lugares y con personas distintas: llevar a La Malagueña al D. F. y a La Arandera al para ella desconocido mar. El primer viaje es de amoroso rigor: quiero tanto a mi china consentida que no puedo evitar desear compartir esa experiencia con ella. El segundo viaje es más bien esperanzador: que ella encuentre, en el abismo del mar, la finalidad de sus deseos y el valor de sus audacias.
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Lo siguiente sería conocer la nieve. He pensado en Aspen o Canadá, pero creo conformarme con la del Nevado de Toluca. La sexta, y porque se pone densa la cosa, sería visitar la tumba de Cervantes, en el exconvento de los Trinitarios en el centro de Madrid, o la de Cortázar, ¿en París? Méndigos informantes malapaga.
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La lista, por lo menos hasta ahora, terminaría en el número siete con la lectura imposible de dos obras literarias que han sido un constante referente en mi vida, referente al cual nunca he podido acceder del todo. Una, la más compleja quizá, se llama desde que existe Ulises, y su autor fue, es y seguirá siendo un tal James Joyce. La otra, inspiradora y dadivosa, se llama también desde que existe Drácula, y su autor también fue, es y seguirá siendo un tal Bram Stocker.
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Mi lista termina aquí. Se perfilan otras opciones a enlistar como conocer San Francisco, California, ver a un niño nacer -está difícil... si no es mío ni soy médico, ¿cómo demonios pretendo hacer que me dejen presenciar un parto?-, y participar en una pasarela de moda -más difícil todavía por razones físicamente corporales-. Muchas son vanales, lo sé, porque incluso a la lista seguiría también probar el absinth y ser entrevistado, pero vanales o no son parte de mis deseos.
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Mi entrada debe terminar porque al escribirlos los deseos han estado aflorando y ahora son demasiados. No ha sido un día fácil y tengo otras cosas qué pensar -muchas verdades a medias- que no son necesariamente las miles de cuestiones que no he hecho todavía. Les prometo -me prometo- hacer algún día una lista para ponerla bajo mi perfil en esta página de modo que yo mismo pueda estar recordando constantemente que, si hoy las cosas andan pasando algo rápidas y he estado diciendo menos cosas de las que debería, y que he andado jugando al "acumulador de silencios", todavía hay más cosas por hacer, decir, leer y vivir, y más tiempo por existir para dedicarlo enteramente a hacerlas. En vida, Agustín, en vida.
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¡Salud!

lunes, 18 de febrero de 2008

Con ñ de chingón

Para La Malagueña, que hoy llegó a los veinte, por el gusto que compartimos de comunicarnos en una misma lengua, de ser amantes... de nuestro idioma.
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En 2011 le habremos roto los cojones al inglés. Sí, lo dije bien y lo leyó usted mejor: la Fundación Telefónica -no me pregunten por qué, pero así se llama-, con sede en Madrid, realizó un estudio demográfico y lingüístico social de la expansión del español, ese idioma que usted habla o entiende y en el cual yo escribo, hablo, pienso, comprendo, amo, escucho, dialogo, interpreto, siento, vivo. Como entenderán, antes que mexicano o lector, incluso antes que ser Agustín, soy hispanohablante.
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Según la Fundación Telefónica -y mis informantes, que han traído hasta mis manos la información-, hoy somos ya 399 millones de hablantes en el mundo, lo que equivale al 5% de la población mundial. Nos superan los chinos, por la cantidad de individuos que forman su patria única, y los angloparlantes, que, según el informe presentado ayer por la Fundación, son en su mayoría hablantes de otras lenguas que han aprendido el idioma inglés por necesidades financieras y otros alegatos globalizantes.
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¿Y si ya éramos muchos por qué hasta ahora nos dicen que dentro de poco seremos ya la segunda en la lista mundial y el inglés, simplemente, no nos verá volver? Pues porque en diez años, según estudios, nuestra lengua ha crecido un 8% en el manejo de negocios y cuestiones culturales. Es decir: hoy, en comparación con 1998, nuestro idioma -el mío y el suyo, si me ayudan con los gastos- cierra 8% más negocios y es aprendido-degustado por 8% más cantidad de personas. ¿Y eso es mucho? Bueno, en esos mismos diez años, la cantidad de presencia del idioma francés en los negocios ha aumentado tan sólo un 3%, mientras que el inglés ha descendido en un 2%. Osea que estamos, y estamos bien.
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Yo no sé a ustedes, pero a mí mi idioma, y tener la oportunidad de vivirlo, me hacen sentir muy orgulloso. En la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, a la que asistí acompañado por la hoy veinteañera Malagueña -¡vamos, Malagueña, que decirte diezydiezañera es demasiado!-, se organizó una conferencia titulada -¿alguien sabe la diferencia entre "titulada" e "intitulada"?-: "¿Para qué chingados sirve el español?" En tal ponencia, uno de los expositores, a mi juicio el más magistral de todos, enlistó una serie de precisas -y preciosas- razones que justifican, desde siempre y para siempre, la existencia y el uso del idioma castellano. Entre muchas otras que ya no recuerdo, el expositor, cuyo nombre tampoco recuerdo ya, mencionó la posibilidad innegablemente hermosa y dadivosa de leer a Cervantes, Neruda, Juana de Asbaje, García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes, Del Paso, Allende, Quevedo, Sabines, Benedetti, Rulfo, Arreola y otros tantos genios, en su idioma original. "Y si eso no les basta", agregó el comentarista, "faltará mencionar la capacidad que tiene el español para insultar hasta de ciento ochenta y cinco formas distintas, usando adecuadamente el verbo "chingar" ". ¡No me chinguen, qué idioma tan chingón!
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Yo, orgulloso portador de mi idioma, ni soy experto en él -en ésas ando- ni lo creo el mejor, esto último porque no hay idioma mejor que otro. Pero sí creo, sin dudar ni un poco, que si Homero, Virgilio, Séneca y Platón hubiesen conocido el español, ése, el castellano de los años mozos, hubiera sido el idioma de sus obras y no el griego o el latín. Y, siendo más aventurado, también me atrevo a creer, porque no considero otra posibilidad, que si Dios pudiera hablar con los humanos, lo haría siempre en español.
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¡Salud!

domingo, 17 de febrero de 2008

Chocolaterías.

Nunca he tenido un atasque de chocolate. Me he atascado de galletas, nieve, palomitas de maíz, pero los chocolates han sido siempre para mí motivo alimenticio de reserva. Los veo y, cuando más antojo siento, como dos o tres y luego me voy a otra cosa. Creo que la vida es muy corta como para pasarla sentado o recostado deglutiendo cocoa con masa de lactosa emulsificada y glucosa. .
Pero las cifras que hoy me traen mis informantes, obtenidas de la magestuosmente inútil revista Selecciones -ok, ok, no es tan inútil, pero sí es un documento mensual, testigo digno de leerse, de la histeria y el estrés en que viven los estadounidenses-, decía, pues, las cifras que hoy me traen mis informantes, me demuestran que mi caso es casi inusitado en el mundo actual.
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Hoy, más del 70% de la población mundial ha tenido alguna vez en vida un atasque de chocolate. Dicha compulsión alimenticia, caracterizada por la deglución excesiva del alimento descubierto y modificado por los antiguos grupos mayas de Centroamérica, suele estar ligada a grupos específicos de sexo y edad -mujeres entre los veinte y los cuarenta y dos años mayoritariamente-, así como a períodos prolongados de estrés o depresión clínica no medicada. ¿Y qué tanto es tantito? Pues según mis informantes, que de todo esto saben mucho porque, además de leer Selecciones como bólidos, son unos atascados, científicos del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, en la Ciudad de México, han recibido casos de pacientes que en un período corto de tiempo -entre quince y treinta minutos- han consumido hasta kilo y medio de chocolate. Sí, oyó usted bien, kilo y medio.
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¿Y por qué tanto atasque? Según mis informantes, la cosa está en las sustancias químicas que los chocolates poseen. Una de ellas, la xerotonina, encargada de realizar conexiones interneuronales, parece estar relacionada con la estimulación de la hipófisis para que ésta, glandula bonita, produzca endorfinas, hormonas aún más bonitas que nos ponen -que no nos hacen- felices. Así que sí, comer chocolate nos pone felices, de modo tal que, al comerlas los pacientes depresivos, sus neuronas se enlazan de una manera tan bruta que la cosa se pone feliz. Y si a eso agregamos kilo y medio de estimulante delicioso -porque el chocolate, pocos lo niegan, es rico rico- pues la pachanga feliz deriva en orgía estimulante.
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Pero la cosa se pone fea cuando el hígado intenta deshacer las intrincadas cadenas de carbonos, hidrógenos y oxígenos que forman los ácidos grasos del chocolate. Cuando una porción regular de chocolate bien podría estimular al organismo y generar un buen desarrollo de las funciones corporales, una porción excesiva lo haría trabajar tanto que las consecuencias podrían ser irreparables para los órganos internos encargados de la digestión. ¿Y la engordada? Pues parece que engordar por comer chocolate sería el menor de los daños ocasionados al cuerpo humano por el excesivo consumo de este alimento. Así de rico, así de peligroso.
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La cosa está en que, esto no según mis informantes, sino según yo y mis circunstancias, hoy vivimos más estresados, más deprimidos y, ¡oh, extranjera circunstancia en un mundo de 6,000 millones de habitantes!, nos sentimos más solos. Más que nuestros abuelos y los que les antecedieron. Hoy tenemos psicólogos, psiquiatras y especialistas en la mente como en el pasado había especies de árboles o animales que hoy están extintos. Hoy tenemos más conocimientos, más avances médicos y tecnológicos y más remedios al alcance. Hoy, sin embargo, cuando volteamos nuestros instrumentos de auscultación hacia nuestras mentes para saber cómo fabricar el Prozac, no hemos logrado entender que la cuestión no está en cómo pensamos, sino en qué se nos ocurre pensar. Hoy, tristemente, nuestros avances no logran detener nuestros miedos ni frenar nuestros instintos primarios. Hoy, aún más tristemente, somos seres destinados a comer kilo y medio de chocolate para sentirnos mejor, cuando sentir, más y más triste se pone la cosa, no es igual a vivir. Hoy, con todo y chocolate, no vivimos mejor.
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Yo, por eso, me limito a atascarme de otras cosas... ¡y al que me diga algo lo mando a deprimir!
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¡Salud!

sábado, 16 de febrero de 2008

Paternidad a prueba.

Para La Malagueña, que tuvo un mal rato hace rato,
porque soy tan inútil que apenas puedo hacer esto por ella.
Tuve un hijo. Pocos lo saben. Extraño, ¿no? El proceso de asimilación de esta clase de noticias usualmente tarda un poco, así que no los culpo si al leer esto sufren un colapso nervioso. Colapso, extraña palabra que quizá quedaría mejor para definir el destino de mi primogénito.
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Corría la secundaria, así que había pocas opciones de elegir -vamos, ¿quién elige de todos modos en una escuela de monjas donde llevar uniforme y sacar dieces te convierte en ser humano ejemplar?-. Lo tuve porque de él, de su blanca piel y su relleno de harina, dependía mi calificación en ética dos. Y lo tuve con una de las personas de mi grupo que más dificultaban mis capacidades de convivencia interpersonal, ya ni siquiera alguien que me era indiferente, sino alguien que de verdad me hacía la vida pesada y, remembrando la genial frase de mi amigo El Meromerosaborranchero, "me raspaba".
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Teníamos que cuidarlo por dos semanas. Había que vestirlo, registrarlo como ciudadano y hacer un diario de su existencia y nuestra confrontación con una paternidad temprana. Lo llamamos Joshua Miguel, el primer nombre por consejo de su madre, y el segundo porque a mí el primero me pareció tan poco masculino que, pensé, por lo menos con otra opción no quedaría tan agraviado. Por supuesto que, como siempre sucedía con el resto de las tareas, yo hice todo el trabajo. Cuidé de él, lo arreglé para sus citas semanales con la maestra y le construí su propia cuna de cartón. Por Joshua Miguel aprendí a utilizar la pistola de silicón y es gracias a él, puedo asegurarlo, que entendí que las manualidades no son lo mío, pero que igual no seré tan mal padre.
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Éste último fue quizá el más grande descubrimiento que el experimento trajo a mí: feliz, rechoncho y retozón, Joshua Miguel se conservó en perfecto estado de salud mientras estuvo entre mis brazos. Iba a la plaza conmigo, iba a la escuela conmigo, sonreía en su portabebé mientras me veía hacer mis tareas de español y geografía, y era adorado por su abuela. Cuando por mandato de la maestra tuve que entregarlo a su madre para que cuidara de él durante una semana, temí por la vida y la estabilidad mental del pequeño. Aquí, sin duda, cometí el más grave error de mi paternidad: cedí a la potencia numérica de mi calificación. Con él, la madre -cuyo nombre no mencionaré porque me ha dicho que lee este blog, y no quiero contradecir nuestra situación presente-, se paseó, vivió feliz y tuvo la maternidad más extraña que he visto en mi vida. Cuando acabó la semana, me lo regresó en una bolsa de plástico... totalmente destrozado.
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No es que yo sea sentimental -entonces lo era más que hoy día-, pero el hecho me devastó: por fin lograba criar algo con todo mi esmero que no terminara o suicidándose o en el desván, y su aparente y ficticia madre lo fulminaba y luego me lo entregaba como si nada hubiera pasado. Según sus propias palabras, había sido un accidente: en un descuido, Joshua Miguel había caído al vacío desde el segundo entrepaño de su clóset. Pues sí, descuido o no, el mundo de los huevos rellenos tenía aquel día un habitante menos y yo un hijo fulminado. ¡Quince años y convertido en infanticida!
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Desde aquel día vivo pensando si convendrá o no que la paternidad forme parte de mis metas de vida. Me veo realizado independientemente de si tengo un niño o no, tanto como si tengo a mi lado una mujer para cuidarlo juntos o estoy solo como siempre, como nunca. El punto es que hoy algo me trajo a cuenta mi frustrado episodio de paternidad, y yo sigo creyendo que, si no llego a tener hijos, hurtaré un huevo de mi despensa, le sacaré la yema y lo rellenaré de harina. No se llamará Joshua, pues ya no habrá madres que propongan nombres feminoides. No, le daré el nombre que siempre quise tener, la cuna de cartón que siempre quise tener y la vida que todo huevo de harina merece. Y seré, hasta que algo mejor suceda, un buen padre.
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Ayer fue viernes, ayer tocaba, y no tocó. Alguien está conspirando. Por lo pronto... ¡Salud!

viernes, 15 de febrero de 2008

Viernes azul.

No tiene letra. Es una de las canciones más sonadas del mundo y ningún compositor la ha convertido en poema. Es, hasta donde su propia composición se lo permite, una melodía... pero nada más. Me dicen mis informantes que apareció en la escena del arte auditivo mundial el día cinco de noviembre de 1936, estrenada durante un concierto especial ofrecido en Chicago por el célebre compositor y director de orquesta George Gershwin. Gershwin, compositor de la obra, moriría un año después, legando a la humanidad una de las más grandes creaciones musicales de la historia: Rapsodia en azul (Rhapsody in blue).
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Si no les suena mucho el nombrecito, tienen dos opciones: la bajan de internet, donde probablemente encuentren cientos de versiones interpretadas por cientos de orquestas o solistas, en ritmos como tipos de instrumentos de viento hay en el mundo. La otra opción es más halagadora, y es la que yo más recomiendo: renten Fantasía 2000, la gran obra fílmica que Disney produjo para celebrar el final del milenio, basada en las piezas musicales más grandiosas de la historia del siglo XX. En Fantasía 2000, Rapsodia en azul inspiró uno de los cortos más recomendables de la cinta, que hasta donde sé lleva el mismo nombre de la pieza que la inspiró.
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Rapsodia en azul, refiriéndome al corto de Fantasía 2000, es la prueba más fehaciente que existe en la historia del arte de la ritmicidad, la belleza y la complejidad que caracterizan a la pieza de Gershwin. Rapsodia en azul, la canción, es timbales, tambores, violines, bajos, trompetas, saxofones y no sé cuántos instrumentos más. Rapsodia en azul, nuevamente la canción, forma parte de la banda sonora de más de cincuenta películas -mis informantes han estado más laboriositos que de costumbre-, entre ellas New York, New York y My own Idaho, y tantos capítulos de series que ya ni siquiera se pueden contar. Es la melodía de la recesión, por los años en que ha nacido, pero también es la melodía de la esperanza, la ligereza y la multiplicidad. Como toda rapsodia, Rapsodia en azul es un gran todo que nunca se uniforma, un grito desesperado -y no logrado, porque si lo hiciera no sería rapsodia- por encontrar la unión en la devastación. Rapsodia en azul es, si eso pudiese existir, el track número uno de la banda sonora de mi vida.
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Búsquenla, escúchenla y enamórense de ella. No les será difícil, lo garantizo.
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¡Salud!

jueves, 14 de febrero de 2008

Amor al revés es Roma.

Cosa impresionante. Veinte años en esta existencia y nunca he logrado escaparme de un San Valentín. Quizá sea porque antes los disfrutaba -no me pidan que ponga fotos de mi abominable secundaria, cuando las hormonas me traicionaban tanto que un Gremlin era Jonathan Ryes Meyers a mi lado (homenaje bien servido y merecido a mi hoy soñolienta Malagueña)-. Antes los vivía y deseaba que llegaran. ¡Es que era el amor! Un sentimiento que no sabes para qué pero sirve, de algo funciona, y para el que irremisiblemente vale la pena vivir.
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Pero ya no. Quizá fue en la prepa con las enfermedades, los malos ratos, o los buenos, sí, los ratos tan geniales que te hacen pensar realmente si amar a una persona vale la pena como para dedicar un sólo día al respecto. El punto es que abandoné mi idea del amor ideal, y, todavía más, abandoné la ideal del amor. Creo en él, pero no lo divinizo ni lo sublimo a nivel de sentimiento máximo como generalmente hacen los que creen en él a pie juntillas, olvidándose de otros sentimientos igual de productivos, como la felicidad o la venganza -¿no? si no me creen vean lo que gracias a conceptos como la venganza o la ineptitud ha logrado Quentin Tarantino o Martin Scorsese (¿sí es así, Malagueña?)-.
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Por eso, y porque hoy tampoco salí bien librado y recibí de manos de mi amiga La Zucaritas una tortuga de peluche que está de muy buen ver, y que es muy discreta al tener caparazón verde y no rojo y redondo y no acorazonado, y también porque sigo recibiendo chocolates y paletas aunque ya hayan pasado por mi puerta todos mis amigos posibles, hoy dedicaré esta entrada a hacer una breve, brevísima, reseña de los amores inoportunos más gloriosos del arte universal.
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Ella enloquecida, a punto de morir, él ya muerto, y bien muerto. Ella deseando sus años de juventud y poderío, anhelando su nobleza y sus riquezas. Él, bien muerto. Ella creyéndose niña, iguana, mosquito, puta, perra, princesa, reina, emperatriz de México. Él, bien muerto. Ella, Carlota Margarita Amalia de Bélgica. Él, Francisco Maximiliano José de Bélgica. Ella, "harta de beber, muerta de sed, en las fuentes de Roma". Él, bien muerto. Abrumador, ¿no? Es, o algo así, Noticias del Imperio, del genialísimo y recién nombrado Premio Fil de Literatura 2007, Fernando del Paso. Resultado de diez años de investigación bibliográfica en México y el extranjero, la novela de Del Paso es un verdadero informe ejecutivo de la invasión francesa a nuestro país y el posterior imperio de Maximiliano de Habsburgo. Y es, por sobre muchas otras cosas, un tratado sobre la locura, el amor y la lealtad. Carlota, en la novela y en la vida real, envejeció al saber de la condena y muerte de su amado Max. Al llegar a Vaticano, solicitando pronta ayuda de uno de sus más grandes amigos, el Papa Clemente VI, Carlota se porta como toda una "perdida": negada la ayuda, y muerta de hambre, mete su dedo en el chocolate que el Papa degusta en ese preciso momento, duerme una noche en la mansión papal y luego parte para Bouchot, el palacio europeo en donde muere, creyendo ser reina del mundo, a los 93 años, ya entrado el siglo XX.
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Ella, pareja de un líder de la resistencia antinazi. Él, empresario local. Ella, enamorada de él hasta la muerte o el cansancio, lo que le llegue primero. Él, empresario local. Ella, parte del lugar deseando besarlo una vez más. Para Él, empresario local, "We allways have Paris". Son Rick Blaine e Ilsa Lund, más conocidos como Humphrey Bogart e Ingrid Bergman... o todavía mejor conocidos como Casablanca, la singular, fantástica, excepcional, monocromática y clásica cinta de Michael Curtiz que plantea un amor imposible en la ciudad marroquí durante el período histórico de la Francia del Vichy, en plena Europa nazi. Y sí, al final ella se va con su esposo, ayudada finalmente por un Rick Blaine que ha luchado durante toda la cinta por frenar sus ímpetus amorosos y satisfacer su necesidad de buenos actos. Y no, no se quedan juntos. ¿Y el París que siempre tendrán? Bombardeado por los nazis. ¡Ouch!
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Ella, casi igual a ella. Ella, casi igual a ella. Ella medio hombruna. Ella, medio femenina. Una, medio tehuana. La otra, medio china poblana. Una tiene bigote. La otra, ahí la lleva. Son dos, casi iguales, y han conseguido lo que muchos enamorados ansiosos quisieran: abrir sus corazones y compartir sus fluidos sanguíeos... sólo que literalmente. Una se llama Frida, la otra, imagino, también. Son los célebres personajes del célebre cuadro de Frida Kahlo, Las dos Fridas. Símbolo del surrealismo mexicano, el cuadro no está ni en Coyoacan ni en México, sino en el Moma de Nueva York. Hasta allá llegan los latidos de esas dos mujeres que, además de la mano y el vestido típico mexicano, comparten el amor del camafeo que una de ellas porta: Diego Rivera de niño. Nacido de la separación de la artista con el muralista mexicano, Las dos Fridas es todavía hoy latido punzante que amenaza con desgarrar el corazón de los enamorados que lo miran, y el de los que lo gozan, y el de los que lo viven. Es, además de una representación atípica del divorcio, un homenaje a la separación y al dolor que la misma ocasiona. ¡Una vida en sí mismo!
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Ya fueron suficientes. Mis informantes han sufrido demasiado obteniendo tantan información. Quizá el próximo San Valentín, si ando igual de "antiamor" les traiga algo igual de "antiamor". No lo sé a ustedes, pero a mí tanta palabra me dejó pensando que quizá, después de todo, sufrir por amor inspira tanta cosa buena que los humanos deberíamos sufrir de amor antes que amar. No, esperen... ¿qué no es eso lo que hacemos? ¡Ahora caigo! A que sí.
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¡Salud!

miércoles, 13 de febrero de 2008

466, pero bien cumplidos.

Mañana esta ciudad, que no me vio nacer pero que sí me dio asilo político -a mí y a mi familia- hace 18 años, cumple sus 466. Como verán, el porcentaje que he pasado de mi vida en esta ciudad occidental de mi país no se compara en nada con la cantidad de años que Guadalajara tiene viviendo bajo el título de "Ciudad". Y lo que no ha visto correr por sus calles, las lluvias que no ha contado y los gobiernos que no ha padecido... . Pero hoy, a 466 años de haber pasado su examen de admisión, Guadalajara es todavía la ciudad de las tortas ahogadas, la jericalla, las Chivas y los problemas fluviales. Hoy, a 466 años de su inicio formal de actividades, a Guadalajara todavía se le estanca el agua cuando llueve y Guadalajara todavía crece como si padeciera gigantismo. Hoy, a 466 años de que Beatríz Hernández soltara aquella célebre frase de "El rey es mi gallo y yo aquí me quedo en su nombre", harta de andar peregrinando durante años y hacer otras tres infructuosas fundaciones, como si nada más hubiera por hacer en el mundo que no fuera fundar ciudades, hoy, a 400 años de la rendición casi final de los grupos caxcanes de la zona, Guadalajara es todavía la ciudad de la desigualdad y de la marcada asintonía entre las clases sociales que en ella conviven. . Guadalajara no supera a los pedigüeños en los cruceros, a los cada vez más agresivos limpiaparabrisas de las esquinas y la cercanía de los altos mandos católicos con los altos mandos gubernamentales, quienes siempre hacen pensar que política y religión son dos cosas que mezcladas, cuando no forman un vomitivo, pueden causar la muerte. Guadalajara, hoy por hoy, sigue sufriendo las injurias impuestas por los capitalinos, que se limitan a llamarla "provincia", como si entre nosotros y Yucatán hubiera práticamente la misma diferencia que la que hay entre unas Chips de Barcel y unas papas Sabritas. . Guadalajara, hoy por hoy, sigue siendo ferviente creyente católica -hay que ver su catedral plagada de fieles durante las misas dominicales para entender su disparidad religiosa respecto a otros países como, por dar un ejemplo, los de la Unión Europea-. Guadalajara, hoy por hoy, tiene problemas de basura en sus calles, graffiti en sus muros e inseguridad en sus barrios. Guadalajara, hoy por hoy, pierde espectáculos de talla internacional a falta de más y mejores espacios de expresión artística y espectacular. Guadalajara, hoy por hoy, sigue siendo conservadora y puritana, aunque, ¡oh, bella sinrazón que nada entiendes!, sea Guadalajara, hoy por hoy, la capital gay de la República Mexicana. . Esta es la Guadalajara de hoy. Cosas que no cambian forman sus portales y canteras, y el rítmico fluir de los años baña sus parques y jardines, y llena sus fuentes. La Guadalajara de hoy quiere ser Capital Mundial del Libro en 2010, sede de los Juegos Panamericanos en 2010 y capital de la república el día que sea. Porque, por sobre todas las cosas, Guadalajara hoy sigue sufriendo un irreparable fracaso: es todo, menos la capital del país. . ¡Salud! (y felices 466)

martes, 12 de febrero de 2008

"Quo vadis, domine?"

Así lo dijo él, que no yo. A mí se me aparece y me hago de la vista gorda. La frase, célebre hasta donde mi egocentrismo me permite dilucidar, la dijo, en un pasaje no muy claro de la tradición cristiana, el apóstol Pedro a su jefe, Jesús de Nazareth, cuando, ya muerto, resucitado y elevado al Cielo su señor, éste se le aparece para hacerle ver que debe volver a Roma -ciudad de la cual se haya huyendo, urbe representante de la persecusión cristiana- para morir por él. Así, a la interrogación latina que Pedro elabora para su señor, éste contesta -y lo digo en español porque no me la sé en latín-: "A Roma, Pedro, para ser crucificado por segunda vez".
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Les digo que yo me hubiera hecho buey, pero si ya de plano mi innata necesidad de comunicación me hiciese abrir la boca y preguntar con curiosidad: "Quo vadis, domine?", hubiera escuchado la respuesta de Cristo y hubiera dicho, no con menos curiosidad: "¿Sí? Pues wow". No es que tema a la muerte, sino que morir por alguien me resulta de lo más inimaginable.
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Como habrán averiguado, sino por lo que acabo de escribir sí por algunas de mis entradas, que no todas, soy el ser menos enamorado que puedan imaginar. No es que no me enamore, no, ni que fuera Terminator en versión azteca -fayuquera y traqueteadona, con chispas irrenunciables integradas-, me enamoro, claro, pero controlo mis enamoramientos. Así que no, no declaro nunca: "Moriría por ti", o, peor aún, "Moriría sin ti". ¿Cómo diche que dicheeen? Pues ni que la vida se ofertara a granel en el mercado, o costara lo que una Coca-Cola de 600 ml. Vale tanto la condenada que yo todavía creo que subastarla es la única forma certera de usarla para obtener cuantiosas cantidades de dinero. No más, no de otra manera.
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Y si no moriría por alguien, claro está, y porque uno no puede menos que admirar la osadía de otros que hacen lo que uno no se anima a hacer, admiro la figura emblemática de ese apóstol Pedro que, viejo y achacoso, da media vuelta ante el mensaje no del todo claro que le ha dado su señor, regresa a Roma y muere crucificado -¿de cabeza? No, gracias, de pies y manos-. Esperen... ¿lo admiro o lo coloco en el banquillo de los acusados? No, de verdad lo admiro, pues si bien yo no quiero enamorarme -grave error, ya lo sé-, entiendo -o por lo menos respeto- las razones que llevan a otros a ofertar la vida a cambio de la tranquilidad de otros seres humanos.
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Sí, bueno, no digo que Cristo no sea algo más que humano, algo divino, pero para que Pedro lo conociera tuvo que hacerse carne y habitar entre nosotros -nota culta proveniente de mis años legendarios como hijo prodigio de catequista revolucionaria-. Así que sí, Pedro, humano, dio la vida por Cristo, humano divino. Así las cosas, así mi parecer, así la frase.
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Lo repito y lo sostengo al repetirlo: "Quo vadis domine?" "A Roma, Agustín, a ser crucificado por segunda vez" "¿Sí? Pues wow y chido tu cotorreo".
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¡Salud!

lunes, 11 de febrero de 2008

Ganar la casa.

Shock. Así defino el día. Declaraciones, observaciones, captaciones, disertaciones, eliminaciones, este fue el día anual -eso espero, con uno en 365 basta- de las "ciones". Yo no sé qué habré hecho para merecerlo, pero hoy hubo de todo... como en carnaval veracruzano. Por razones de seguridad -muchos implícitos en ciertas "ciones" leen este blog constantemente- no enumeraré -como quisiera- toda la cantidad de acontecimientos "shockeantes" que se sucedieron hoy, sino aquéllos, únicamente aquéllos, uno solo, de hecho, que no podría costarme una amistad... o la vida.
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Aunque no lo saben ustedes, pero seguro lo averiguarán si revisan la lista de libros de cabecera anexa a este blog -comentarios abstenerse al respecto-, una de mis novelas favoritas -por el momento de mi vida en que la leí, por las circunstancias de mi vida en que la leí, por lo mucho que la leí, por lo mucho que recomiendo que la lean- es La casa de los espíritus, de la chilena -nacionalizada estadounidense, que no norteamericana-, Isabel Allende. No, en este momento me contengo y limítome a hablar no de lo mucho que me gusta, no de lo mucho que admiro la capacidad que tuvo Allende, en su ópera prima, de elaborar un "tejido narrativo" suficientemente fuerte como para sostener una enunciación brillante de cincuenta años de la vida de un país -Chile- a través de la narración de la vida de tres generaciones de mujeres, o tampoco de lo mucho que admiro a Allende por su capacidad para aceptar la nacionalidad gringa pese a las inevitables críticas de la que la hicieron presa fácil todos sus lectores y admiradores latinoamericanos -vamos, vamos, se necesita valor para pasarse al bando de los "malos" y seguir escribiendo en el idioma de los "buenos"-. Hoy, aunque ya lo hice, no voy a demostrar mi fanatismo.
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El punto es que, después de mucho sufrir porque en mi carrera Allende es, no sólo criticadísima sino repudiadísima -que si no es literatura lo que hace, que si lo que hace no es nada, etc., quéseyo- hoy un profesor la ofertó como opción para elaborar un trabajo de análisis literario sobre un autor latinoamericano. Al terminar la clase, cuando yo sonreía como idiota pensando en el prólogo de mi "magnus opera", La Carlos se acerca con su sonrisa coquetona y me dice sagazmente: "Agus, te están ganando a tu Chavela". Mi cara de pendejez extrema delató mi insuficiencia mental: "¿Y?". La Carlos contrataca: "Pues que los autores analizados no se pueden repetir". Miré, zoom de por medio a mi rostro afligido, la cara feliz y rebosante de La Lonja siendo admitida por el profesor de la asignatura como "analista oficial de Isabel Allende". ¿Que si me desmayé? Lo hubiera hecho de buena gana, pero estaba demasiado preocupado por procurarme otro autor "delicatessen" como para andarme afanando por ejecutar un desmayo de actuación oscareable.
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Ni hablar. Allende será para la tesis. Y ésa, querido mundo, será mi venganza contra la prontitud de La Lonja y su poca capacidad para entenderme -¿egocéntrico yo? ¡nombre!, total, ¿qué tanto es tantito?-. Y si La Lonja no se agarra, en una de esas hasta sale trasquilada -como notarán, La Lonja no es mi amiga ni por asomo de infelicidad-.
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Es lunes, lunes de guácalasmequieromorirsalebye. Así que no toca, y no tocará hasta dentro de... el viernes, pues. Mientras tanto...
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¡Salud!