sábado, 19 de enero de 2008

Narcomex.

Han llegado a mis oídos noticias escandalosas de la ola de violencia que ataca el norte del país. Ayer tan sólo, me dicen mis informantes, más de veinte personas murieron en diversos tiroteos suscitados en ciudades como Tijuana, Baja California, y Ciudad Juárez, Chihuahua. ¿El motivo? Quizá una de las más grandes lastras que acarrea este país: el narcotráfico.
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No, si han entendido que yo estoy a favor de un movimiento multinacional, bélico y a todas luces anticonstitucional, que acabe, a fuerza de balazos y sembradíos de miedo ("Estamos trabajando para que la droga NO llegue a tus hijos", uuuy, ¿no sintieron mello?), con un problema que tiene sus raíces en un cúmulo de situaciones históricas mucho más controvertidas que la imposición de un negocio ilítico, si están creyendo que acato las normas del gobierno calderonista -por el que yo, sobra decirlo, sí voté- y que creo fiel y ciegamente en sus disposiciones, están malinterpretándome.
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No creo que la solución al narcotráfico sea una guerra armada (basta ver las malas trazas por las que ha atravesado Colombia en su intento por erradicar a fuerza de plomo a un narcotráfico cada vez más radicalizado); pero tampoco creo que el narcotráfico no sea una de las más grandes injurias que sobre México han caído: en el extranjero, y esto no me lo han dicho mis informantes, sino mi hermano, que va y viene continuamente y justo ahora se encuentra en un viaje de maestría por diversos países de Europa, México ya no es nada más el país del marichi, el tequila y Juan Rulfo, sino también el país de Caro Quintero y La Reina del Pacífico. Duele decirlo, pero los millones de pesos que el gobierno mexicano gasta en promoción turística se están yendo a quiénsabedónde con la presencia, cada vez más arrigada, del narcotráfico mexicano -y sus acciones violentas, desconsideradas, vengativas-, en la concepción/asimilación de nuestro país en el extranjero.
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El narcotráfico no se solucionará más que con la entrada en vigor de un modus operandi gubernamental cada vez menos fraudulento y más lícito. ¿Pregúntenme si esto es posible? ¿Si la mordida, el "ahí mañana", el "ya merito" y otras tantas penurias que como raza acarreamos, pueden ser erradicadas? Quisiera pensar que sí. El narcotráfico es el resultado del policía federal que recibe a cambio de su silencio su casa en Cancún, el secretario que se hace "de la vista gorda" al ver pasar los paquetes de marihuana en la aduana fronteriza, el encargado que, por cada diez toneladas que reporta, se queda y distribuye dos o tres. El narcotráfico es el resultado, pues, de una asquerosa e ilimitada "cadena de corrupciones", de la que somos parte todos, tanto el que participa activamente en ella, borrando, ignorando, abrazando, asimilando, tragando, drogando, distribuyendo, como el que se queda callado, ensimismado, pensando, analizando, sentado.
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Otra solución, aquí un tema escabrozo, es la de una legislación que permita distribuir y vender la droga en nuestro país, como se hace, por ejemplo y con debida distancia, con sustancias como el alcohol o el tabaco. No lo sé, eso sería harina de otro costal, y hasta de otro blog. Lo que sí es importante precisar es que la ola de violencia no es sólo un invento del gobierno para asustar a los ciudadanos y obligarles a tomar medidas personales en el asunto, a participar en el "combate" al narcotráfico: es una realidad, cargada de peste y muerte, que nos acecha a todos, participemos en el negocio ilícito o no. Ahí se las dejo.
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¡Salud!

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