domingo, 20 de enero de 2008

Fahrenheit 451.

Un mundo sin libros. Un mundo sin la capacidad creadora, curativa, dadivosa, de la palabra. Un mundo sin la letra vuelta frase y la frase vuelta página. No sé ustedes, pero yo me volvería loco en un mundo así, sin los encuadernados, las portadas y los personajes, los pensamientos, los ambientes y los números al final. .
Fahrenheit 451, la excepcional novela de Ray Bradbury que apenas hace tres minutos terminé de leer, plantea la existencia hipotética de un mundo así: combulsionado por guerras deformes, inconsistentes más que cualquier otra guerra, el mundo de Montag, el protagonista de Farenheit 451, posee una sola sentencia de vida: "Hay que ser felices". La gente que habita el mundo futuro en la novela de Bradbury tiene que ser feliz, está obligada a serlo. No ser feliz, de hecho, es un delito. Y los libros hacen pensar, y pensar limita la felicidad, a menos en los parámetros que todos los humanos consideramos como tal: sonrisa fingida, risa allanada, mirada perdida. El ser feliz en estos límites es un ser cuya felicidad parte del alienamiento. Y los libros causan desalienación, sacan al ser de su capullo de cristal y lo enfrentan con su realidad, con su existencia abandonada en un mundo naturalmente desolado. Por eso los libros están prohibidos, porque pensar está prohibido. Y para evitar que la gente lea, existe un escuadrón de fuerzas especiales, llamadas simplemente bomberos, que queman cualquier rastro de libro que encuentran y se ajustician a su poseedor.
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Me dicen mis informantes que la novela ha sido censurada en muchas de sus ediciones desde su primera aparición, ésta en 1956. También me informan que existe una versión cinematográfica de la novela, ésta en 1966. Y como no se pueden quedar callados, me dicen también que el escenario apocalíptico que la novela plantea le surgió como idea a Bradbury cuando leyó sendos libros sobre la quema de ídems durante el medioevo y la amenaza nazi en Europa.
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Pero ese no es el escenario actual. Hoy, aunque el libro aveces se nos olvide como recurso de vida alternativa, el material bibliográfico es todavía presencia excelsa e incomparable. Basta subirse con un libro al camión para que la gente lo vea a uno con rostro estupefacto, le quieran adivinar la portada del que lleva en la mano y luego le dirigan de nuevo a uno la mirada para casi guiñarle un ojo en un afán de coquetería y de: "Eres inteligente, ¿puedo hacerte preguntas difíciles para que arregles mi vida?"
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Yo, mea culpa, sí he quemado libros. Los quemo al abrirlos y nunca cerrarlos, o al comprarlos y nunca abrirlos. Pero también los he quemado en la extensión literal de la palabra: un ejemplar de Santa, la insufrible novela de Federico Gamboa. Si en estos tiempos, al contrario del escenario falta-futurista del libro de Bradbury, se castigara al quemador de libros, yo aceptaría mi culpabilidad, me entregaría a la justicia... pero lo volvería a quemar. No creo que haya libro más malo en este mundo, ni que más pueda dificultar la tarea lectora a una persona. Tiene muchos problemas, tanto el libro como Gamboa, y eso no es cambiable. La pena es que se le considere una obra clásica. Y si hubiera tribunal de quemadores de libros, ¿por qué no un tribunal de libros? Porque no hay libros buenos ni malos, creo yo, sino lectores deficientes. El problema es que Santa hace deficiente su lectura, y aún así sigue siendo considerada obra clásica...
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Bueno, yo me despido recomendando la lectura de Fahrenheit 451. Es tiempo de recordar, aunque sea por un libro, que los libros estarán siempre ahí, los leamos o no, sobreviviendo al tiempo. ¡Bendito invento!
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¡Salud!

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