miércoles, 30 de enero de 2008

Ciencia ficción, luego existo.

He recibido hoy una noticia que me tiene pensando. Y ya es mucho que yo piense. En pasada consulta con su doctora y amiga, mis padres -mi padre en particular- recibieron el consejo por parte de dicha galeno, a quien por motivos de causa de honor llamaré simplemente La Atinada, de leer, a partir de ahora y hasta que la receta caduque -se vale llamar por la mañana para ver cómo sigue el paciente-, sólo novelas de ciencia ficción. La Atinada -a quien un inmenso buen humor y un constante acto de "limitación" (que yo agradezco) de las histerias de mis padres caracterizan- lo dijo categórica: "Con esas no piensa, don Benjamín, y no pensar le va a hacer bien".
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No, no estoy reclamando nada. Al contrario. Agradezco infinitamente que le pida a mi padre que ya no piense, y es que él es de esos seres humanos que no pueden dejar de hacerlo, aunque ello les simbolice la pérdida de ecuanimidad mental. Se lo agradezco y aplaudo la sugerencia de salud. Mi problema, en realidad, viene de la idea de que no creo, siendo más sincero que de costumbre, que las novelas de ciencia ficción limiten el pensamiento con su lectura.
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Yo, por mi parte, no muy gustoso de ese subgénero literario, me encuentro en estos momentos leyendo un material que, a parte de pensar, me está haciendo escribir. Se trata de 1984, el singular drama de George Orwell que inspiró, entre otras muchas cosas, el proyecto mundial del programa Big Brother. 1984 plantea, en general, un mundo futuro constantemente vigilado por el Sistema, el Estado, donde la gente, más que no pensar, está obligada a observar escenas de guerra y desolación en cine y televisión, al tiempo que es constantemente monitoreada por las autoridades gracias a instrumentos tecnológicos a ello destinados.
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Sin noción de intimidad, el ser humano se convierte, ya lo decía antes entre líneas Milán Kundera, en un inadaptado social, condenado a no poseer ideas sustanciales para el desarrollo social de cualquier individuo, tales como identidad -desnudos, todos somos iguales-, pudor y propiedad privada.
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Como verán, 1984 ya me hizo pensar. Empiezo a creer que La Atinada lo que quizo en realidad fue proponer a mi padre que se la lleve tranquilo. Yo que ella, mejor, le recomendaba lecturas profundas, concientizantes, de dramas de la talle de Condorito o La Pequeña Lulú, porque si lo pone a leer a Orwell, Wells o Verne, ya'stuvo que lo va a tener que ir a visitar a urgencias para dar su parte médico.
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O quizá la ciencia ficción a la que La Atinada se refería es la cinematográfica, presente en cintas míticas como la saga de La Guerra de las Galaxias o Viaje a las Estrellas. Ahí sí, coincido con ella, no es tan necesario pensar para observar y entender las tramas. Yo, por lo pronto, me niego a dejar de pensar, y si descubro que la ciencia ficción está fraguando en contra mía un alegato para apagar mis funciones cerebrales... ¡me la renuncio y me le voy!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Dame el número de esa doctora, yo necesito que me receten no pensar. Besitos y salúdame a tus hermanitas, a tu papi, a Santa Margarita y... no, no lo he olvidado a Benjamín.