jueves, 31 de enero de 2008

Cero y van dos.

Con dos noticias conflictivas llegan hoy mis informantes. Una, me refresca una vieja idea que, desde mis años de secundaria, había yo dilucidado. La otra, mucho más dolorosa, más bien detonadora de impotencia, me sorprende con el mismo ritmo decadente con que baila algún tango demencial en mis oídos. La primera me llega desde China; la segunda, roza mis sentidos desde un poco más cerca, los Estados Unidos.
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La primera es desoladora. Me dicen mis informantes que el día de ayer fue detenido en Beijing un hombre que había saturado las líneas de asistencia técnica de su compañía telefónica porque, así lo dijo, se sentía infinitamente solo. El individuo había hecho más de 600 llamadas en un día, a una línea donde la operadora, simplemente, tiene que hacer su trabajo y no limitarse a escuchar los problemas existenciales -o solitarios- de un hombre cualquiera. No sé si en China existan líneas de apoyo sicológico -mis informantes no me traen nunca los datos completos, se solicitan informantes-, pero lo cierto es que las necesitan, urgentemente. ¡Ouch! He sentido en este momento el jalón de orejas de mi amiga La Malagueña, que casi siempre, por alguna razón extraoficial, tiene ideas más acertadas que las mías. Me dice La Malagueña que en China no necesitan líneas de apoyo sicológico, donde la gente pueda hablar con profesionales limitados a escuchar y dar consejos. En China, a su parecer y con todo y que ella es socialista, la gente necesita amigos, muchos amigos, y frecuentar la amistad de esos muchos amigos, aunque se contradigan las políticas ecualitarias del Estado chino. Y si La Malagueña tiene razón, entonces yo ando mal. Y si ando mal, entonces quizá necesite... ¡amigos que no me contradigan!
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La segunda noticia, la proveniente de los United States, me tiene restregando la cabeza contra el monitor. Esta mañana, cuando todos trabajábamos y pensábamos en ayudar a mejorar la calidad humana de nuestro mundo -ajá, bueno, no del todo, no todos-, murió tranquilamente, en su cama, soñando quién sabe con qué paraíso perdido, el padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y acusado de pedofilia por al menos dos adolescentes españoles -hoy ya adultos incapacitados para desarrollarse en el entorno social-. Por supuesto, Maciel muere sin ser juzgado, y, peor aún, murió creyendo en su inocencia, aunque pocos en el mundo se la crean a él. Murió soñando con ver a Dios, y Dios demostrará que es injusto si, ante las pruebas, se le deja ver. Con su muerte, se cubren de desesperanza los ojos de la justicia -si ya era ciega, imagínense ahora-, se vacían las arcas de la convivencia-social-plena y se miran desoladas nuestras capacidades de confiar en un mañana mejor. Ni hablar, porque donde la muerte manda, callan hasta los valores universales.
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Me voy pensando en qué tanto hemos avanzado -humana, espiritualmente hablando- como sociedad y qué injusta y antidemócrata suele ser la muerte. Al final, me imagino, frente a mis palabras dirá, sentada en su trono majestuoso y blandiendo su guadaña: "¿Ah, sí? Pregúntame si me importa".
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Réplica de La Malagueña: mañana me mirarás a los ojos mientras me dices que no me necesitas.
En cuanto a lo del fundador de los millionarios de cristo: "dios lo tenga a fuego lento", diría César.