lunes, 31 de diciembre de 2007

Año huevo.

Otro año nuevo celebraremos hoy. Otro cúmulo de días en los que vivimos, sonreímos, quizás, los más dichosos, amamos, sentimos, acumulamos experiencias. Y así, sin más, se va. Quizá soy un histérico, no, esperen, sí, soy un histérico, ¿pero no les causa escosor el hecho de que celebremos un año más como si fuera maravilloso dejar que la vida se nos vaya? . Va, lo acepto, amanecí pesimista. Fue un excelente año, no me puedo quejar, con muchos avances y pocos retrocesos, estos últimos más bien pueden ser considerados como aprendizajes dolorosos. Pero, ¿qué quieren que haga si de todos modos, haga lo que haga, terminaré esta noche comiendo uvas desaforadamente y gritando hasta quedar afónico alegrías y prosperidades?
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No sé ustedes pero yo celebraré con amigos, porque mi familia para estos "menjurges" resulta bastante tradicional, y yo lo que quiero es deschongarme. Mi madre hará lassagna y, créanme, esto es lo único que me duele -mi lassagna no, ni que fuera yo buffet italiano, la que ella hace, que si se pierde duele de locura-. No sé qué hagan mis amigos pero presumo que ese platillo será 90% alcohol y 10% botella de cristal.
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¡Ah!, ya casi lo olvidaba. Me dicen mis colaboradores que el año nuevo chino se celebra entre el 31 de enero y el 21 de febrero. Osea que mientras nosotros ya hicimos propósitos, ya compramos máquinas y fajas para adelgazar, ya regulamos nuestros carbohidratos y, acto seguido, ya mandamos todo lo anterior al calcetín, los chinos van comenzando amenas con semejante "delirius añus nuevus". ¿Qué desorganizados seguimos siendo los humanos, verdad?
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Me despido. No sé si escriba mañana -todo depende de cómo les haya quedado el "sufflé de alcohol"-, pero lo más probable es que aquí esté y hable de... no sé, de lo que siempre hago, de cómo no le entró el agua al coco o de cómo le entró pero, a falta de espacio habitacional, se le terminó saliendo. ¡Feliz año!

domingo, 30 de diciembre de 2007

El cuento número trece.

Me encuentro leyendo un libro -bueno, bueno, sé que soy un lector bastante distraído y que dejo a la mitad mis lecturas para regresar a ellas mucho tiempo después, pero ¡vamos!, al final siempre las termino-. Decía, pues, que me encuentro leyendo un libro que me ha dejado bastante conmocionado -¿alguien conoce la diferencia entre "conmoción" y "emoción"?, me gustaría conocerla-. El nombre de dicho libro es El cuento número trece, y su autora, novata pero sorprendentemente buena, es Diane Setterfield, una mujer inglesa que, según me comunican mis informantes, ha dedicado toda su vida a ser maestra de literatura inglesa y francesa en el Viejo Continente.
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Como decía, la señorita Diane -ignoro si es señora, y para no decirle "seño", pues le hacemos el h. favor- escribe con una maestría que resulta sorprendente en alguien que, a pesar de haber dedicado toda su existencia a la enseñanza de lo escrito por otros, nunca había considerado seriamente, hasta ahora, escribir sus propias historias. Habrá seguramente quien me diga que no es ninguna novedad: tanto amor por la literatura, la hace buena escritora. Seguro, no niego que los que mucho leemos pronto aprendemos a escribir -y escribir no en el sentido alfabético o meramente comunicativo de la acción, sino en razón al entrelazado de personajes, tiempo, espacio, narradores, trama, etc-. Pero tampoco niego que, por más que se lea, escribir requiere de un talento nato que, lamentable o afortunadamente según el cristal con que se mire, no cualquiera posee. Y Diane Setterfield lo lleva, según se lee en su propia novela primeriza, en la sangre y bien metido.
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El cuento número trece, por lo menos hasta donde lo llevo leído -vamos, no se asusten, es más de la mitad-, cuenta la historia de Margaret Lea -a pa' apellidito, ¿no?-, una chica bibliotecaria solitaria y abstraída -rayando, ciertamente, en la estupidez-, que es requerida -contratada no, de verdad que no- por una de las escritoras más famosas de Inglaterra, la prolífica Vida Winter, para que escriba la historia de su vida, justo en los años finales de su existencia. Se preguntarán cómo una famosa escritora no ha tenido antes una biografía, ni se ha preocupado siquiera por hablar correctamente de su historia personal -omití antes el hecho de que, en sus años de éxito, siempre que le han preguntado sobre su vida, ha contestado con una historia distinta, siempre ficticia, en la que ella ha sido invariablemente la protagonista-. Pues bien, todo parece indicar que ese "mutismo" que rodea cada una de las acciones vitales de Vida Winter está justificado en una infancia trémula y dolorosa, del puro estilo de Cuna de Lobos, pero más chingüengüenchón. Y, aquí lo interesante, su turbio pasado involucra la existencia de una gemela desaparecida que, según me indican mis instintos de ávido lector, caló fuerte en ella más que ninguna otra persona.
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Vale la pena que lean El cuento número trece si lo ven por ahí, ya en una librería, ya en una biblioteca, ya en el librero personal de un amigo o conocido. Es una de esas historias que, lejos de pertenecer a una específica cultura como lo es la inglesa, viajan inevitablemente en el mar de la universalidad, lo que, justamente y aunque me odien los puristas de la crítica literaria, lo hace literatura.
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PD: No confíen en quienes dicen que no es bueno leer novedades editoriales. A menos este caso rompe la regla y fabrica la excepción.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Mi propio Jengibre.

Hoy tuve reunión extraordinaria con una gran amiga -cuyo nombre no omitiré, por respeto al lector, pero sí alteraré, por respeto a la confidencialidad de mi amiga, llamándola (en simple y bella relación fonética con su nombre real) la Zucaritas-. .
La Zucaritas, en uno de esos actos belicosamente amistosos que la diferencian del resto de los mortales, tuvo a bien (¿de dónde habrá surgido semejante construcción verbal, "tuvo a bien"?) regalarme una reproducción tamaño casi natural de uno de mis favoritos personajes de dibujos animados -gracias al cielo, secundario en la historia en la que participa-: Jengibre, la simpática galletita de Shrek.
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Ahora mismo la estoy viendo aquí a mi lado, sentada sobre la cama, y me surje una pregunta altamente peligrosa para la amable población blogera -¿es así o "bloggera"?-: ¿cuántas veces no deseamos durante los años de nuestra infancia que una amada figura caricaturesca apareciera junto a nosotros y velara nuestros sueños? Imagino la cantidad de niños que alguna vez desearon a su lado un Genio, o una Mary Poppins, o a un Teletubie -ok, que quede claro, el degenerado que alguna vez deseó a su lado un Teletubie no merece mi consieración ni mi tiempo, cierre este blog y dedíquese a tomar terapia hasta que pueda llevar una vida social aceptable-.
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¡Y peor aún! Imagino la cantidad de niños que, deseándolo, no vieron a su dibujo animado en peluche junto a ellos porque, simple y llanamente, nadie se encarba de fabricarlos en México. Me dicen mis informantes -que de esto saben mucho porque vivieron su infancia en las épocas doradas de los 70's y 80's- que en México existía una fábrica, de nombre Lilí LeDi, que irrevocablemente poseía las marcas y logotipos y fabricaba toda cantidad de juguetes, como la colección completa de La Guerra de las Galaxias y otras tantas fantasías cinematográficas. Lamentablemente, Lilí LeDi nunca fabricó Bugs Bunnies, Mickies Mouses ni Blancas Nieves.
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¡Y ahora yo tengo mi propio Jengibre! Y no, no está hecho en México, y sí, Lilí LeDi fue absorvida por una serie de transnacionales como Matel o Hasbro para evitar bancarota, y sí, es chino -¿tendrá adentro de su crujiente cubierta galletosa un papelito con la suerte?-, y no, no me arrepito de recibirlo como regalo a pesar de mi nacionalismo porque, sobre cualquier arrebato mercantilista, ¡viva el libre comercio arrasador de las nuevas décadas que le permite a los niños extraviados del ayer y los adelantados de hoy tener sus propios ídolos de caricatura en peluche!

viernes, 28 de diciembre de 2007

Si de leer se trata.

Me dicen mis informantes algo que confirma lo que ya es más que sabido por toda la población mexicana, por lo menos la enterada de la situación de la lectura en nuestro propio país: en México, se compran -¡vaya usted a saber si se leen!- 41.6 millones de ejemplares de El Libro Vaquero al año, la célebre revista de historietas sexual-aventureras que se venden en los puestos de revistas a lo largo de todo el territorio nacional.
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Si hago uso de mis reducidas capacidades numéricas, imaginaré 50 páginas por Libro Vaquero, lo que dará lugar a un total de 2080 millones de páginas impresas. Ahora dividiré esos millones de páginas entre 180 que son las que tiene en promedio un ejemplar de El laberinto de la soledad, el fabuloso libro de Octavio Paz que versa sobre la esencia del mexicano. ¿Cuántos laberintos podríamos armar con los vaqueros mencionados? Agárrese de la silla: 11.5 millones y un tanto más. En la república mexicana existen, según no mis informantes sino el eficiente INEGI, poco más de veinticuatro millones de hogares habitados, lo que quiere decir que, en por lo menos uno de cada dos hogares, si toda la impresión de libros vaqueros se destinara a imprimir laberintos de la soledad, el libro de Paz estaría presente y, con un poco más de suerte, sería la "bebida mental" de cabecera de gran parte de la población, una población que, reconocida en sí misma, o negándose a ídem, recibiría un aprendizaje personal sustancial y se propondría una adecuación elemental en sus maneras y sus formas de pensar.
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Pero ni El Libro Vaquero dejará de editarse ni todas sus páginas se destinarán a otros libros un tanto más "informantes". Quiero dejar en claro que no dudo que El Libro Vaquero sea un material útil y entretenido para gran parte de la población, pero el día que dejemos de ver a la lectura como un simple acto de entretenimiento -por no decir "desaburrimiento"- y le demos el lugar que merece como el arte que es -sí, la lectura también es un arte, una fábrica interminable de pensamiento y sabiduría-, estaremos más preparados para acceder a más conscientes y provechosos hábitos lectores

Cumplir...

Me dicen mis informantes, en un tono casi de amenaza, que a partir de ahora -los 20 cumpliéndose-, los años se van más rápido. Si alguien pudiese hacerme el endiablado favor de decirme si esto es cierto, se ganaría mis consideraciones y, quizá, alguno de mis pares de calcetines deportivos.
Pues sí, yo cumpliendo veinte y celebrando en un magnífico desayuno donde, nervio aparte, se me ocurrió juntar -que no revolver- a amigos que, en cierta forma, representan las más geniales etapas escolares de mi vida -de secundaria hasta lo que llevo de profesional-. Temí por los nervios de algunos y las inconsistencias de otros: me encontré -gratamente, no he de negarlo- con que, sobre todo, sé escoger bien a mis acompañantes de camino vital, gente comprometida con su futuro -unos más que otros, claro-, su familia, sus amigos y sus ideales, su país. Temí por el encuentro de tres mundos tan diversos y el resultado fue algo similar al Descubrimiento de América pero con menos muertes culturales.
Tras el mexicanísimo desayuno, comimos -ahí sí nada más mi familia (que, comó diría Germán Dehesa, es también suya si me ayudan con los gastos) y yo- comida asiática -¡se me hizo probar el tofu!- y luego vinimos a casa porque ya era demasiada tragazón y luego acabaríamos como chiles jalapeños en salmuera.
No lo sé..., tras lo vivido hoy, si alguien me dijera que la vida se va veloz después de los veinte, pediría la oportunidad de vivir más lento que la mayoría, o más rápido, digo, para volver al punto de partida y comenzar de nuevo.

jueves, 27 de diciembre de 2007

La verdad de las cosas...

Caí en la tentación. La idea me estuvo rondando en la cabeza, taladrando los sentidos como por dos semanas. Hasta hace unos días, incluso, todavía me limitaba a pensar que los blogs son un pésimo modo de comunicarse en un mundo que parece restarle cada vez más espacios a la página publicada en "mundo real". Ahora resulta que cualquier hijo de Margarita -mi caso- puede sentarse y escribir lo que le dé la gana, para que otros hijos de vayausteasaberquémadre le digan lo que piensan. Pues sí... hasta hace unos días yo pensaba mantenerme excento de esta nueva ola de "ciberparloteo", pero caí en la tentación porque descubrí que, como asiduo lector, siempre hay algo que decir a los demás. No sé cuánto dure esto, ni si la desidia, la flojera o el cansancio me harán retornar a mi idea nada agradable hacia los blogs, pero mientras así ocurra intentaré escribir hasta sobre lo imposible en este espacio.
PD: Quizá se deba todo esto a que estoy cumpliendo en estos minutos veinte años... y por aquello de que la vida se va y yo ni tengo hijos, ni planto árboles ni escribo libros...