lunes 2 de noviembre de 2009

30 días.

Para Ch., por los treinta PRIMEROS días... y el redescubrimiento de las calles del Centro en domingo, y el amor, y la naciente arbolfilia, y el reencuentro con el Agua Azul, y el apoyo, y la nueva forma de ver los salchipulpos y las donas de Wal Mart, y el raspado de mango, y la cena especial, y las promesas, y el masaje, y el Telmex, y...
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Si Dios hubiera sido más inteligente, hubiese creado el mundo en treinta días. El caso es particularmente delicado: en los primeros siete se conocen los ingredientes, se preparan las mezclas, se miden las distancias, se adueñan los pasos. Los siguientes siete son de arduo trabajo: se bebe el mundo a sorbos ligeros, se ama mucho, se conversa aún más. En los siete que siguen se habla de otros mundos, se conocen otras personas, se afianzan las cosas y se les otorgan nombres. En los últimos siete, el mundo descansa, porque para crear hay que amar, y el amor requiere descanso.
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Yo estoy cumpliendo un mes. Un mes de hacer las cosas como Dios manda. Tú no crees en Dios, lo sé, pero él sí cree en ti. Mucho. Mi Dios, al menos, sí lo hace. Tiene la confianza absoluta de que estarás a mi lado siempre con toda tu capacidad de amarme, y eso te mantiene en su corazón. Yo estoy cumpliendo un mes contigo, y el "sí" que te di hace 30 días es, visto a distancia, una de las decisiones más acertadas que he tomado en mi vida. Muchas veces lo has preguntado y muchas veces lo he respondido. Lo hago una vez más, frente a todos los lectores posibles: si volviéramos el tiempo, y volvieras a preguntarme "eso", una vez más diría "sí, sí, sí, sí". Una vez más te cantaría al oído, una vez más lloraría de dicha en tu hombro.
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Gracias por el mes. No, eso es poca cosa. Gracias por la vida. Por devolverme al camino. Por darme la mano y volar conmigo un rato, sin medir paralelos ni distancias. Gracias por animarme a brincar al vacío. Gracias por la luz, por tanta, tanta, tanta luz. Gracias por todo ese amor que de tan absoluto hace llorar. Gracias por las lágrimas también. Gracias por el fuego.
. ¡Salud!

Galería del terror.

Para Alfonso, por la fiesta del disfraz que me faltó.
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Ya pasó. Si usted no se disfrazó, lamento terriblemente los malentendidos que le obligaron a permanecer en casa. Pero así es la vida, en pleno siglo XXI: un complejo y caudaloso mar de momentos que se pierden en el devenir de un tiempo día con día más cruel e inhóspito. Pero no se preocupe. El Baile de Coma, al servicio de la comunidad -como Canal 5, pero sin padecer de nuestras facultades mentales... todas-, ha decidido hacer hoy un recuento de los cinco disfraces que usted debió vestir el pasado Día de Brujas, y que seguro lo hubieran convertido en el alma de la fiesta -o la barandilla-.
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No se trata de hacerlo sentir mal, sino de que tome nota. Quizá el próximo año sigan de moda, y usted los prepare con un año de anticipación, por lo que queden bien vestidos. Pero no apresure el paso. Al ritmo cada vez más decadente en que vive la política, seguramente el próximo lunes usted estará de moda si viste cualquiera de estos disfraces. Viene, pues, el listado del terror.
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Elba Esther Gordillo. Imagine usted la cara de la maestra Gordillo, líder máximo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), apareciendo a su puerta rogando por golosinas, como va a la Cámara y ruega por presupuestos. Un susto, fácil, sí le daba. Y es que esa mujer -es un decir- tiene en su rostro más cirugías que las restauraciones arqueológicas de Chichén Itzá. Con decirles que la Unesco reconoció su rostro como Patrimonio de la Humanidad, no por su belleza, sino por su pasado histórico. Un dato curioso: nadie ha encontrado nunca fotos de la "teacher" Gordillo de joven. Se murmura que fue criada en un laboratorio especial de la UNAM que, a falta de fondos, suspendió el experimento de una maestra criogénica insuperable -estilo Robocop-, lo que degeneró en Elba Esther Gordillo y sus bolsas Prada. Nota alternativa: hay dos formas de crear el efecto "charolazo" de su rostro: echarse un tehuacán con chile en la cara, o comprar una de sus máscaras en las tiendas de magia. Se recomienda el tehuacán, por ser un exfoliante ma-ra-vi-llo-so.
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Manuel Celaya. El depuesto presidente de Honduras es otro integrante entusiasta de esta galería del terror. Imaginen el caso: en medio de sus intentos por reformar la Constitución de su país y echarse otro mandato de seis años, Celaya fue despertado por una junta militar una madrugada, sacado en ancas de su domicilio -ni se puso los zapatos- y desterrado. Luego, Celaya se dedicó a viajar por todo el mundo para contarle al mundo que él era puro y santo, y el negro de Micheletti el cochambroso. Pero Celaya posee el mismo error terrorífico que Fox: habla demasiado, y usa sombrero y botas -oigan, sí es como para gritar ¡fashion emergency!- Así que, en su paso por naciones como México, se dedicó a jugar ping-pong con la izquierda y a denostar o ignorar a la derecha. Grave error en naciones como la nuestra, donde las polaridades han tomado en ocasiones visos de guerra cívica. Celaya solito se ha ido cerrando puertas que, por su cercanía a naciones econónica y mediáticamente privilegiadas como México, podrían serle de gran utilidad. Eso es como soga política al cuello ¡Mello! Además el disfraz está bien fácil: es como una combinación entre Chente Fox y Secreto en la montaña.
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Signo de pesos. Estarán muy de moda el próximo 2010 también. El presupuesto nos robó el buen sueño, y el paquete fiscal nos arrebató el de los justos. Nos quedamos como la papa sin catsup, como Sansón sin su melena, como Tarzán sin su puñal... y los puñales son la bola de diputados que no acaban de entender que aumentar impuestos sin reducir el gasto corriente no hace más que triturar a los mexicanos sin anestesia. La industria no crece, la educación se estanca, la economía familiar pende de un hilo. El 2010 será el año de una reforma legislativa que pudo haber sido, y de un par de centenarios que todavía no son. También será la tumba del PAN rumbo a 2012, y el inicio del regreso triunfal de Manlio, Robertito, Bety y otras chicas del montón. Ya lo vi: si no se disfrazan de signo de pesos, disfrácense de PRI. Así sí.
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Mascota de los Panamericanos. Nadie sabe si es trapecio, romboide, figura abstracta de Picasso o fumadera de Petersen Farah, pero la mascota oficial de los Juegos Panamericanos, un montón de figuras geométricas que pretenden simular un corredor con su antorcha encendida, pero que más bien parecen trazo de colonia mal planeada, o banqueta del Centro Histórico. Habrá qué preguntarle a la Odepa qué pretendía figurar. Yo creo que no sabían qué hacer para promover los Panamericanos entre geometristas, y acabaron por jugar papiroflexia y descubrieron que con una hoja de papel se podía formar un corredor con antorcha -o algo así-. Disfrácense de "antorchín" -un nombre teníamos que inventarle al pobre, caray-. Total, si no les dicen que invitados a la fiesta, siempre quedará la posibilidad de reinstalarse en el Bajío.
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Hasta aquí llego. Ya hace sueño. "Prometiste cinco, méndigo gañán, trancero, asqueroso vendeideas inverosímiles", ya los oí gritar. El quinto disfraz, pa' que no se quejen, es bien sencillo: agarren un foco, quiébrenelo y clávenselo en ese sano lugar del cuerpo humano en que la espalda deja de llamarse ídem y adquiere voluptuosas formas. ¡Voilá! Son ustedes un trabajador honesto de Luz y Fuerza del Centro. Han pagado el error de gobernantes corruptos y sindicalistas obesos. Ahora, con el foco en el trasero, consigan chamba. Si la CFE no los contrata, allá ustedes. Eso les pasa por juntarse con esa chusma. Calderón, ¿todo bien?
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¡Salud!

domingo 1 de noviembre de 2009

There's coming the FIL!

Ya viene. Oh, my God! Por poquito y nos agarra desprevenidos. Por suerte, La Wendy, que no se raja -a veces se mancha, pero nunca se raja-, se lanzó -es un decir... casi- a las instalaciones de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, y me trajo toda la información referente a la próxima edición del evento librero más importante del año y de la vida de ésta su pluma, que en este 2009 llega a su 23a puesta, con Los Ángeles como invitado de honor, y trae novedades que van a dejarlos a todos con la boca hecha libro del próximo 28 de noviembre al 6 de diciembre.
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Empezando por la ciudad invitada este año. Los Ángeles, al ser anunciados como próximos huéspedes de la Expo Guadalajara en la última semana de noviembre y la primera de diciembre, causaron revuelo entre la comunidad filiófila. "¡Weeeeey!", le dijo Liz Orendáin de los Monteros a su amiga Andy Suvirán Vega, alumnas de la Prepa Tec -o algo así-, "van a venir Los Ángeeeeeles, weeeey" "Weeeey, pero son de los iunaireeeees weeeeey" "Síííí, weeeeeey, pero allá se habla espagnoooooool" "Weeeeey" "Weeeeeey". ¿Qué? No me miren con esos ojos. ¿No tengo yo derecho a imagnar que las fresas también van a la FIL? Si es un evento democrático, ya lo hemos platicado.
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Y sí, este año, la FIL se llena de ángeles. Qué cosa más bonita. Los Ángeles no. Tengo entendido que es una ciudad fea, hecha muy a la pasada, como no queriendo la cosa. Lo bonito es que sea una ciudad donde la hispanidad demuestre esa característica tan suya, tan de su idioma: la capacidad innegable de colarse como la humedad -o peor-, e invadirlo todo. ¿Sabían ustedes, por ejemplo, que no hay idioma en el mundo occidental que no haya adoptado palabras del español? Sí, bueno, el inglés también ha logrado lo propio, pero ningún país de habla hispana es potencia económica ni tiene cadenas de restaurantes en todo el mundo ("El rey de la hamburguesa", "Hijos de Donald" o "Dominó"), así que el agandalle del español tiene más mérito, ¿estamos?
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Y en medio de hotdogs, pizzas y pozolillos, la FIL servirá un banquete literario que a todos nos tiene expectantes. Es de importancia rutilante la organización de un homenaje, el más completo que he visto en mi vida, al autor, no nacido en Los Ángeles, sino en otro estado de la Unión Americana, Illinois, en 1920, Ray Bradbury, a quien ya en alguna entrada primigenia se había tratado en este Baile -que ya superó las 400 entradas, ¿vieron?-, respecto en aquel entonces a su obra maestra -es un decir, pero muy cercano al decir certero- Fahrenheit 451. El homenaje empezó desde hace un mes con talleres impartidos en bibliotecas locales por vacas sagradas del estudiantado universitario, como La Wendy, El Venecio y su respectivo galán (de La Wendy... creo), El Toribio. Según mis informantes, en las bibliotecas la precopa se puso buenísima, y los niños ya salieron enfiestados para buscara Bradbury en los pasillos de la FIL y pedirle un autógrafo de su literaria y temblorosa mano (calcúlenle: el también autor de Crónicas marcianas ronda los 90 años).
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Y esto no me lo dijo la FIL, ni nadie dentro de su comité organizador, ni mi bola de informantes que ya está temblando por el aumento del 3% al ISR, que es el único impuesto que pagaban a conciencia. Pero todo parece indicar que otra vez viene Isabel Allende, y que andará por los pasillos Paty Chapoy. Ya salí con mi mam...hada, van a decir. Tendrán razón. Lo que Isabel Allende ha hecho por las señoras copetonas que leen no lo ha hecho Paty Chapoy por la cultura en México... ¿o sí? Además, se entregarán también el Premio Alfaguara -no me pregunten quién lo ganó este año, que ni en su casa lo conocen-, el Rulfo -¿ya tiene dueño? ni idea- y el Sor Juana -ése diario lo anuncian un día antes, y la pobre autora corre de su casita en Honduras a recibirlo-.
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Además, claro, desde ya estará la FIL con toda su campaña de acercamiento ciudadano, que ni falta que le hace, porque ya los calendarios que se imprimen en esta ciudad traen marcados los días del evento como días de asueto obligatorio. No tiene excusa. Pulseritas, karaokes, pines (que están bien chulos) y hasta pelotitas verdes, rondan ya por la ciudad. El 28 de noviembre espero verlos ahí. Si para el 5 de diciembre no llegaron a los descuentos, alzamos y nos vamos. You're under advice!
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Ladies and gentleman... please take your sits. The night is young, and the show has just begun.
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Bless you!
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Faltan 27 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Los Ángeles, Invitado de Honor 2009. Ya huele a dogo.

jueves 29 de octubre de 2009

Los 400 temas.

Pasé semanas pensando qué hacer para celebrar las 400 entradas de El Baile de la Coma. ¿Cena baile show con Omar Alonso, Victor Luján o Carlos Eduardo Rico? No, ni que esto fuera programa de televisión local -que en escala de abominaciones, está todavía más abajo que la televisión nacional-. ¿Subasta de entradas en Christie's? No, desde el guante con diamantes de Michael Jackson, ya nadie se anima a subastar cosas invaluables, como estas entradas. ¿Ipods y cubos rubiks gratis a las primeras llamadas? No, desde que Mercedes Molto se embarazó, los telejuegos no han recuperado la figura. ¿Reality nacional para encontrar La Entrada de Mis Sueños? No si no lo conduce Galilea Montijo.

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Total que no hay forma. Nuestro equipo de redacción le ha buscado el lado por dos semanas, y todavía estamos trabados con la reforma fiscal propuesta -y defendida, que es peor- por el secretario de Hacienda, Agustín Carstens. No nos explicamos tanta metida de pata, tanta boruca, tanta idea compleja aderezada con neologismos (déficit, PIB, participación federal, etc.), que finalmente no logra decirnos más de lo que ya sabemos: México está en crisis... y la economía también.

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También está el otro gran -es un decir- tema: Alejandra Guzmán tuvo problemas con sus nalgas -no me vean feo, ¡así es correcto llamarlas!- la semana pasada, cuando tuvo la osadía de intervenirse quirúrgicamente para aumentar su tamaño y ponerlas en su lugar -todavía no sabemos cuál es su lugar, pero vivimos deseando ponerlas en él-. El resultado fue desastrozo: puesta en manos de una mujer poco profesional (¡Por Dios, Alejandra!, hay que estar menos para colocar tus atributos entre los dedos de una mujer que se hace llamar -o se llama, peor tantito- Valentina de Albornoz), Alejandra casi pierde la vida -es un decir- por las cosas que la Vale le inyectó, no muy sanas, cabe aclarar.

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Y el otro otro gran tema, en lo local, con al definición de la localización de las Villas Panamericanas, que no termina de decidirse, mientras Celia Fausto (ruega por nosotros) sigue esperando que le manden un tema que la coloque de nuevo en los titulares (por lo pronto, ya demandó al fotógrafo de Mural que tuvo la "osadía" de retratarla al darle el beso de despedida a Petersen Farah, que parece de lengüita, aunque ella diga que la negra es pura y santa, y somos los negros cochambrosos los que vemos cosas).
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Entonces hay demasiado stemas qué tocar, poco tiempo para hacerlo, y encima armar una celebración. Me perdonarán. Esta es la entrada 401 de El Baile de la Coma, y festéjenla ustedes como mejor les plazca.
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Además hay crisis. El precio del látex de los globos está por los cielos, y el pégale la cola al burro -juego que le encanta a El Apapachoquealivia y a La Zucaritas... luego que esté ebrio les cuento por qué-, lo perdimos la última fiesta porque alguien se fue montado en él. Ni como ayudarles. Por cierto: se solicita su colaboración para comprarle un diccionario de sinónimos a Agustín Carstens. Digo, si nos va a estar diciendo lo mismo cada vez que sale a cuadro, por lo menos que lo diga diferente.
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¡Salud!
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PD: Otro tema. Ya viene la FIL. Los Ángeles servirá el banquete literario este año, con hot-dogs de Ray Bradbury y chesseburgers de thriller holliwoodense. Hayquir.

viernes 23 de octubre de 2009

Ir al cielo.

Creo en la felicidad de las ideas, la permanencia del hombre y la muerte del sistema.
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Mi madre vivió con su padre una relación especial en tanto a lo religioso. Mi abuelo nunca fue un hombre de sacramentos. Si pisó un templo tres veces en su vida, y comulgó en una ocasión, mi narración se daría por bien servida y verdadera. Cuando mi madre insistía en que se confesara, comulgara, fuera a misa, mi abuelo contestaba con un simple y amoroso: "Esta Margarita, ¿de dónde habrá salido tan beatita?" Mi madre guardaba como una esperanza irremplazable la imagen de mi abuelo abriendo la boca y recibiendo la hostia. Era como su gran misión, su tarea especial autoasignada. No se le hizo: hasta el momento de su muerte, cuando sólo aceptó una bendición, la Urbi et Orbi, que reparte el papa, mi madre no vio a mi abuelo recibir sacramento alguno.
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Lejos de la simpatía que esta conducta pragmática antisacramental de mi abuelo me provoca sin muchos recelos, no dejo de aceptar que, en el caso de mi madre, la recepción de la hostia y la práctica cotidiana de misa han ayudado un poco. Sólo un poco: en el pendemonium catastrófico que a veces consiste la vida diaria, es por lo que cree que ella no se ha vuelto loca. Yo no soy anticlerical, pero creo reconocer con justicia a aquéllos que, formando el clero, tienen una idea remota de lo que es hacer labor cristiana.
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El padre Patrick, croata, era uno de esos integranes del clero que valdría la pena rescatar si una bomba atómica -selectiva- arrasara los conventos. Daba las misas en mi preparatoria, si es que a eso que él hacía podía llamársele dar misa. Las monjas, que tengo entendido recurrieron a él por vez primera cuando el padre Antuán, opusdeísta, les falló en una ocasión, y se vieron obligadas a buscar un sacerdote con urgencia, no vieron con buenos ojos que permitiera nos sentáramos toda la misa, o que alguno de nosotros diera la homilía platicando qué había desayunado, mientras él se tiraba con desgano en su silla diaconal y hacía gestos para causar hilaridad de toda la feligresía.
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Pero cuando acabó aquella primera intervención de emergencia, y justo cuando la madre superiora iba a agradecerle para pedirle que no volviera, la preparatoria entera aplaudió su labor diocesana y lo invitó a volver. Las madres no tuvieron otra alternativa para hacernos bajar a misa que volver a traer al padre Patrick. Las homilías del croata eran siempre una aventura, un asalto a la razón: cuando no hablaba de cómo es que las madres de familia cargaban en sus bolsas hasta el extintor, disertaba sobre las mascotas que había tenido en vida -recuerdo particularmente el relato de Bobo, un perro que tuvo de niño, decía el insensato, que hacía honor a su nombre, y que acabó suicidándose el muy idiota al saltar sobre una cerca mientras estaba amarrado por el cuello al suelo del jardín-. Cuando no hacía burla del atuendo ridículo de un niño, le pedía a una señora de copete alto que tuviera piedad de Dios -así, tal cual- y consultara un estilista.
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A estas alturas se preguntarán por qué el arzobispado lo dejaba practicar ante semejante modus spiritae operandi, y me imagino que era porque siempre, al final de su homilía, daba una moraleja de menos de veinte segundos que sí hacía referencia al evangelio, sí daba consejos sobre cómo ser buenos cristianos, y sí cumplía con todos los requisitos canónicos de lo "católicamente correcto". Obviamente, nadie recordaba el consejo. Todos nos quedábamos con la homilía.
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Yo me llamo Agustín, no sé si lo sepan, por otro miembro del clero cuya memoria valdría la pena rescatar. Miguel Agustín Pro Juárez, el "Ché Guevara" de mi madre, fue un presbítero jesuita que practicó, al grado de poner su vida en ello, el apostolado en plena prohibición impuesta por Calles a la libertad de cleros. No sólo eso: fue un guerrillero. Ya lo vi: el fan de Miguel Agustín Pro que esté leyendo esto, biógrafo de su figura, por ende, porque por alguna extraña razón todos los fans de Pro son biógrafos expertos del cura, se me va a echar encima. "¡Guerrillero no!", dirá, "luchador pacifista". Total contradicción. Miguel Agustín Pro realizó acciones ilegales, injustamente ilegales, incivilizadamente ilegales, pero ilegales al fin. Profesó, ejerció, bendijo incluso, en un México en que esas tres acciones eran crímenes de estado. Y fue fusilado por ello, acusado además de actos bandálicos y violentos, de atentados al orden y la seguridad de la nación.
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Yo no sé si todas esas flores se le pueden colgar a un hombre de escasos 1.70 metros de estatura y complexión mediana. Sé, sin embargo, que Pro fue un hombre de gigantesco valor: sin importarle que el mundo entero a su alrededor hiciera complot contra sus ideales, los mantuvo fijos y creyó en ellos hasta el final. Terco, sí, obstinado, sí, pero inteligente y despierto, vivaz y servicial. Creyó en la posibilidad de que el cristianismo salvara a su país, como el Ché Guevara lo hizo, quizá con más simpatía de los juicios de la Historia, con el socialismo para América Latina. Un idealista, profundamente entregado a su idea misma.
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Cuando mi mamá me puso su nombre, y aquí cierro la idea inicial de forma magistral y digna de las 400 entradas que ya estamos celebrando, tuvo la idea kármica de que heredara yo todas las virtudes cristianas y morales de Miguel Agustín Pro. Le salió el tiro por la culata a doña Mago: heredé del recién nombrado beato (1988) sólo la terquedad, la creencia indisoluble en mis ideales y la fortaleza para llevarle la contraria al sistema, aunque sea sólo en lo mental. Que soy un collón para ejecutar ideas que hagan el mundo arder, que lo cimbren en sus goznes, sí, cierto. Que tengo mil ideas para hacerlo, también. Por eso me cae muy bien el padre Pro: por semejantes cojones.
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Ahora voy a ventanear a doña Mago, y nada más por puro antojo: me llamo Agustín por Pro, sí, pero también porque su conciencia aún no logra desligarse del hecho de que fuera un tío abuelo suyo, tío de su padre, el general Roberto Cruz, quien ejecutara la orden de fusilamiento que acabó con la vida de Miguel Pro. Orden de fusilamiento sin juicio, que además acabó con la vida de uno de los jesuitas mexicanos más carismáticos de la Guerra Cristera. Orden de fusilamiento injusta, como es la vida a veces. Doña Mago no va a limpiar su sangre -que ni siquiera está manchada, pero así lo ve ella, y allá ella- ni nombrando a sus nietos Agustines, Migueles, Proes. Miguel Agustín Pro disfruta ya, seguramente, en algún lugar, de la buena memoria que su causa llevada al extremo provoca entre creyentes y fanáticos. Mi abuelo también. A ver en dónde acaba doña Mago.
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¡Salud!

Al son que les toquen.

Para El Vic, que hubiera amado ese espectáculo. Le regalo mis ojos.
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Primero el silencio. El sol entrando a raudales por la arquería del patio central del Palacio Municipal de Guadalajara. Las palomas recorriendo el perímetro de la azotea, paseándose entre gárgolas, barandales y farolas. Los regidores en sus oficinas. El presidente municipal interino también, entre documentos, oficios, llamadas telefónicas y arreglos de último minuto para la sesión de cabildo, programada a las 10 horas de este jueves 22 de octubre. Nada particular, nada fuera de regla, a excepción de una docena de músicos de mariachi que invaden un pasillo de la segunda planta del edificio. Pantalones ajustados, negros, con hilos plateados y dorados circundando la figura humana. Moños al cuello. Instrumentos en mano. No tocan, sin embargo. Sus cuerdas se suman al silencio, a la normalidad del día cualquiera.
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Pero basta un segundo, sólo un instante, para que la quietud se rompa, para que el silencio, la “normalidad” atmosférica de ese día cualquiera, para una sesión del ayuntamiento cualquiera, estalle en el compás articulado, sistemático, dador de música, de seiscientos instrumentos de mariachi ejecutándose al unísono, sin tregua, sin piedad, sin límites ni condiciones.
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El ayuntamiento se inunda entonces del sonido más típico de la música mexicana. Por las escaleras suben violines, guitarras, bandolones y hasta trompetas. A raudales, como el sol que los alumbra, se van posicionando de los espacios, los van llenando con su son. Inician con el Huapango de Moncayo, y los aplausos de trabajadores del ayuntamiento y asistentes curiosos al sonido de los seiscientos instrumentos, obligan a los artistas del ritmo mexicano por excelencia a repetir la pieza. Luego siguen el Son de la Negra, Guadalajara, y luego de nuevo el Son de la Negra. El resto de las canciones suenan cuando se desarrolla la rueda de prensa convocada por el presidente municipal interino Juan Pablo de la Torre Salcedo, y es imposible escucharlas. Llega el ritmo, la cadencia de la nota, la sensación de la melodía, pero nada más.
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Los mariachis tocan por espacio de una hora. Antes, de la Torre Salcedo se queda “atrapado” en las escaleras del palacio junto a la regidora Myriam Vachéz Plagnol. Es imposible subir o bajar. El flujo constante de músicos hacia la parte alta del edificio imposibilita incluso a los guaruras del cabildo abrir paso al alcalde. Él ríe, asiente con un gesto que denota amabilidad, cierta simpatía incluso, cada vez que alguno de los músicos, mientras suben poco a poco sin dejar de tocar, lo saluda con una sonrisa, con un movimiento especial del violín. La regidora se adivina más bien molesta, casi nerviosa. Cuando el flujo de músicos disminuye, quedando lleno todo espacio libre del ayuntamiento, los custodios abren campo y a cuenta gotas consiguen que los regidores ingresen a la sala de cabildos y luego al salón posterior, dónde se reúnen en privado con representantes de los músicos convocados.
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En los pasillos, más representantes hablan. Gustavo Ruiz Velázquez es el nombre que inunda la mañana, al que los mariachis dirigen no la tradicionalmente triunfal “Diana”, sino el sonido de la también tradicional, pero oprobiosa, “mentada”. Es, dice Patricia Camarena Núñez, el hombre que recibió por parte del ayuntamiento tapatío la concesión para la remodelación de la Plaza de los Mariachis, hace once meses. Al entregar la obra, poseería para su uso comercial particular poco más de trescientos metros del área total de la Plaza. Era el acuerdo, por treinta años. Pero Ruiz Velázquez ha incumplido, y rodeándola de barandal se ha adueñado de ella, impidiendo a los mariachis tocar, a los restauranteros tener terraza, y a los turistas y visitantes escuchar.
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“No sabemos qué pasa. No tenemos idea por qué el ayuntamiento lo está permitiendo. Es lo que queremos que averigüen”, declara a unos y otros Camarena Núñez.
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A unos pasos de ella, un policía municipal toma nota de los hechos a un grupo de mariachis. “Los policías (municipales) nos dan la orden de retirarnos cuando nos acercamos a tocar a la plaza, y cuando pedimos explicaciones nos dicen nada más que son órdenes de superiores”, declara, sin dejar de mirar de reojo a uno de los uniformados, Guadalupe Aguilar, mariachi afiliado a la CTM, quien ha visto minar su patrimonio especialmente de tres meses a la fecha, al negársele su tradicional lugar de trabajo.
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En la rueda de prensa convocada para explicar los hechos, el alcalde interino asegura haber recibido el pliego e iniciar su revisión para tener respuesta antes del próximo miércoles. Se revisará también el contrato de concesión del espacio, y el cumplimiento, indebido o no, que ha hecho de éste el musicalmente “mentado” Gustavo Ruiz.
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“Por supuesto que no se puede cobrar por utilizar un espacio público. Vamos a ser puntuales en eso, pero tampoco vamos a permitir que si los afectados poseen la razón, se consuman bebidas alcohólicas en el espacio de la plaza después”, señala. Detrás de él, Patricia Camarena escucha y sonríe. “El lugar es para que todos los tapatíos puedan disfrutar de esta música, y eso es lo que debemos procurar”, finaliza el presidente municipal interino.
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La música no para. La sesión de cabildo inicia tarde, y los temas que se tratan no convocan tantos aplausos o voces como las que han traído los seiscientos mariachis. “Veinte años trabajando aquí y nunca había visto algo por el estilo”, declara un servidor público a otro. Así puede ser la acción aparentemente irregular de algunos: provocar molestias, pero también el agradable son de un mariachi bien entonado.
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¡Salud!

martes 20 de octubre de 2009

Mar-ti-ni-llo.

Yo no paso de ahí, sentado frente a un piano. Incluso la última vez que tomé un teclado Casio, ya no me acordaba qué tecla era el "mar" y luego cuáles había que tocar para que el "¿dón-de-es-tás?, ¿dón-de-es-tás?" no derivara en sonata de Beethoven, o en allegro de Vivaldi. Pero admito al mismo tiempo mi total reconocimiento y completa idolatría a los hombres y mujeres que son capaces de sentarse frente al instrumento de teclas y cuerdas y extraer de él algo más que sonidos desarticulados y las notas indiferentes, casi indecentes, de una canción infantil.
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Por eso es que cuando inició mi lectura de La pianista, de Elfriede Jelinek, me identifiqué con el personaje y hasta me cayó re-bien -nótese que no nada más me cayó "bien", lo cual es tan relativo que cuando le digo que estoy "bien", La Nancy, me zarandea, golpea e insulta, sino que además me cayó "re" bien-. Consideré que Érika Kouth, la protagonista, maestra de piano que toca y enseña re-bonito las re-canciones, era una mujer atractiva y a la cual habría qué proteger de la férrea e intolerante vigilancia de su madre -porque treintona y todo, pero Érika no encuentra aún la forma de romper el cordón umbilical y mandar a su aberrante progenitoria a la reverenda y soberana goma-.
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Pero el problema llega cuando uno se encuentra sentado frente a una novela, y lo más natural, hasta por definición intrínseca del subgénero, es que los personajes cambien, y la novela misma sea la apología sumaria de ese conjunto de cambios que inician en un punto y convierten al personaje paulatinamente hasta dejarlo en un punto totalmente distinto del que inició su relato. Entonces es de esperase que Érika, en su pleno de responsabilidades papel de protagonista, cambie. Y lo hace de una forma tan polarizada, tan limítrofe, que al final de la novela uno entiende, apenas, por qué tanta referencia al castigo, la sumisión y la relación de poderes del sexo fetichista.
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Érika se enamora -es un decir- de un aplicadísimo joven aprendiz que está bajo su cuidado, de apellido Kemmler -que suena como a marca de electrodomésticos soviéticos-. Y como la represión que ha vivido bajo el yugo materno la tiene bien cansada, decide -es otro decir- explotar a través de su sexualidad y convertir al jovencito en su padrote, su dueño, su poseedor, su papi, su mandamás y, claro está, su explotador sexual.
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Claro está que a Kemmler el asunto le gusta de inicio, pero luego le causa desazón. ¿Por qué no puede enseñarme las cosas "normales" que hacen los hombres con las mujeres, preparándome, al puro estilo de la cinta El graduado, para la vida sexual futura?, se pregunta Kemmler, que con ese apellido, ¿cómo no va a estar idiota el chamaquito? Y conforme una lo disfruta y el otro se la piensa, la novela se va poniendo sórdida, y las manías de los personajes se van entrelanzando de un modo tan abominable que uno termina de leer y no sabe si llorar, reír, pensar o vomitar -yo hice las cuatro cosas, y el resultado fue aliviador-.
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Un compañero en clase hizo la observación de que Sade estaba presente en La pianista como el pan molido en las milanesas. Confieso: yo no he leído a Sade. El comentario del compañero, pues, me vino guango en principio, pero sé lo que Sade significa para el mundo -es otro decir- de la literatura erótica, sus contenidos, sus lectores, sus fanáticos, sus practicantes -?- Después de todo, no se necesita ser un lector culto para saber que el nombre del marqués francés se relaciona invariablemente con las más sórdidas, repugnantes y excitantes -sí, lo dije bien- escenas de la literatura universal jamás contadas.
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Así que ya sabrán que si la presencia de Sade plaga la obra de Jelinek, el asunto se pone duro, cual sesión desarticulada de sadomasoquismo existencialista -?, y doble ?-, o película gore al respecto. Entre fetiches, sexos abiertos, sangre emanada de los ídems y hasta gritos y susurros contenidos, la novela de Jelinek cautiva al mismo tiempo que duele, castra a la par que provoca. Es una novela juguetona: lleva al lector por el mundo de una mujer paciente del trauma hasta hacerlo desenvocar en sus propios traumas, hasta hacerlo dudar de su sanidad mental.
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Ni Érika, ni su madre ni Kemmler aceptan juicios. Sus actos no pueden ser aprobados o reprobados, porque eso haría del lector un experto en la materia sicológica, más que eso, un dios. No hay forma. Érika y sus perversiones se quedan tras las solapas de las doscientas páginas de la novela. Nosotros, con nuestras propias formas de amar, quizá no menos insanas, seguiremos viviendo al otro lado del punto final. A Érika puede amársele, pero no pasará de ahí. Su trauma es el nuestro: es la quedada profesora de piano que sufre las dolencias de una sexualidad reprimida, a navajazos incluso. La presencia totémica, claustrofóbica, de la madre. En México, el que se libera de la madre y hace de su sexo un papalote -imagínense lo que quieran-, es llamado desordenado y vil. Ahí se las dejo. Un favor: sórdidamente, pero léanla.
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¡Salud!

miércoles 7 de octubre de 2009

El amor en los tiempos del dengue.

¿Ya se fijó, señor secretario Petersen Farah, que la panza llena del mosquito del dengue es como un corazón que late?
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No es fácil amar hoy día. Ya desde tiempos antiguos, amar era un arte. Por eso Ovidio escribió El arte de amar, un primer tratado latino sobre qué sí y qué no procurar al momento de la seducción, al que luego seguirían maravillosos compendios como El libro del buen amor, del hispano Arcipreste de Hita, y Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, del estadounidense John Gray, que vino a significar la entrada formal en la era del best-seller del manual del ingenio amoroso. Por supuesto que comparar a Ovidio con Gray o el Arcipreste es un acto de absoluta irracionalidad, no porque uno sea malo y los otros buenos, sino porque las intenciones de sus escritos y la visión de sus literaturas los separan diametralmente, constituyendo versiones polarizadas sobre qué es el amor y cuáles son sus consecuencias.
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De todas formas, si necesitamos libros que nos digan cómo y por qué nos enamoramos, y qué se debe hacer para fomentar en otros la pasión y la entrega, estamos ante un camino bicéfalo que obliga a pensar: por un lado, es evidente que no nacemos sabiéndolo todo sobre el amor; por el otro, los consejos que pedimos a los libros provienen de alguien que ha descubierto acercamientos al "buen amor" -inserte aquí su propia definición de "amor bonito" o "bueno amor". Para mí, incluye piel china, rehiletes estomacales y muchos deseos manifestados de comerse al otro (es un decir... casi)-, pero que no por ello es menos humanos. Alguien común, como tú y como yo, que lo único bueno que le ha dado la vida es experiencia (o algo cercano a ella, como la capacidad de observación).
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Estos son malos tiempos para el amor. En Amelie (2002), lo deja más que claro la fabulosa frase de la vendedora de la sex shop: "Son tiempos difíciles para los soñadores". El amor, y más la inconsistencia onírica que le da forma en sus primeras apariciones, ha sufrido el recio embate de la mar de la mercadotecnia, que ha fabricado para él toda una serie de artefactos dolorosamente impúdicos que lo convierte en mercancía, que lo condicionan al status de producto prefabricado (corazones de a cuartito en nuevo envase de medio litro. Más por su dinero).
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En tiempos como estos, amar es cosa del marketing, y de saber comprar. Bueno, sí y no: existen quienes todavía se resisten a esta nauseabunda noción neocolonialista del amor, y todavía viven sus días de enamorados como Dios manda (sí, aquí sí manda Dios, me consta). Ovidio se sentiría orgulloso de ellos, pero desilusionado de ver que son los menos. La mayoría cree que San Valentín es una rosa de diez pesos obligatoria, o una caja de Kisses de Hersheys de sesenta (un saludo a la mayor de mis hermanas, líder financiera de la transnacional chocolatera, que a estas alturas seguro estará sufriendo un patatús). Y entonces el rol entero del proceso amoroso se reacomoda: el hombre que no compra detalles es tacaño, codo, mal prospecto; la mujer que no se arregla para aceptar regalos es fodonga, sosa, mal prospecta -?- Ella vive esperando un hombre detallista; él vive deseando una mujer deseosa de amar y coquetona.
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Van a decir que no invente, que siempre ha sido así. Sí, pero lo que una mujer define hoy por "detalle" y lo que un hombre define hoy por "coqueta", son los conceptos y las ideas que marcan el cambio.
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A todo esto se suma el terrible problema del dengue. Van a decir que ya mezclé moros con cristianos, en un batidillo de pacotilla. Pero tengo algo de razón. La ciudad entera está enfermando por el virus transmitido por el Aedes Egyptus, un mosco zumbón de malas mañas que lo pone a uno a sudar. El problema es que se reproduce en el agua estancada, donde la hembra deja los huevecillos de los cuales nacen. Eso incluye ambientes húmedos, como los parques y jardines, donde el mosco pica recontento. Mi pareja y yo amamos noviar al pie de los árboles, como ya se habrán enterado por este blog chismoso. Noviar así en los tiempos del dengue es una mala alternativa, un asalto a la razón, un atentado a la salud.
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En Jalisco, el número de casos de contagiados supera las mil personitas. La mayoría se concentra en la Zona Metropolitana de Guadalajara, curiosamente en la ciudad capital. Zapopan y Tonalá le siguen, cercanos ambos a las tres centenas de casos. Tlajomulco está al final de la lista, con menos de cien contagios presentados. ¿El dengue seguirá poblaciones en que la gente ama más en los parques? Por donde paso veo botes volteados y tinacos tapados. Si descubren que el 60% o más de los casos de contagios fueron parejas que estaban en parques, pues que echen insecticida, porque los que amamos en los parques no vamos a abandonar los árboles como refugio amatorio. Prefiero un contagio de dengue que un beso menos de mi abedul.
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¡Salud!

martes 6 de octubre de 2009

Instrucciones para cumplir 20 años (o una carta sin consejos sobre cómo cumplir 20 años y no morir en el intento).

Para El Gerber, que autorizó esto diciendo "pero dime que me quieres". Aquí te va: "que me quieres".
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Hace unos días, cuando me preguntaste si iniciar la cuenta de los veinte era algo distinto a hacer lo propio con la de los diez, mi respuesta afirmativa fue casi automática. La vida cambia después de los veinte, pensé, y mis casi dos años de experiencia al respecto así me lo demuestran.
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Pero quizá deseabas un poco más. Esperabas te contara qué cambia que hace distintos los días y las horas cuando se acaban los diecinueve y el pastel cuenta de veinte velitas en adelante. Quizá querías un consejo, una anécdota curiosa, un aviso o un aforismo. O quizás no, sólo intentas ver si en algo es diferente vivir hasta los 19 que hacerlo hasta los 21. Como sea, y ante la ausencia de chocolates para regalar, he decidido contarte en esta carta, mitad regalo, mitad recopilatorio personal a modo de expansión del subconsciente, lo que sé sobre cumplir 20 años.
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Vivimos en un mundo dominado por cuarentones. Las tendencias mayoritarias, las definiciones, las grandes obras y hasta los artículos del poder, son producto de mentalidades que superan los treinta y cinco años de edad. Contrario a lo que sucedía cuando mis padres (o tus abuelos) eran pequeños, las decisiones que definen la vida del país ya no las toman, ni en lo público ni en lo privado, seres humanos mayores de cincuenta años.
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Esto da como resultado un cambio en la perspectiva de la edad. “La vida inicia a los cuarenta”, decía un comercial hace diez años. “La adolescencia termina a los veintinueve”, arremetía, todavía más juvenil, Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker) en algún episodio de Sex and the city. Ser joven hoy día es una cuestión que se prolonga indefinida, casi inexistentemente, más allá de la edad. Hoy hay ancianos de veintiuno, y adolescentes de treinta y cinco. ¿No es así la historia moderna, un recopilado de indefiniciones absolutas?
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Por eso no sé decirte si a los veinte me convertí en adulto. No sé incluso si a un paso de los veintidós soy ya un adulto. Reconozco en mí un sentido de responsabilidad que no es el de un quinceañero, pero ése lo tengo desde los diecinueve. Sí puedo, en cambio, contarte que a los veinte comencé a vivir.
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Crecí creyendo que las cosas me eran perfectas, y que nada nunca podría salirme mal. Mis decepciones, mis fracasos y mis frustraciones, ésas que todo niño tiene hasta que se da cuenta que eso mismo es vivir, se convertían, de llegar, en máximos tanques de guerra en el mar belicoso de mi egomanía. Pero los veinte te van restando ego. Por eso digo que comienzas a vivir: un día amaneces y descubres que te preocupa más decirle al mundo que su gobernador les roba la plata que pagan que verte bien frente al espejo; prestas más atención a qué curso de actualización en periodismo brindará próximamente la U. de G. que a cuál es el color de la temporada. Conceptos como verdad, sinceridad, confianza, amistad, comunicación y fidelidad, cobran más peso y significados más profundos. Y sí, pasa: un día te ves al espejo y te encuentras tan distinto, ves tan movido tu eje axionómico (tu lista de valores con su respectiva definición), que tienes que iniciar de nuevo contigo mismo.
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A los 20 creé El Baile de la Coma, precisamente a modo de intento por darle un nuevo orden a mi perspectiva. Y funcionó más de lo que yo creía, trayéndome por añadidura amigos “interesantes”
[1] y lectores asiduos. Alguien me preguntó una vez si no sería mejor haber creado un diario, pero sé la respuesta a tal cuestionamiento: en un diario, mi nuevo orden habría sido sólo mío; en un blog, puedo compartirlo, hacerlo público para que, como en buffet, otros se sirvan de lo que creo y lo que soy. Ser útil, a través de mi esencia misma, a los demás. “Dar hasta que duela”, decía Teresa de Calcuta, lo cual no necesariamente significa quedarse pobre.
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A los veinte profundicé mis amistades, y me deshice de muchas otras que consideré dañinas. Eso fue favorable: a los veintidós nada me estorba, nadie está de más en mi corazón, ocupando un arrendamiento que no le corresponde.
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Las novias que he tenido después de los 20, dos y media –sabes a lo que me refiero-, han sido las mejores amantes, las mejores mujeres y las mejores relaciones interpersonales que he tenido. Eso no significa que fueran los mejores éxitos: han sido también las mejores decepciones. Pero soy conciente de que cumplir veinte años no trajo por sí solo semejantes “premios mayores”. Tuve qué decidir, escoger, observar y concientizar, y luego decidir, porque si algo sí llega naturalmente después de los veinte es una sensación como de que corre el tiempo más veloz, y que hay muy poco por perder.
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A los veinte se van algunos miedos, como el de verse mal, o el de llegar a una fiesta y encontrar a otro vestido igual que tú. Pero llegan otros tantos. Da más miedo perder amigos, ser irresponsable y decidir. Se piensan más las cosas –en tu caso, está difícil-, pero en consecuencia se toman mejores opciones. Se va haciendo cada vez más sencillo mandar todo a la goma, pero también se corre más el riesgo de convertirse en el poeta solitario que decide trabajar en un banco.
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Y el aumento en la velocidad en que parece correr el tiempo hace que todo sea más: se extraña más, se ama más y se trabaja más. ¡Ah, sí! Y todo sabe distinto: los besos, las Dulcigomas, el chicharrón prensado y la muerte. Después de los veinte no se teme morir, pero sí se le mira con más respeto a la vida, y se aprende a dar lugar a los demás sin perder terreno propio –mágico aprendizaje que atenta contra las más elementales reglas de la física natural-.
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A los veinte se cree cada vez menos en los ídolos populares, más en el destino, nada en Dios y un poco en el verdadero amor. Se prueban más cosas, y las ya conocidas se reconocen distintas. Aparecen más personas, y conocidas de años se van, aparentemente para no volver. Se sufre igual, pero por motivos diferentes, y llorar no se vuelve más complicado, sino más inútil –concientemente inútil-. ¡Eso es!, después de los veinte, las lágrimas se convierten en artículos de lujo, y regarlas por alguien o algo duele más que llorarlas.
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Algo que también pasa a los veinte es que se van pidiendo cada vez menos abrazos, pero que duren más tiempo. Se escucha más música, pero de más artistas, porque con los veinte entran también unas ganas absurdas y desquiciantes de conocerlo todo. Duelen más las cicatrices del pasado, y se siente más las caricias del presente. El sexo se vuelve más conciente, y a veces también da voces de alarma y se reconsidera. Y todo sabe diferente. ¿Ya te dije antes que después de los veinte todo sabe diferente? Se cobra más conciencia de lo ajeno, y se vuelve uno más celoso de lo personal.
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Todo esto es paulatino, claro, y no es más que lo que mi experiencia me ha dejado. Quizá varíe de persona a persona, de profesión a profesión incluso. No amaneces los veinte o los veintiuno siendo conciente de tantas cosas. Es más: no te das cuenta hasta que no escribes una carta para un amigo que se inicia en los veinte. A dos años de distancia, todo cobra vida, todo es un ardid de diferencias comparativas.
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Ésta sería justo la parte de la carta en que se felicita y se dan consejos. Pero no hay consejos para ti en esta carta. Un consejo es un intento desesperado por hacer que una experiencia personal cobre brillo y sirva de algo más que ocupar espacio en la memoria, más que oxidar el inconciente. Y no, eso no está “in”. Por eso nada más te dejo la felicitación, aunada, eso sí, a un deseo: que las decisiones que tomes de los veinte a los veintiuno, por lo menos, sean, si no acertadas, sí por lo menos completamente tuyas. ¡Felices veinte, viejo!
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¡Salud!
[1] Tu concepto de lo interesante en una persona incluye a esta clase de amigos.

domingo 4 de octubre de 2009

Historia mexicana y.

El imperio de los hermanos mayores es un mundo incierto en que bailan tango dos eternos y equidistantes enemigos: el amor a la sangre y las ganas tremendas de joderse al desvalido. Casos abundan en el mundo de hermanos mayores que han hecho sufrir, de generación en generación, y con ciencia y maestría que resultan sorprendentes, a los que nacieron después de ellos. Si alguien viniera y me contara que existe una logia que da tácticas e imparte asesoría técnica a los hermanos mayores sobre cómo sobrevivir a las dolencias propias de su condición. Imagino que, como en todo grupo similar, hay ritos de iniciación y leyes claras para la permanencia vital en el interior del selecto grupo. Imagino también que se sufre, porque todos hemos vivido hermanos mayores agotadores, pero nadie ha dicho jamás lo castrante que puede resultar en ocasiones ser el hermano mayor.
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Yo no lo digo por el mío. La verdad es que quienes me conocen saben que es mi ídolo, mi fortaleza en muchos malos ratos, mi abrazo y mi consuelo. A veces hemos tenido diferencias, y ha reinado el silencio entre ambos. Pero él sabe que lo apoyo hasta donde mi personalidad me lo permite, hasta donde mis propias ideas me permiten llegar.
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Por eso he tenido el gusto de elaborar una disculpa pública para él. Eso significa, quizá él no lo ha pensado bien, que muchos la leerán y se enterarán que estoy pidiendo disculpas porque la semana antepasada que dejó su pueblo con mar para venir de visita al pueblo con río sepultado, yo no me despedí y partí a ocupaciones amistosas sin decir un "que te vaya bonito". Por supuesto que recibí un mail condenatorio en cuanto llegué a mi casa por la noche, y aunque pedí disculpas en otro mail similar, de poco valieron porque hoy que su voz sonó del otro lado de la línea desconsolada, medio en broma medio en serio, propuse una entrada para pedir la disculpa, y él aceptó gustoso.
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¿Me disculpas?
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Imagino que ser un hermano mayor es cuestión de inteligencia y sentido común, casi supervivencia. Los padres se apoyan en ellos para todo, convirtiéndolos en una suerte de "secretarios de Estado" de la función paternalista. Los hermanos menores los vemos en ratos como represores, en ratos como auxilios inestimables. Ellos se ven a sí mismos como piedras angulares, y luego que todos crecen en casa quieren seguir teniendo santo y seña de cada uno de los miembros de la familia. Los padres se hacen a la idea de que no tenemos remedio, pero los hermanos mayores son una fuerza constante, sempiterna, que vela por intereses externos y, a veces y malamente, se olvida de los propios.
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Pero mi hermano es un punto aparte. Él tomó hace tiempo las riendas de su vida, y sin decir "se las arreglan solos", quitó su pie del estribo y descubrimos que así era mejor, que eso lo fortalecía, lo que nos volvía a nosotros más proclives a vivir, y por tanto a ser felices, mientras el héroe se transformaba en leyenda -imagino que debe estar leyendo esto y preguntándose cuándo voy a escribir una segunda disculpa por tanta elevación-. Hoy falla, cae, se revuelve y se levanta, y todos lo miramos igual de asombrados que si sólo volara. No hace falta que haga magia: sólo hace falta que sea él.
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¿Alguna vez les he dicho que admiro a mi hermano el mayor? Ya sé. Iré fraguando mi nueva disculpa.
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