domingo 12 de febrero de 2012

La gallina clueca.

Josefina ya fue viuda, secretaría de educación, diputada, gallina y candidata presidencial. Luchó contra Elba Esther Gordillo y sus huestes magisteriales con igual ímpetu con que ahora intenta enfrentarse a Peña Nieto y su  legión de Paulinas Rubio, Pepillos Origel y López Dórigas. ¡Qué mujer tan polifacética! Lo que le falta es ser presidenta. Pero para que eso pase no entrarán al juego tanto las alianzas políticas que logre entablar como su capacidad para acercarse a un electorado que sigue dubitativo entre el regreso a la época tricolor, o el regalo en bandeja de otros seis años de intentos infructuosos para el partido blanquiazul. De lo último, dicen las encuestas, el electorado -uno dice "electorado" y suena a masa gigante de gente armada... y no está tan lejos la imagen de su auténtico significante- está todavía menos convencido que de lo primero. La verdad es que conforme pasan los sexenios y las elecciones se suceden, nuestra educación democrática aumenta, y con ella viene también un cierto recelo y otro cierto cuidado al momento de otorgarle el poder a cualquier candidato.
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Pero de que eso suceda, o de que al menos logre robar un par de puntos a su rival más fuerte, el por todos conocido y amadodiado, televisado y novelero más nunca igualado, Enrique "Sololoi" Peña Nieto, se encargará toda una maquinaria política que ya la ha abrazado y se va convenciendo, conforme queda atrás la elección interna de la semana pasada, de que Ernesto "Mr. Bean" Cordero, el "bueno" de Calderón, no hubiera logrado la presidencia ni con la candidatura en manos. Y para que suceda, las cuerdas políticas se moverán sucia y consistentemente, temo que a niveles y con consecuencias que nuestra historia democrática reciente -bueno, bueno, está bien, no hay historia democrática mexicana que no sea reciente- no ha visto jamás.
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Quizá por eso es que en su primer mensaje oficial como candidata, Josefina Vázquez Mota -me voy dando cuenta que ya llevo media entrada y apenas la nombro por completo- no precisó interés de campaña, límite o puntero. Lejos de dirigir su discurso hacia el empleo, la seguridad, la defensa de los derechos humanos o la educación -temas trillados, recurrentes, cansones-, la candidata taladró a su audiencia media hora con un repetitivo, constante y altisonante "vamos a detener a Peña Nieto". Sus intenciones son entonces parecidas a las de Fox -si no aprendemos de la historia, estamos condenados a darle "repeat"-: ganar la elección no para gobernar el país con las posibilidades ricas y múltiples que otorga la alternancia, sino ganar la elección para que no la gane el PRI. Y ya. Lo que venga en los siguientes seis años, es asunto que pensaremos ya que lleguen. Por lo pronto, con cortarle el paso al antes llamado "partido oficial" -si los Panamericanos tuvieron su "pintura oficial", su "agua oficial" y hasta su "ropa oficial", ¿cómo no iba a tener México un partido oficial?-, con impedirle el avance, nos damos por bien servidos.
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Sorpresiva y gratamente, su discurso no tuvo casi tintes de género e igualdad de sexos. Eso lo agradecí como votante, como feminista enclosetado y como partidario ad vitam de la equidad y defensor de la diversidad. Porque me parece que para que el discurso del género tenga éxito, resulta ya necesario dejar de enunciarlo. Concentrarnos más en las personas, y menos en la forma anatómica de sus entrepiernas. Pero la concentración en el asunto de quitarle de las manos el triunfo al PRI es tan arcáica que ni el proceso de 1999 hubiera permitido ese mismo chacoteo sin sentir ingratas náuseas. Cuando podría haber aprovechado los reflectores en un discurso de unidad, empuje y arrastre, Josefina se concentró en algo que sí, muchos deseamos, pero que da pocas luces sobre su particular visión de gobierno. Al menos yo no pienso votar por ella sólo con la finalidad de quitarle fuerza al "Güero Televisa".
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No, no, no estoy diciendo que pienso votar por Josefina. Admito que me simpatiza, pese a su imagen rígida y la monotonía de sus palabras. Me agrada que no era la oficial de un presidente que le ha sumado puntos a su autoridad a costa de la seguridad nacional, y que por esas mismas y conocidas diferencias con quien despierta, come y duerme en Los Pinos ha marcado una distancia, ligera pero visible, hacia las decisiones calderonistas. Contrario a Cordero, que tenía de marioneta lo que Peña Nieto -osea, todo-, Vázquez Mota había dicho en repetidas ocasiones: vamos bien, pero podríamos ir mejor si doblamos en el siguiente entronque. Además, claro, está el hecho de que es mujer, y no estaría mal irle dando al país cada vez mejores y más suficientes razones para creer en la igualdad de sexos -o en algunos casos, para irse enterando de la misma-.
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Critico y reniego, sin embargo, de su imagen acartonada. Pero la comprendo. Lo que no tenía en el año 2000, hoy el país ya cuenta con la lección de lo que un candidato chicharachero, bocafloja, populachero y aplaudidor, puede significar llegando a la presidencia -sumen ustedes basura, y metan ustedes basura en Palacio Nacional, ¿y qué van a obtener a cambio?-. Por eso es que, inseguros en la búsqueda de un punto intermedio, tanto Josefina como "Sololoi" Peña Nieto han optado por volver al figurín y la escultura, que tantos buenos ratos atrajo en el pasado para el PRI y las oficinas gubernamentales en que colgaba el retrato del "primer hombre". Acartonados hasta el cansancio, vuelven al guión de la estética caduca, y pretenden renovarla sólo tocando temas "difíciles" o controversiales, señalando los errores del contrincante y dejando de regalar tortas y refrescos -ahora lo "in" son las despensas, y estarían más "in" todavía con monederos electrónicos, pero se les duerme-. El mismo producto, con caducidad reescrita. Y nada más.
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Habrá qué ver. El "gallo" que terminó siendo gallina tendrá que llevársela con cuidado. Por el electorado y por lo que pueda hacer su contrincante para sumarse votos estratégicos. Por el país. Y yo soy de los que creo que ella puede, y estaré expectante para observar cómo sucede. Si se quedó a dos pasos de tirar a la hidra de Gordillo, espero se quede a uno de acabar con "Sololoi". Vamoaver. Vamoaver.
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¡Salud!

martes 31 de enero de 2012

Sobre Edgar.

¡Qué triste es vivir para otros! Triste pero inevitable. Llega el punto, si uno se descuida, en que la satisfacción de las emociones ajenas cobra relevancia abrumadora. Y así, de pronto, nos encontramos un día, si somos dichosamente capaces de hacerlo, pensando en cómo no herir, cómo emocionar, cómo no estorbar. El equilibrio, siempre frágil y delgado, entre las libertades de uno y las de los demás, se rompe y es entonces cuando le damos espacio al olvido, el abandono y la consecuente infelicidad.
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Me queda claro, tras visita acompañado de Doña Mago al cine este fin de semana, que John Edgar Hoover entendió y experimentó en carne propia esa lección hasta el último día de su vida. Dándole a su madre un lugar no sólo privilegiado, sino inequiparable, en su vida, y buscando satisfacerla en todo, firmó la propia condena de su estabilidad personal. Su miedo a vivir, su miedo a imponerse en aras de su felicidad, le atrajo justo lo que viene con el miedo, sin excepciones: el retraso de los días, la insanidad, la vejez en amargura y la muerte.
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El fundador y primer director del Federal Bureau of Investigation -FBI, ya lo sabrán, por sus siglas en inglés-, asumió su homosexualidad no como una preferencia más en el catálogo de su personalidad, sino como un castigo, una vergüenza imborrable, un peso imposible de dejar, y todo ello debido a la constante, enfermiza y determinante influencia de su madre, una mujer con sus propios trastornos, carencias y miedos, que trasladó, sin filtros ni barreras de ninguna especie, hasta su hijo varón. Y él, claro está, lo permitió en tiempos en que la propia visión de la madre en torno a la preferencia sexual de Hoover era la visión común no sólo de los estadounidenses conservadores, sino de los liberales y del resto del mundo.
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Todo esto, claro está, en la aplaudible y bien lograda visión de Clint Eastwood, que ha sido ignorada, política y diplomática, pero ferozmente, en la más reciente nominación de los premios Óscar. "Los gringos son muy celosos y están muy orgullosos de su FBI. No tolerarían, claro está, un cuestionamiento a su fundador y director durante cuarenta y ocho años. Dicho cuestionamiento, cabe aclarar, no lo pone Eastwood tanto en el enfermizo entendimiento de su propia preferencia sexual como en su  inigualable capacidad para aprovecharse de los medios y métodos de investigación inventados por sí mismo con el fin de ganarse el puesto y asegurar la subsistencia de su creación y su propia permanencia al mando de ésta.
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Lo que Eastwood explora magistralmente es la definición de la compleja personalidad de Hoover. Al respecto y para tales fines, su mirada experimentada entra y sale sin recelos del personaje, ofreciendo el panorama de su construcción no sólo desde los entrecijos, pasadizos, puertas perdidas y rincones oscursos de su conciencia, sino también desde la visión y las reacciones provocadas por sus particulares formas y reacciones en quienes le rodeaban. El experimento de "Clintswood" es no sólo exitoso, sino provocador. Uno descubre, al final de unos bien llevados ciento cincuenta minutos, que Hoover era en realidad múltiples Hoover: uno, el ya consignado aquí hijo dominado y controlado; otro, el homosexual inadaptado; ;otro, el patriota consumado -y consumido- en sus propios miedos, recelos, orgullos y fantasías; otro, el líder provocador y alardeante; otro más, el mercadólogo genuino y rapaz; otro, el policía inteligente aunque cobarde; otro más, el inventor aventurado y soñador. Todos, cabe ponerlo en claro aquí, bien interpretados por un Leonardo Di Caprio al que cada vez le va quedando más chico el Titanic.
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Lo que ha ignorado la Academia al evitarse el bochorno, es que J. Edgar asume como obra artística la responsabilidad absoluta en tanto a su visión del personaje histórico. El retrato es entonces no juicioso o dirigido, sino imparcial y certero. Propone un Hoover múltiple, animal y humano, celestial y terrestre, titánico e íntimo. A la par, la conciencia de un hombre que supo asegurar, en la cadena de Rockefeller, Onassis, Trump y Gates, su particular acceso a los dínamos y posibilidades del imperio; y la personalidad de un ser humano que, viéndose a sí mismo lleno de miedo y asco, creyó en el mundo como un reservorio de iguales ingredientes.
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Es seguro que a los estadounidenses más conservadores no les agradó J. Edgar. No por su acercamiento a los errores y tragedias personales de un personaje que muchos, durante la primera mitad del siglo XX, creyeron intachable. Sino por su valiente visión del intachable como un ser humano. Porque si llega el momento en que, sentado en una sala a oscuras, frente a la pantalla, uno logra identificarse, aún mínimamente, con el Hoover de celuloide, es que Eastwood ha logrado su obtejivo, ha dicho "touché" y ha guiñado el ojo. ¡Bingo!, pensaría el cineasta. No todos somos tan puros como pensábamos, pero tampoco tan imposibles. La diferencia entre ese estadounidense y uno mismo, está en las decisiones que hemos tomado en aras de ser felices. Y nada más. La diferencia está en la valentía con que asumimos la vida como un acto sin intermedios ni ensayos personal e intransferible. Y nada más.
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¡Salud!

El reto de uno.

Resulta obvio decirles a ustedes, si es que han vivido en este mundo la cantidad de años suficientes como para aprender a leer y hacer lo propio con esto que escribo -leer no es sólo descifrar un código, es también la posibilidad inigualable de entrar en sintonía con la mente de quien redacta, de darle un fuerte, fraternal y claro abrazo-, si es que pueden entenderme, les decía, les resultará obvio que la vida es un constante fluir de cambios. Coincidirán conmigo en que aquella frase presocrática que determinó al cambio como la única constante en el universo, es, por mucho, más atinada, correcta, centrada y sabia que muchos de los desvaríos de nuestros políticos, "líderes sociales" y de opinión, dirigentes sindicales y especímenes de igual ralea. No es la primera vez que se los digo, y seguramente, si la vida nos sigue dando la oportunidad de vez en cuando, tampoco será la ultima.
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Es viernes. Una serie de movimientos de recursos humanos en mi trabajo -uno se siente en ocasiones como ficha de ajedrez-, abre un espacio en un departamento del que yo apenas he oído nombrar. Suena el teléfono, y el gerente general me comunica que ha pensado en mí para ese espacio. Lo pienso dos segundos. Acepto. Me hace la aclaración: no es un puesto cualquiera, se trata de la cabeza del departamento. Lo pienso otros dos segundos. Mis piernas tiemblan. Una sola cosa palabra, como sombra, invade mi cabeza: reto.
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Los retos no me gustan. Me satisface más el enfrentamiento con la posibilidad, tomarla, aceptarla, abrazarla. Pero los retos, que suponen vencer expectativas no tanto personales cuanto ajenas, me sobrecogen. Para aceptar un reto hay que dejar muchas cosas de lado, empezando por la visión de otros. La única manera saludable de aceptar un reto es hacerlo personal, auténtica, total y exclusivamente personal. Vuelvo al gerente, que espera en la línea. Dudo si pedir un par de días para pensarlo. No hay pares de días, no hay días para pensar en el mundo laboral. Las cosas se hacen y dicen así, a golpe de hacha. "Sí, señor", digo, y pido sólo, cuando podría poner sobre la mesa toda una gama de necesidades para ser satisfechas con prontitud, lo único que el reto precisa en realidad: preparación. El Uno, que así le llaman al gerente general porque es más fácil y rimbombante que acordarse de su nombre, me asegura que su idea es enviarme a otra sucursal a capacitarme, "unos quince días", para regresar con todo y asumir el cargo. Acepto. Y es así, con un "click" del teléfono, que comienza siempre una aventura.
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Lo que ha venido en los últimos quince días ha sido un constante fluir de encuentros y enfrentamientos. Conmigo, y mi inevitable propensión a rechazar lo que me impulsa a las  alturas -volar bajo, seguro, es también como no volar-. Con otros, y su insufrible necesidad de esperar siempre de mí. Con la realidad, que en ocasiones se me . Con nuevos programas computacionales que piden de mí series de cosas que no poseo, que no domino del todo: atención, meticulosidad, rapidez, tiempo, memoria, multifuncionalidad. Hay que estar en todo, y todo uno en eso. Y luego, tras una gripa, dos diarias caminatas -una de madrugada, otra a media tarde-, quince sándwiches, unos seis litros de coca light, unos cinco paquetes de galletas, tres docenas de "hola, agustín, mucho gusto", y otras tres de "no, no soy para esta sucursal, soy para Sanzio", cientos de miles de clicks y otros cientos de etiquetas desperdiciadas -una de las áreas del nuevo departamento incluye la impresión de etiquetas de precio-, un par de nuevos conocidos, incertidumbre y miedo, tras un batidillo de movimiento y revolución, me descubro capaz de muchas más cosas de las que imaginé en los últimos dos años.
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Y es entonces, cuando uno supera su propias expectativas, que realmente cobra sentido el cambio. El reto es entonces un asunto del pasado, y lo serio y responsable se vuelve divertido. No importa si mañana se acaba, si el reto termina en el error -natural e inevitable para el aprendizaje-, y la consecuente necesidad de otros de señalarlo, de evitar el miedo y su repetición -cuando uno se equivoca, el superior sufre porque teme sobre sí mismo un regaño mayor, una reprimenda, un despido, algo similar-. No importa, pues, si otros no creen que yo sea apto, si otros comienzan a pensar que no merecía el nombramiento, la deferencia, la oportunidad. Hoy, esta quincena ha hecho posible muchas cosas en mí, y por primera vez en muchos años en verdad escucho las buenas palabras de quienes amo y me veo realmente reflejado en ellas. No es que yo sea perfecto, pero hacer las cosas bien sí que me sale de vez en cuando.
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Cuando hablé a ustedes en mi cumpleaños, pronostiqué este 2012 como esperanzador. Les dije que si el 2011 había sido de rupturas y  símbolos caídos, este 2012 tendría que ser, por obligación y lógica, de novedades y posibilidades. Un año mano abierta, un año puerta sin cerradura. Un año para bien. Le quedan todavía once meses a este año para cambiar de pronto, como seguro lo hará, pero lo que ha hecho por mí en estas dos semanas de enero me deja claro que entendí el mensaje, y que hemos andado por buen camino. Ahora no me abruma la responsabilidad, el recelo o la duda. La posibilidad, por infinita, se me antoja desafiante, atractiva, satisfactorio. Hoy estoy feliz por haberle dicho "sí" a su mano abierta, y haber tomado el reto con firmeza, con miedo, sí, pero con firmeza. Superarse a sí mismo es una buena forma de iniciar el año. Es una buena forma de iniciarlo a todo. Comencemos.
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¡Salud!
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Después de hablar con El Uno, la primera persona a quien marqué, ya lo imaginarán, fue mi cobija de chinos y ojos. Escuchó atentamente la posibilidad abierta y, tras dos segundos de duda, preguntó sorprendido: "pero eso es bueno, ¿no?" Es natural. Estamos acostumbrados a llamar urgentemente sólo para darle voz a las malas noticias. Bienaventurados los que dicen "bienvenida" a la dicha y tomano la mano del cambio y lo afrontan deseosos de probarse a sí mismos. Bienaventurados.

martes 27 de diciembre de 2011

24.

Pues aquí estamos otra vez. A pesar del esfuerzo constante por evitarlo, y de las muchas formas en que he intentado evitar el tema entre mis asuntos pendientes de la semana, un par de felicitaciones adelantas y un no sé qué a pastel y cera barata en el aire me indica que en un par de horas, y sin que nadie pueda detenerlo, he de cumplir 24 años. Nótese el uso del presente perfecto en tono de advertencia, admonición o norma. Eso es porque no tengo para dónde hacerme. La última vez que intenté esconderme de un cumpleaños, duré toda la noche viajando en un vuelo a Japón, sólo para llegar a la nación nipona y descubrir que tuve que haber viajado 24 horas antes para que el esfuerzo valiera la pena -es lo que me gusta de cumplir años: puede uno decir mentiras, y hacer lo que le venga en gana, y ni quien se fije-. Así que no pienso -volverlo- a hacer. No sólo por lo inútil, sino por lo arriesgado: llegaría el punto, envejecido y maltrecho, en que seguiría teniendo los mismos 24.
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Y en vista del éxito obtenido en este último año de vida -lo de éxito es metafórico... y nada tiene de éxito-, me veo en la apremiante necesidad de no celebrar de ninguna forma esto que hoy me llega a las manos, dicen mis amigos que como un regalo, yo más bien digo que como una ley ineludible. No espero regalos -nunca los tengo, de todas formas-, llamadas de felicitación, abrazos o recordatorios en Facebook -ésos, hasta para los que los hemos usado, son una pésima y totalmente impersonal forma de ser felicitado por contactos que en la vida imaginabas que tenías agregados-, y no se molesten por preguntarse durante toda la noche qué podrán hacer por mí mañana. Iré a trabajar y festejaré laborando, por un módico sueldo, que trabajo fue de las pocas cosas que la vida me regaló estos últimos doce meses -por eso también festejaré besando a mi novio, otra de esas pocas grandes cosas-. El resto, ni para qué recordarlo.
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Vamos a ponerlo así. En este año me propuse amar más y ser más conciente de mí mismo y mis amigos. Y lo hice a medias. Amé ciertas cosas y a ellas me entregué con júbilo y pasión, y el fantasma de la decepción -tema ya agotado... no es tema....- rondó a mi puerta un par de veces. Me propuse llevar un estilo de vida más saludable, cuidando mi alimentación y mis contactos con el médico. Y también lo hice a medias. Sólo en el último mes me apliqué y logré salvarme un poco, pero debo admitir que el resto del año estuve comiendo lo que encontraba -imaginadores abstenerse-, y huí del médico como de la peste. Me prometí ver más cine, escuchar más música, leer más libros. Y también eso lo hice a la mitad. El trabajo y la rutina lo absorven a uno,  y a pesar de que en el segundo semestre logré recuperar en mucho mi vida gracias a un cambio laboral, todavía es hora que no veo lo suficiente, no leo lo suficiente, no escucho lo suficiente.
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Me prometí disfrutar más de los pequeños momentos, esos pequeños momentos que hacen la vida tan sabrosa y dan tanto sentido a la existencia. Y lo logré, a medias. De hecho me parece que el tener que estar moviendo las cosas para que los cambios llegaran, me ocasionó estrés y desazón. Quizá por eso el año se me fue tan rápido. Me prometí intentar lo diferente, y es hora de que sigo comiendo lo mismo, aderezándolo de similar y acompañándolo con idéntico.
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Es obvio que abarqué mucho, y terminé por no apretar nadita. Aprendí mucho, sí, pero a costa de graves errores y dramáticos descubrimientos que me ganaron dos o tres lágrimas. Y a mí eso de aprender a chicotazos como que no me va. Por eso el próximo año, que he de vivir, según estadísticas, quiera o no, he decidido sentarme a esperar que la vida me sorprenda. No haré planes, y no daré más pasos en falso que los necesarios. Este año que termina, bombardeé lo suficiente murallas y ciudades, y dejé que dos o tres pedestales cayeran al respecto. Y generar dichas caídas trajo caos, revolución y cierto grado de anarquía, pero luego, ahora, como que avisoro la paz. Porque para vivir hay que cambiar, y para cambiar hay que hacer, sólo de cuando en vez, que el mundo arda un tantito.
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El próximo año, pues, tendré sólo un par de metas y en ellas me enfocaré. No prometeré unión y prosperidad cuando sé que no tendré tiempo para hacer que la campaña de Benetton se cumpla y Ratzinger le dé su ósculito -?- al imán Mohamed el-Tayeb. No prometeré crecimiento y avance, cuando ni la campaña amorosísima de AMLO logrará crecimientos económicos para este país de balazos. No prometeré que los veré, buscaré, amaré, leeré y escribiré más, porque no sé ustedes pero yo ya estoy harto de promesas sin cumplir. Vámonos portando serios. Este año pido energía, y decisión, y con dos costales mensuales de eso me basta. Lo demás, como en el viejo refrán, es vanidad.
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¡Salud!
-Este Baile llega así a sus 4 primaveras. Qué rápido se nos está yendo la vida, don Susanito, qué rápido y que en chinguiza-.

domingo 25 de diciembre de 2011

Del mal de año.

Este fue, en definitiva, un año duro. Decepcionante hasta la médula, no sólo porque yo particularmente esperaba otro comportamiento de su parte, de sus días, sino porque estuvo plagado de decepciones. De lo personal a lo profesional, pasando por todas las escalas posibles, muchos rincones de mi existencia se tambalearon ante la sonora explosión de los ídolos caídos, los falsos profetas revelados y mi decisión personal, invaluble e ineludible, de dedicarme a barrer las cenizas.
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Haciendo un recuento que no quiero, pero al cual me obliga la realidad, éste año se me fue en lamerme las heridas.  Quizá por eso se me fue tan rápido. Fue un año no sólo pausa, sino retroceso. Las cosas no sólo dejaron de fluir. En algunos casos el estancamiento fue tal, que tuve que abrir la represa porque el agua empezaba a pudrirse.
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Es por ello que este cumpleaños -que es no sólo el mío y el de Ravel -sí, el del bolero- y Stan Lee -sí, el de los mutantes e inadaptados-, sino también el de este Baile-, que estará en tres días tocando a la puerta de manera impostergable -da la casualidad que, sin importar qué pase y cuánto lo evite, uno termina cumpliendo años cada año el mismo día-, compartiendo el sentimiento -y muchas otras cosas- con mi cobija de chinos y ojos, hemos de esperar cero felicitaciones, cero abrazos y cero llamadas telefónicas de cualquier tipo -incluso rechazaré las del Niño Verde cuando llame para decirme que ellos pidieron vales de medicinas, y nos los quitaron, ellos pidieron pena de muerte, y nos la quitaron, ellos pidieron que bailara Zoila, y nos la quitaron-. No porque no creamos en la buenaventura de sus deseos y manifestaciones amorosas, sino porque esto de cumplir años se ha puesto el último período tan de mal agüero,  que preferimos no arriesgarnos a que el próximo año nos vaya aún peor.
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Hubo en este año que termina en unos días que hacer movimientos imprevistos y mal meditados. Así es de pronto la vida: le da a uno a veces la posibilidad de sentarse a cabilar los movimientos del tablero, y en la misma medida le quita otras veces toda probabilidad de investigar y elucubrar la mejor decisión. Hubo que marcar distancias y franquear bien el espacio personal -yo el mío lo rodeé de soldaditos de plomo. Han demostrado ser más eficaces y humanitarios que los del ejército calderonista-. Hubo que cerrar filas y tapiar puertas y ventanas. Hubo que derrocar privilegios y bajar guardias. Hubo que pedirle a ciertas personas, con dos o tres modos, que le bajaran el nivel de alimento lácteo graso acidificado a sus panes de maíz sin levadura rellenos de producto cárnico diverso -osea, que le bajaran la crema a sus tacos-. Y hubo también, en dos o tres casos, que voltear la cara y mandar al niño al rincón.
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Hubo en este año que guardar la calma y esperar. Y Dios sabe lo que se me complica a mí la espera. Por cada dos pasos que di, el día a día me recordó con tres traspiés que era necesario no avanzar un paso más. Lo entendí bien y bonito. Hay años punta y estrella, lanza y astillero, y años agua mansa y atardecer contemplativo. Dicho de otro modo: hay años para que nade el pato -y hasta haga gimnasia olímpica, como en los Panamericanos-, y años que ni agua beba.
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Sí, este fue un año particularmente dificil. Los planes profesionales no se concretaron, y los que no se concretarían salieron de pronto finalizados, empaquetados y listos para expotación. Lo que se creía factible y como ruta eficaz el primero de enero pasado, demostró para abril ser irrealizable, y lo que se pensaba irrealizable al dar las doce campanadas, se tornó aún más inalcanzable. Mis últimos semestres en la facultad, en ausencia de amigos y conocidos de antaño en mis clases, se tornó tan insufrible como inútil. A los que quiero mucho, los vi poco, y a los que vi mucho tuve que pedirles regresen en dos o tres décadas, cuando pueda entender su cotorreo. Tuve que ponerme en cintura y aligerar mi alimentación -que de tanto queso crema se me estaba volviendo un hábito indigesto-, y parar en seco mi propensión a los extremos. Miembros irremplazables de mi familia estuvieron fuertemente enfermos gran parte del año, y yo mismo tuve dos de las más fuertes gripas que recuerde en mi vida en estos últimos doce meses. Leí poco, y lo que leí me gustó la mitad. Vi más televisión que de costumbre, y terminé por entender todavía menos el funcionamiento de la más multimillonaria de las industrias en mi país. Cambié, forzadamente, dos veces de celular, y tres veces de mochila -o es cierto lo que mi cobija de chinos yojos dice, y tengo manitas de estómago, o en serio estos últimos 365 días se esforzaron por apestar con ganas-. Fuertes cambios económicos apretaron mi bolsillo -por no decir que me las vi negras para salir el año con mi presupuesto actual-, y eso que no fue éste un año de crisis financiera nacional. Tomé la decisión desde mitad de año de darle a mi carrera luz volviendo al periodismo, y las tres puertas que en el último semestre toqué para tales efectos se me cerraron con todo y portazo. Me decepcionaron algunos amigos -o más bien, me harté de que fueran tan decepcionantes-, mis compañeros, mis familiares, y dos o tres conocidos-. Y todo esto explicará, espero, por qué llego diciembre y yo no quise pedir en inventario alguno más que puras tarjetas de regalo -ahora mismo estoy ocupado en salir a flote a jalar aire, ya me ocuparé luego de ver qué garra, disco o gadget inútil se me antoja-.
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De todo eso no hay qué hablar mucho -mucho más-. Es mi mala suerte con los años nones. Y es que yo no sé por qué, pero diario que lo apuesto todo en años no divisibles exactamente entre un número par, terminan las cosas saliendo, como diría sabia siempre para darle a las cosas la vuelta, "de la rechifosca mosca".
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Pero como yo no he muerto, y no ha muerto tampoco mi esperanza, resulta que tras abrir la caja de pandora tengo al final de todos los males, como el último calcetín en el armario, justamente la esperanza. Fue, en medio de tanta calamidad, el año en que mis dos hermanas me hicieron tío, y ese par de gordinflonas fábricas de babas valen el esfuerzo de mantenerme a flote las últimas cincuenta y dos semanas. Fue también, pese a todo, un año de consolidación y acercamiento inigualable en mi relación. Un año en que nada caminaba, y sin embargo, en medio de la neblina y el estancamiento, sentí en todo momento a mi lado la mirada rodeada de chinos -a veces lacios, por aquello de que le da por cambiar de look como de ropa- de mi cobija sonriente. No me faltó de su parte un "ánimo" o un simple suspiro de complicidad. Su mano tomó en todo momento la mía, y su humor, su afabilidad, su compañía, su autenticidad y su cariño, me dio el único motivo para estar orgulloso de algo hecho por mí en el último tiempo. Fuera de él, y de lo que hicimos juntos -de lo pequeños que lograrmos que nos fieran los que no han volado nunca-, mejor doy media vuelta y me regreso al 2010.
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2012 tiene oportunidades de sobra para mejorar la partida. Espero agarrarme de alguna de ellas. Si bien es cierto que el mundo puede acabarse al cumplirse las profecías mayas -que ni son profecías, se les acabó la roca y ya no tuvieron espacio para agregar más días-, también lo es que no me queda más que hacer un esfuerzo por seguir cazando la pechuga hasta que se nos venga el mundo encima. Total, ya estamos aquí, ni modo de no entrarle al bailongo.
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Ya 2011. Ahí muere.
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¡Salud!

viernes 9 de diciembre de 2011

El muñeco de cartón.

Oiga, señor candidato, acá entre nos, yo tampoco he leído nada en mi vida. Tengo mi cuarto lleno de esos objetos extraños, mitad ladrillos, mitad paquete de hojas recicladas, y a la fecha no sé por qué los tengo. He repasado una por una sus páginas, en muchos de los casos más de dos veces, y registrado con mi vista cada mancha negra de tinta que vuelve gris el blanco de las hojas. Y a la fecha sólo entiendo que no le he leído nada. Así que no se agobie. Seguro llegará el momento en que, tanto usted como yo, tengamos claro para qué sirve tanta palabra, tanto párrafo, tanta pasión humana.
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El lapsus brutus del candidato presidencial priísta en la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara -que fue, lo habrán notado, un gran hoyo negro en este baile por primera vez en su historia, ello gracias a que ya sin credencial de prensa ya no me sabe igual, por lo que no volveré a hablarles de la FIL hasta que alguien se digne a invitarme como periodista y me salve de pagar quince módicos, justos y nutritivos pesos-, es más que un alarmante olvido. Enrique "Sololoi" Peña Nieto intentó al día siguiente disminuir el incidente con un simple: "Yo no lo veo tan grave. Para mí es un asunto intrascendente", confesó para un noticieron matutino en Radio Fórmula. Lo cierto es que esta declaración no hace otra cosa que acrecentar la imagen de miope, superficial y algo estúpido que el "asunto intrascendente" del día anterior le creó ya, irreversiblemente y sin derecho a réplica, entre todos sus posibles votantes medianamente inteligentes, leídos e informados.
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Imagino el terror que se vivió entre sus asesores personales cuando el ex rector de la Universidad de Guadalajara y actual diputado federal por el partido tricolor, José Trinidad Padilla López, siguió el protocolo propio de toda presentación de libros en la FIL y le cedió el micrófono, terminada la cantaleta metódica, pensadísima, bien planeada y hecha a la medida de "Sololoi" Peña Nieto, a quienes tendrán también la última palabra el próximo año: los lectores-votantes. "Me quiero volver chango", debieron pensar, porque supongo saben que a su candidato Mattel lo que menos se le da es hablar sin guión. La gorda, la nerd y el gay -los asesores personales son siempre tres, y siempre tienen justamente estas características-, debieron correr de un lado a otro despelucándose cual pitufos cuando llega Gargamel. Seguro su candidato ni se enteró. Suficientemente preocupado ya en cuidar la perfección de su copetazo en las imágenes de su rostro las pantallas planas, ni siquiera se dió cuenta de que lo que los filiófilos querían saber era qué lecturas han marcado su vida, no qué recuerda haber visto en los aparadores de Sanbors antes de comprar sus ejemplares quincenales de Quién y Caras.
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Denisse Dresser, junto con otro buen grupo de intelectules, dejó más que claro ya lo profundamente terrible y las más grandes repercusiones que la fallida respuesta de Peña Nieto acarrea. Se trata de un candidato hecho a la medida de ciertos intereses, intereses superiores que, de llegar a la presidencia -toco bosques enteros, no nomás madera-, gobernarán a través de él como títere o antifaz. No sólo por la vacuidad de sus respuestas, tontas y superfluas, sino también por el contenido de las mismas: "Sololoi" Peña Nieto sólo puede recordar atinadamente la Biblia como su lectura, y con ello se granjea el aplauso y reconocimiento, lo supone de improviso, de la mayoría católica, o cuando menos moralista, que integra la población de sus próximos gobernados. Hecho a la medida de intereses que no son los suyos -si por él fuera, se iba de modelo a CK y se dejaba de otras faenas inútiles-, está programado para dar de sí, justa y necesariamente, lo que le granjeará el triunfo a los titiriteros tras la máscara de Ken. Y nada más.
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Por eso a preguntas comunes, como "¿qué opina del apoyo a la tercera edad" o "¿qué opinión le merece la equidad de género?", responderá siempre con respuestas comunes. Les dirá, a ustedes y a mí, lo que queremos escuchar. Lo que él, programado de fábrica desde el Pedregal con una veintena de frases preestablecidas, cree que se requiere responder. Como el Nenuco que te dice siempre "mami" cuando lo abrazas, no más, no menos.
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Su respuesta fallida será a partir de este momento más decisiva de lo que Peña Nieto cree -iba a escribir "piensa", pero no viene al caso en el caso del niño Televisa-. Si no lo fuera, "su gente" no se habría tomado la molestia de tumbar en un par de horas cuando servidor se le apareció por la red en blogs, chats y redes sociales que trataron el tema del "asunto intrascendente". La censura no es otra cosa que una respuesta al miedo. Y, como siempre sucede con los poderes fáticos, quienes impulsan su candidatura se sienten mucho más inseguros respecto a su propio candidato -y ya vimos por qué- que los que parecen llegar a la campaña en vehículos -y motivos- propios.
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Señor Presidente -así se dirigen a él sus allegados, quienes, como él mismo, no conciben otra cosa que su presencia en Los Pinos a partir del próximo año-: Yo le repito que comparto con usted la ausencia de lecturas. Ni Fuentes, ni Vargas Llosa, ni Restrepo, ni Hernández, ni Hernández, ni Neruda, ni García Márquez, ni Krauze -que escribió La presidencia imperial, un material histórico básico que todos, absolutamente tdodos, deberíamos tener en cuenta-, ni Ibargüengoitia, ni Rulfo -en cuyo auditorio mezcló usted las cosas e intentó salir aireado-, ni Arreola, ni Del Paso, ni ninguno de los otros nombres de desconocidos que llenan mi habitación, han sido para mí lecturas. Son, eso sí, viajes y encuentros humanos con lo universal. Entiendo que usted, como yo, no haya leído nada. Lo que no entiendo es cómo nada de lo que ha encontrado en ellos lo ha dejado marcado. Eso sí, señor candidato, es un error inaceptable.
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¡Salud!

domingo 20 de noviembre de 2011

Todos los fines felices.

Mexicanos volad presurosos,
de la pantalla plana en pos.
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La calle se llena. Son altos, bajos, afectados por la obesidad, atléticos, diabéticos (porque el mexicano no padece "diabetes", tiene "diabetis"), cariados, víctimas de una creciente ola de violencia social que los conmueve, indiferentes. Nada hay en común entre los individuos de esta raza de bronce. Nada y sólo una cosa, una divina trinidad: viven al día, tienen tarjeta de crédito, y no dudan en endeudarse para seguir viviendo al día.
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El supermercado en el que trabajo -ya lo sabrán ustedes, que se han chutado todas, todas-, vendió tan sólo en el primer día de El Buen Fin (R. "El Buen Fin", el logo de la hoja de calendario y sus colores blanco, negro y rojo, son marcas propiedad de Felipe Calderón Hinojosa. Prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa. Todos los derechos reservados), casi tres millones de pesos. Para que se den una idea de lo que eso simboliza, nuestra tienda -y suya también, si ayudan con los gastos-, vende esa clase de cantidades sólo una vez al año, el 24 de diciembre. El resto del año, incluída la temporada que todos conocemos como Julio Regalado -"este don Julio está echando la casa por la ventana, ¡está regalando todo!", dijo en el episodio pasado del mes de descuentos uno de los empacadores de la línea de cajas-, llegamos a mucho, pero no a tanto. Lo que a mí más me impresiona del asunto de El Buen Fin (R. "El Buen Fin", el logo de la hoja de calendario y sus colores blanco, negro y rojo, son marcas propiedad de Felipe Calderón Hinojosa. Prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa. Todos los derechos reservados), es que los mexicanos salieron a comprar -a La Cómer y a otros muchos lugares de la misma o peor calaña- armados no de efectivo, cash contante y sonante, lo que hablaría de que estaban empleando, invirtiendo o despilfarrando, según se vea el vaso medio lleno o medio vacío, su aguinaldo, sino de fuertes y bien blindadas tarjetas de crédito.
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Osea que el país estará endeudado con instituciones bancarias durante periodos que van desde los seis meses hasta el año y medio de duración. Eso al país le viene bien, dicen, y lo que importa no es cuánto quedaremos a deber, sino que ahora, a punto de terminar el sexenio y con don Felipe recorriendo el sur de México en gira artística -Felipito y los Best Buy Boys-, se active la economía vía hartos vouchers firmados. La iniciativa, ya lo imaginarán a estas alturas, nació en Los Pinos -en los de la presidencia, no en el albergue infantil, que de ahí habría salido algo más inteligente-, y fue aplaudida por muchos empresarios que, viendo en el seco y áspero noviembre una luz para estirar un poco la temporada navideña -que de puro diciembre les sabe corta-, ya no saben cómo van a terminar un año tan caótico -imagínense qué tan caótico no será que se casó Galilea Montijo. ¿No será que ahora sí el próximo año nos carga a todos el payaso?-
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Y Calderón, obediente de sus propias ideotas, andando en Cancún dio banderazo de salida y espaldarazo al Buen Fin (R. "El Buen Fin", el logo de la hoja de calendario y sus colores blanco, negro y rojo, son marcas propiedad de Felipe Calderón Hinojosa. Prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa. Todos los derechos reservados), adquiriendo un espejito, dos pares de listones rosas y una canastilla para su bicicleta -bueno, en el radio dijeron "aditamentos", pero esos son los que mejor se me acomoda enumerar- , y un disco de Marco Antonio Solís, "El Buki", que le pidió su esposa (me los imaginé a los dos echados en la sala el domingo en la mañana cantando "¿A dónde vamos a parar, con esta hiriente y absurda actitud?").
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Acá, las hordas de endeudados compraron pantallas planas a morir -se vendieron más que los condones, y miren que los condones se venden siempre mucho cuando hay puente-, estéreos con chicas bocinotas, aditamentos para las pantallas planas compradas a morir, y aditamentos para los estéreos con chicas bocinotas. Y ni qué decir de refrigeradores, estufas, hornos de microondas, lavadoras y calefactores que salían de la tienda como si los estuviéramos regalando. Una señora llegó al punto de preguntarme, indignada, cómo era posible que no tuviéramos más pantallas planas Bravia de Sony. "No, señora. Las que teníamos las vendimos para poder comprar más, y ésas también se vendieron. Y como de ahí no vamos a salir, mejor cerramos y nos vamos".
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La calle se llena. No hay bolsa sin mano, caja sin espalda, saldo sin monedero electrónico. En El Buen Fin (R. "El Buen Fin", el logo de la hoja de calendario y sus colores blanco, negro y rojo, son marcas propiedad de Felipe Calderón Hinojosa. Prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa. Todos los derechos reservados), la vida, el éxito, la prosperidad y la felicidad, se reducen a tu límite de crédito. Soy, luego tengo. Me endeudo, no pago. Quiero ver la cantidad de devoluciones que vendrán después de esto. Los fabricantes se relamen ahora los bigotes tanto como nuestro jefe de electrónica. Será una navidad feliz. En enero, cuando empecemos a pagar los males de El Buen Fin, la resaca nos dejará exhaustos. Por lo pronto, ¿a mí qué me importa que se caiga el país, si yo ya tengo mi pantallota?
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Jonathan Larson, en el libreto de su célebre ópera rock Rent escribió: "If you're living in America, at the end of the millenium, you're what you own". Le pediría yo hoy corregir la nota: "If you're living in America, at the end of the millenium, you are what you owe".
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¡Salud!

viernes 11 de noviembre de 2011

A sangre helada.

Truman Capote se describió a sí mismo en cuatro palabras escabrosas: "soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio". Y para enunciar las cuatro tenía motivos de sobra: murió de una sobredosis de sicofármacos combinados fatalmente con alcohol; fue uno de los primeros intelectuales abiertamente homosexuales de la historia estadounidense cuyas maneras y manías no sólo no le ocasionaron el repudio popular, sino que lo hicieron famoso; y generó, a través de su célebre novela A sangre fría, un género a medio paso entre la literatura y el periodismo que se convirtió en la piedra fundacional del llamado new journalism, sin el cual sería prácticamente imposible leer un reportaje en un periódico moderno.
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Convivió con los más famosos artistas de su país a mediados del siglo XX, y más concretamente con la más alta esfera de intelectuales neoyorkinos, a quienes aprendió a conocer hasta en sus más escabrosos secretos, excelente observador como era de la realidad a la que siempre asistió como en función de estreno. Su amaneramiento, su fina voz y sus estrafalarios gustos en el vestir, le dieron pase directo al mundo de los cocktails, las reuniones de gala y las más exclusivas vidas privadas. El encanto se rompió cuando Capote, observador pero hablador, amenazó con publicar secretos y entredichos en un material bibiográfico que nunca vio la luz. Rechazo y finalmente incomprendido, se retiró a vivir en la mucho menos voluptuosa ciudad de Los Ángeles, hasta que en 1984, en medio de fuertes crisis depresivas, los mismos excesos que disfrutó toda su vida y que lo hicieron miembro activo de fiestas y reuniones, le quitaron la vida un mes antes de juntar los 60 años.
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Pero yo no vine aquí para hablar de Truman Capote (cuyo apellido hispano lo adoptó de su padrastro, un cubano llamado Joe García Capote). De él encontrarán cientos de biografías y videos en Youtube, hasta cortos de su breve actuación cinematográfica en la cinta de poca monta Murder by death (1975). Incluso tendrán muy a la mano la nada despreciable actuación ganadora del Óscar de Philip Seymour Hoffman en la cinta del  2005, Capote, que retrata de un modo interesante los claroscuros del ser humano que revolucionó para siempre la historia del periodismo universal. Yo vine aquí para hablarles del más famoso de sus proyectos, A sangre fría, y en ello me he de quedar aunque me cueste la vida -digo, si vamos a empezar con el asunto de lo policíaco, hay que corresponder, ¿no?-.
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Primero empezaré por hablar del new journalism -¡ots!, ¿en qué quedamos, pues?- Con A sangre fría, Capote inauguró una nueva forma de hacer periodismo. O de hacer literatura. Si lo que se requiere para que la noticia funcione como tal es la objetividad, que en la medida de lo posible la alejará de opiniones, filtros ideológicos o comentarios que podrían ensuciar al hecho duro, pensó Capote, ¿por qué no ejecutar creación literaria en torno a los hechos objetivados? Lo que logra es entonces un género híbrido entre lo literario y sus requisitos básicos -narrador, personaje, sucesión de acontecimientos, espacio y tiempo, etc.-, y el periodismo informativo y sus ídems -objetividad, corrección, sencillez, precisión, concisión, síntesis, etc.-. Truman Capote hermanó de una vez por todas ambas actividades humanas, hasta entonces sólo medianamente vinculadas, incapaz de acceder a la compleja la realidad sólo a través de una de ellas, y con ello logró no solamente que los fanáticos del periodismo y la literatura se acercaran por completo y de una vez por todas a ambos productos del lenguaje, sino que los periodistas y los literatos encontraran en la actividad contraria una nueva fuente de recursos estilísticos e inspiracionales.
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Pero para llegar a eso, Capote tuvo que sufrir las de Caín -nadie nos asegura que Caín sufrió, pero ahí estamos todos jurando que sí como manada. ¿Qué tal si la muerte del hermano en realidad le trajo paz y prosperidad? Si Freud proponía matar a la madre...-. Primero se enfrentó a un acontecimiento que, por su rareza y complejidad, desató controversia en el ambiente policíaco de la época: una familia de cuatro miembros, mamá, papá, hijo e hija, los Clutter, agricultores queridos y admirados por su comunidad, en Holcomb, Kansas, fueron amordazados, torturados y asesinados por un par de ladrones de poca monta, que a cambio de las vidas de los cuatro obtuvieron cincuenta dólares y un radio de pilas portátil. Luego, atraído por la complejidad del caso -los asaltantes no dejaron huella alguna, y la comunidad entera se espantó por la posibilidad de que el asesino pudiera ser un vecino más de su pacífico pueblo-, Capote se introdujo paulatina e inteligentemente en la vida de los pobladores de Holcomb.
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En ese momento, su interés por el hecho dejó de ser sólo periodístico. Sin enarbolar una causa específica, lo que habla de su inteligencia y profesionalismo, es decir, sin hacer labor policíaca o ministerial en favor de la búsqueda, captura y procesamiento de los culpables, manteniendo siempre en claro su postura como profesional de la información, el escritor se adentró en las consecuencias sicológicas, anímicas y sentimentales de los asesinatos para la comunidad.
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Con la ayuda de su amiga Harper Lee, quien ya antes de la publicación de A sangre fría había ganado el Pullitzer en la categoría de ficción por su novela -también convertida en popular cinta- Matar un ruiseñor (1960), Capote se convirtió en parte de la comunidad de Holcomb. Ganó la confianza de sus vecinos, y extrajo de esa confianza la verdad. Entonces, teniendo claro el perfil sicológico de todo el pueblo antes y después de la matanza, concibió la idea de convertirlos en un personaje literario. Su obsesión por el caso fue tal, que durante los diez años que siguieron a los asesinatos hasta la captura y aplicación de pena de muerte para los dos asesinos, Perry Smith -con quien se dice que Capote sostuvo una relación sentimental más allá de su profesión- y Richard Hickock, Capote no escribió ni concibió ningún otro artículo interesante. Cuando los criminales fueron juzgados y condenados, Truman Capote tenía en sus manos un conjunto de perfiles humanos tan valioso que hacerlo sólo un reportaje sería limitarlo en exceso. El resultado podría estar sólo en la literatura: escribir una novela. Pues una vez que están claros los personajes y sus semblanzas, sus miedos, indecisiones, decisiones y complejos, lo demás es pan comido.
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El resultado es una novela que sobrepasa las expectativas del lector periodístico y del literario. La construcción de los personajes es exacta y sublime. Dirá el experto que qué chiste, que Capote no hizo más que calcar a un grupo de seres humanos sobre el papel. Pero esa simple calca requiere de una capacidad de observación y deducción, empatía y carisma literario, que no cualquiera posee. Lo que Truman Capote vierte en la novela es un documento que imagina poco y reproduce lo demás. Las pocas dosis de literatura que pone en el escrito, no son ni siquiera interesante. El verdadero "gancho" está en la asistencia del lector no sólo a un cuádruple crimen, sino en su asiento en primera fila para el espectáculo de la vida humana. Los hechos narrados no buscan un culpable. Ni siquiera pretenden el enjuiciamiento de los hechos. La novela de Capote pretende exponer al hombre y la complejidad de su alma, dejarlo descubierto frente a sí mismo y ennumerar sus pasiones y controversias, sus enfermedades y dolencias. No llama a la excusa: provoca a la reflexión. Y la catarsis resulta inminente: finalmente todos tenemos algo de Holly Cuttler, de Perry, de Hickock, hasta del detective Dewey, y el encuentro del hombre con el otro que protagoniza las páginas de la llamada novela de no ficción sensibiliza, enseña, hermana y sublima.
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Quizá yo no hubiera titulado A sangre fría la obra final. Supongo que Capote se enfrentó al dilema de cómo titular un trabajo de diez años, cómo resumir en un par de palabras un proceso que cambió su historia personal y la de su profesión. La respuesta estuvo en el llamado a la vocación de la sangre, la nota roja y el enfrentamiento audaz y despiadado con la verdad. Para mí, A sangre fría no es nada de eso -la violencia del asesinato múltiple apenas y se describe-. Yo la hubiera llamado "Desnudamente humana", o algo por el estilo -siempre he sido pésimo para los títulos. Se solicita titulador con experiencia-. Pero lo hecho, hecho está, y lo cierto es que hoy la expresión A sangre fría remite no sólo a una expresión preestablecida del periodismo amarillista, sino a toda una revolución de las artes y ciencias de la palabra orquestada por la pluma y la sensibilidad del más grande escritor neorlandés.
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La invitación es inútil. Tienen que leer A sangre fría. Si no lo hacen, se estarán perdiendo de un profundo retrato del humano ante la enfermedad mental y la decadencia moral. De una velada crítica hacia una sociedad que genera criminales en la exclusión y la desigualdad, y luego pretende convertirlos o satanizarlos para hacer un circo que los comercialice. Tan actual como enchínamelapiel.
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¡Salud!

La paradoja Blake.


Más de una cosa resulta paradójica en torno a la muerte del hasta hace unos minutos secretario de gobernación del presidente Felipe Calderón Hinojosa. Supongo que a ninguna persona, medianamente enterada, le pasarán por alto estas mismas encrucijadas de la realidad. Paralelismos fatales que resultan también misteriosos, que desatan cuestionamientos hasta de los menos avezados. La propuesta no busca resolver las paradojas, sino ennumerarlas, con la absoluta convicción de que muy probablemente  no haya respuesta para entredichos que la vida misma genera, sin poner mientes en lo que a nosotros, los seres humanos, nos vaya a parecer.
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José Francisco Blake Mora es el segundo secretario de gobernación del presidente Calderón que fallece en un accidente aéreo. En 2008, justamente en los primeros días del mes de noviembre de aquel año, Juan Camilo Mouriño, el entonces funcionario al mando de la Secretaría de Gobernación, murió al desplomarse el avión en que viajaba mientras sobrevolaba la capital del país. A Blake y a Mouriño no los une sólo el puesto que desempeñaban al momento de su deceso, ni las condiciones del mismo. Ambos eran también panistas, y ambos tuvieron que defender, en momentos que se tornaban cada vez más dramáticos, la figura de su jefe en un puesto que, ya se ha dicho antes en este mismo espacio, le ha quedado grande.
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En todos esos sentidos, la paradoja se extralimita. El conjunto de similitudes entre ambas muertes y personajes raya en lo increíble. Cuando Mouriño murió, la opinión pública desató mil y un teorías en torno a la causa del accidente. Se habló de un atentado, de cierta premeditación, y "Felipito" Calderón avivó la llama cuando, en las exequias del secretario, prometió a los presentes, entre quienes estaban la viuda del secretario y sus tres huérfanos, que no cedería ante ninguna presión. Los enterados no pudieron más que guardar para sí sus conclusiones cuando, tras muchos meses de calma y olvido aparente, la Procuraduría General de la República puso a la luz los resultados de las indagatorias y peritajes realizados en torno al accidente del secretario, determinando una falla mecánica en la avioneta como la causante del siniestro.
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Con Blake habrá que ver. Lo cierto es que Calderón se queda una vez más sin una columna estratégica al interior de su gobierno, ya de por sí debilitado por la creciente ola de críticas y sobresaltos que en gran medida ha ocasionado su política pública en torno a temas como la seguridad, las garantías individuales, la política exterior, los derechos humanos y la lucha contra el llamado "crimen organizado". La potencia del panismo, también disminuida con respecto a hace once años cuando tomó por primera vez la presidencia mexicana, sufre igualmente un revés de trascendencia. La clase política espera ahora para ver a quién elegirá Felipe Calderón como sucesor del secretario fallecido hoy. Se requiere una figura imponente, transparente y decidida, que otorgue una potencia nunca vista al gabinete, y con ello al gobierno, del presidente constitucional. El 2012 está cada vez más cerca, con todo y sus elecciones federales, y al principal panista del país, el propio presidente, le urge fortalecer la imagen de su administración para otorgarle un voto de confianza a su partido con rumbo a los  próximos comicios. Porque él debe entender que un gobierno panista fuerte y decidido, pero también transparente y abierto, generará un voto generoso de parte de los electores el próximo año.
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Suena duro, pero el accidente de Blake abre una oportunidad para reivindicar el trabajo calderonista. Los meses se agotan y la última docena de meses será crucial para determinar si los votantes se inclinan o no por darle seis años más al PAN en el principal puesto público del país. Independientemente de los resultados que arroje el peritaje en torno al accidente de Blake Mora, Calderón puede elegir entre darle paso a la tragedia o llamar al trabajo consistente y el replanteamiento de las políticas públicas desde el interior de su gabinete. Seguramente tirará a lo primero. Porque la muerte de Mouriño en 2008 no lo hizo reflexionar, en apariencia, ni siquiera sobre la seguridad al interior de su propia administración. Blake tripulaba una avioneta de finales de los ochenta, con más de un millar de horas de vuelo en su haber, e iba acompañado de otros importantes miembros del gabinete. Como Mouriño, hace tres años. Las paradojas no se resuelven, pero en algunos casos sí pueden prevenirse.
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¡Salud!

jueves 10 de noviembre de 2011

Sobre la decepción.

Qué cosa más difícil de mantener es la credibilidad. Uno no vive para ella, pero cuando se entera de que a ojos de otro la ha perdido, el sentimiento resultante no es nada grato. Tarda uno, sobre todo si frente al que hemos perdido credibilidad es un ser cercano, muy querido, en entender que nada es para siempre, y no puede uno ser siempre justo, siempre magnánimo, siempre perfecto, sin afectar a las otras dos terceras partes de la misma ecuación. Lo que surge cuando se pierde la credibilidad, del lado del que ve morir una idea, es la siempre eterna decepción.
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Vengo a esta idea porque esta semana alguien se dijo decepcionado por mí, y dos personas me recordaron la pérdida de su credibilidad frente a mis ojos. Con ambas cosas, claro está, me toca trabajar a mí. En el siglo XXI, que entre otras cosas nos ha dejado dos gobiernos panistas, el bótox y a Facebook -que ahora, ni por darle poquito crédito a mi fidelidad para con su marca, nomás no se digna en enlazar mis publicaciones de este Baile con mi muro-, los sicólogos y pedagogos creen fielmente en el concepto de "inteligencia emocional", un caldo altamente protéico vendido en lata que no es otra cosa que una simple y aguada sopa de fideos: la capacidad -y su obligación inherente- de hacerte responsable de tus emociones. Si a las madres del siglo XX las decepcionábamos, a las del siglo XXI habrá que decirles: "madre, la decepción es un sentimiento que ha nacido de ti, ha crecido en ti y en ti debe tener cauce y fluir. Yo no te debo nada".
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Por eso es que a quienes me han decepcionado se los digo sólo de pasada. La pérdida de mi credibilidad para con ellos redunda sólo en un sentimiento, tan espontáneo como fugaz, de que nada es lo que parece, y las cosas buenas, cuando realmente lo son, sobresalen por su propio encanto, sin necesidad de carnavalizaciones ni faramallas. Y sobresalen con el tiempo. Nadie puede hablar del pan hasta que han pasado dos horas y huele fresco sobre la mesa, después de otras dos horas de reunión de ingredientes, preparación, cocción y enfriamiento. Nadie puede hablar de la excelencia hasta que el tiempo le da el crédito y le cede la palabra.
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Y yo asumo por completo el peso de mi decepción, y hago con ella mi propio balance personal. Sin que nadie se entere, sin que nadie más ponga la vista en ese asunto. Y para quienes han perdido mi credibilidad, tengo sólo una sonrisa y un claro "a otro perro con ese hueso. Yo no te compro más ese cuentito". Porque uno se entera de cosas, y la experiencia le demuestra, una y otra vez, que esas cosas están en lo cierto, y que al final el gran error que se ha cometido ha sido poner a otros en un lugar que, per sé, no les corresponde, siendo no actores fijos sino simples seres humanos. (Sé que este párrafo lo habrán entendido en partes. Está bien. Quisiera yo quemar dos o tres nombres, pero atendiendo a mi ética de periodista en receso -snif, snif-, prefiero dejar que cada quien se entienda con sus cuentas).
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Y respecto a la decepción de otros, y a la posible pérdida de mi credibilidad para con ellos, mi más sincero deseo de que esa herida pronto sane. Entendamos que cuando la credibilidad se pierde, pocas cosas la reparan. En mi caso, severo juez de cuanto acontece a mi alrededor, recuperar el crédito es casi imposible. Entiendo que todos fallamos, y que debe existir siempre la posibilidad de una segunda enmienda. Pero de que tras la segunda oportunidad se recupere la credibilidad perdida, mejor no hablar. Yo, que otorgo a todos crédito sin compromisos, lo atesoro en demasía cuando alguien lo tira por la borda y desperdicia. Y repito la idea: sé que a los demás que yo no les crea el cuento les viene guango, pero a mí, que escribo desde H buscando siempre ser claro y dadivoso, me basta con que lo sepan.
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Mi cobija de chinos y ojos, que últimamente ha dado en raparse convirtiéndose así en noventa por ciento ojos y diez por ciento imaginación, me saca de balance con éste último comenario,respecto a la credibilidad, su muerte y el consecuente asunto del pedestal vacío: "Cada quien" -siempre él tan generoso con sus opiniones...- Pero tiene razón. Su capacidad de observación lo hace también sintetizar con la facilidad de un programa logarítmico: cada quien. Cada quien sabrá cómo se entiende, consigo mismo y con los demás, y cada quien sabrá también qué lugar otorga a otros en su corazón y cómo los etiqueta -si es que los etiqueta-. Y cuando el crédito haya muerto, cada quien sabrá también cómo barre los añicos que ha dejado el pedestal caído, y qué artefacto del olvido y el saneamiento pone en su lugar.
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Bien dicho, Ojosh. Cada quien.
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¡Salud!